César Bianchi
Es curiosa la contracara de los uruguayos que quieren estar en España (para algunos un mes o dos de vacaciones, o eso siempre dicen; para otros después de una década de intentar una nueva vida): mientras para los que van, el aeropuerto de Barajas en Madrid se convirtió en un muro casi infranqueable, muchos de los que viven allí desde hace un buen tiempo están urgidos por regresar. Y no por nostalgia, sino por ser víctimas de la crisis. La misma razón que alguna vez los obligó a emigrar.
La doble realidad tiene una misma conclusión: España es un sitio cada vez más inaccesible para los uruguayos.
SIN INVITACIÓN NO. Entrar a territorio español ya no es cosa de tener un familiar allá, llevar "algunos" papeles en regla y algo de dinero para despistar a los uniformados. Ahora, las medidas establecidas en la Ley de Extranjería se cumplen "a rajatabla" -según dijo Gustavo Álvarez, miembro del Centro Uruguayo en Madrid- y eso complica las aspiraciones de la gran mayoría. En un escenario poco hospitalario, la carta de invitación de un español con vivienda haciéndose cargo por el visitante más que un requisito clave, es algo imprescindible.
Aproximadamente 150 uruguayos han sido inadmitidos en Barajas en lo que va del año por carecer de la documentación y el dinero necesarios para pasar el aeropuerto. Y entre esos papeles la carta de invitación es indispensable.
Romina Rocha no lo sabía, y así le fue. Con 28 años se recibió de arquitecta y sus padres le regalaron los pasajes para ir a visitar a una amiga a Barcelona. Su anfitriona le dijo que si venía con los boletos de ida y vuelta y suficiente dinero para su estadía -las autoridades españolas exigen 70 euros por día-, no sería necesario esperar los dos meses que demanda la tramitación de la carta de invitación. Y el 3 de agosto viajó.
Cuando fue a sellar su pasaporte en el aeropuerto madrileño le preguntaron a dónde iba y le pidieron la carta de invitación o en su defecto una reserva paga de hotel. Dijo que no tenía la carta pero le sobraba dinero: mil euros y una tarjeta de crédito, extensión de la de su padre, con saldo disponible como para despilfarrar en plan turismo. Aclaró que su amiga, que la hospedaría, tenía más dinero y las reservas de hoteles y pasajes de avión para otros destinos de España donde irían de vacaciones.
La invitaron a entrevistarse con la Policía. Ahí las preguntas fueron menos amistosas: de nuevo a dónde iba, de nuevo qué dinero llevaba consigo, de nuevo por qué no llevaba la carta de invitación. Delante de un abogado de oficio -que no parecía defenderla mucho- le pidieron que firmara un papel reconociendo que no tenía la carta ni suficiente dinero, pero no quiso hacerlo porque aseguraba tener recursos para descansar sin problemas. Entonces, le exigieron un comprobante bancario asegurando que el saldo de la tarjeta alcanzaría. No lo tenía, claro.
La llevaron a un ascensor y subió a una sala donde había otros rezagados latinoamericanos (dos paraguayas, una chilena y una costarricense). Le permitieron quedarse con joyas y su dinero y le retiraron todo el equipaje "por seguridad". Era la una de la tarde cuando le alcanzaron una bandeja con porotos que habían estado congelados hasta muy poco antes. De la angustia y los nervios, ni comió.
A media tarde, una tercera entrevista: lapidaria, de las que dejan resignado a cualquiera. Una mujer le empezó a preguntar si tenía hijos, por qué los había dejado en Uruguay, cómo los mantenía. Convencidos de no darle ningún crédito a su historia, le hicieron firmar otro papel como que estaba de acuerdo en retornar a su país, sin llegar al destino que tenía en mente.
Estuvo en la sala de "inadmitidos" desde las 10 de la mañana hasta las dos de la madrugada siguiente. No durmió de tantos nervios que había acumulado. Estuvo siempre en la famosa sala de inadmitidos.
"¿Si me trataron mal? Te tratan como si fueras un delincuente, no una persona de bien. Y te sentís espantoso", dijo Romina Rocha, desde Salto, donde vive con su familia.
