Felipe Polleri
MIS ratones de laboratorio, en un noventa por ciento, sienten un profundo disgusto ante Cuentos de soldados y civiles de Ambrose Bierce (1842-1914?). La seca crueldad de este libro, especialmente la de los cuentos ambientados en la Guerra de Secesión, termina por horrorizar a las almas tiernas; sin un ápice de compasión, por parte del autor, asistimos a los insoportables terrores y a las atroces agonías de los soldados en particular y de la población en general.
Bierce era un perfecto misántropo, un hombre amargado por las escasas o nulas virtudes que había encontrado entre sus semejantes. En una de sus Fábulas fantásticas una mujer se presenta frente al juez y acusa a su marido quien, luego de diversas crueldades, había escapado a Chicago. El juez se encoge de hombros y le contesta que él nada puede hacer si todos los malvados van a Chicago. Bierce vivió en Chicago, se casó, tuvo hijos, ejerció el periodismo y la literatura y, ya viejo, fue a "desaparecer" en la Revolución Mexicana, lo que dio lugar a innumerables leyendas y a la mejor novela de Carlos Fuentes: Gringo viejo.
Otra extraordinaria y muy citada obra de Bierce es el Diccionario del diablo, donde de la A a la Z expone la perversidad humana con ese despiadado humor negro que lo distinguía y que, de algún modo, es el trasfondo de toda su obra: humorísticamente, irónicamente y, por supuesto, trágicamente, somos nosotros mismos los que tramamos nuestra propia destrucción. El Bierce moralista, en realidad, siempre estuvo presente: si los soldados mueren es porque son asesinos a conciencia, como él lo había sido durante la Guerra de Secesión luchando en alguno de los bandos (el "bueno"). Todos labramos nuestra propia ruina. El año pasado, estando en un país extranjero, un señor mayor me contó que su hermano en quien creía ciegamente (cosa que le convenía para no encargarse de los negocios de la familia) lo había estafado y había huido a Montevideo. Le dije que yo nada podía hacer si todos los malvados iban a Montevideo.