Michel Houellebecq
UN GRAN FUEGO ardía en la chimenea de la sala de estar; se instalaron en sofás de terciopelo verde botella.
-Quedaban algunos muebles originales… He comprado los demás en un chamarilero -dijo Houellebecq. En una mesa baja había dispuesto rodajas de salchichón, aceitunas; descorchó una botella de Chablis.
Jed sacó el retrato del embalaje y lo apoyó contra el respaldo del sofá. Houellebecq le lanzó una mirada un poco distraída y luego recorrió con los ojos la habitación.
-Quedará bien encima de la chimenea, ¿no cree? -preguntó finalmente. Era lo único que parecía interesarle.
Quizá esté bien así, se dijo Jed; a fin de cuentas ¿qué es un cuadro, sino un elemento mobiliario especialmente engorroso? Bebía de su vaso a sorbitos.
-¿Quiere ver la casa? -le propuso Houellebecq.
Jed aceptó, naturalmente. La casa le gustaba, le recordaba un poco a la de sus abuelos; la verdad es que todas las casas de campo tradicionales se parecen, más o menos. Aparte de la sala había una cocina grande, prolongada por una trascocina que servía asimismo de leñera y de bodega.
A la derecha se abrían las puertas de dos habitaciones. La primera, desocupada, amueblada en el centro con una cama doble, estrecha y elevada, era glacial. En la segunda había una cama individual, una cama de niño, empotrada en un cosy-corner, y un buró de tapa. Jed descifró los títulos de los libros colocados en la estantería del cosy, cerca de la cabecera de la cama: Chateaubriand, Vigny, Balzac.
-Sí, yo duermo ahí… -confirmó Houellebecq cuando volvían a la sala; se sentaron de nuevo delante del fuego-. En mi antigua cama de niño… Se acaba como se empieza… -añadió con una expresión difícil de interpretar (¿satisfacción?, ¿resignación?, ¿amargura?). A Jed no se le ocurrió ningún comentario idóneo.