Álvarez, un informático que es vocero del Centro Uruguayo en Madrid, está al tanto de las condiciones de la sala de inadmitidos. Está pensada para 30 personas aunque puede llegar a reunir a 70, hacinados, con apenas seis camas que sólo están disponibles a la noche. Los latinos y africanos que suelen ir a parar allí por el criterio o humor de los funcionarios disponen de butacas duras, alguna bandeja de comida y un cambiador.
Si hace dos años rechazaban casi dos uruguayos de cada 10 que llegaban a España (1,75 para ser más exacto), hoy los rechazos se triplicaron, según Álvarez. Paraguayos y brasileños lideran el triste ránking de no admitidos, seguidos un escalón más abajo por argentinos y uruguayos entre las nacionalidades que no precisan visa para ingresar.
"Esto es producto de querer criminalizar a las personas que vienen y hacerlas responsables de la crisis", dice Álvarez. "Criminalizar" también fue el verbo usado por el embajador Carlos Flanagan, director de Asuntos Consulares y Vinculación de Cancillería, más conocido como Departamento 20. "En la novena Conferencia Sudamericana sobre Migración, el 21 de setiembre en Quito, dijimos que condenamos la `criminalización` de la migración", dijo Flanagan .
"Hicimos constar nuestra discrepancia con la legislación sobre migración ante España y la Unión Europea, pero mal que nos pese, es un país soberano y como tal aplica sus reglas", acota Flanagan. La Ley de Extranjería que impuso el gobierno español ya no es negociable. Se queja Álvarez desde Madrid: "¡Además es arbitraria! Dice que en última instancia quedará a `la discrecionalidad` del funcionario del aeropuerto, que queda a su criterio. ¿Y si ese día el tipo tuvo un día malo?".
El martes, Álvarez dijo que en ese momento dos uruguayos estaban demorados en la sala de inadmitidos por carecer del documento vital.
Cuando Qué Pasa llamó a uno de los teléfonos públicos de la sala, quien atendió fue Ariana Mendieta, una argentina de 27 años, que dijo que los uruguayos ya habían tomado su vuelo de regreso a Carrasco. Y de buena gana contó su peripecia. Mendieta viajó desde Buenos Aires con la carta invitación que le redactaron su hermana, una médica nacionalizada española, y el marido de ésta, quienes aseguraron se harían cargo de ella, como si una fuera menor de edad que necesitara un tutor. Pero a Mendieta le faltaba la carta de una comisaría cercana, avalando la visita de la forastera al país del Primer Mundo.
Le sacaron el teléfono celular, le dieron una bandeja con una milanesa en la sala de inadmitidos y no la dejaron ver a su madre, que viajó desde Palma de Mallorca directamente para verla y dar fe que ella tenía el dinero suficiente para mantener a su hija en la breve estadía ibérica.
No hubo caso. "Me trataron como si fuera una terrorista... Pedí que como un gesto humanitario me dejaran ver a mi madre y no me dejaron, porque yo estaba en la frontera. Estuvo a metros de mí y no pude darle un beso. En ningún momento pisé España". Le pasó lo mismo que al personaje de Tom Hanks en La Terminal.
La pesadilla de Barajas también la vivieron los duraznenses David Arias y Silvina Tea, quienes en noviembre pretendían disfrutar su luna de miel en Terragona. Terminaron separados en el mismo aeropuerto inexpugnable: a él lo demoraron los inspectores de Migración con preguntas tormentosas y a ella le dijeron que podía seguir. Como se negó, la pusieron en un vuelo a Montevideo y le prometieron que allí arriba se encontraría con su flamante marido. Pero no: a él lo retuvieron y lo dejaron ingresar a España.
Silvina le juró a El País que demandaría a los funcionarios que la acosaron y la discriminaron.
Las historias como éstas, desarrolladas en el purgatorio llamado "sala de inadmitidos del aeropuerto de Barajas", no son felices. Pero no parecen mejores las de los uruguayos que sí lograron en su momento establecerse en suelo español y hoy, como víctimas preferidas de la crisis europea, añoran volver al país. Y no precisamente porque extrañen el mate, los bizcochos y la rambla, íconos de la uruguayez publicitaria.
Nueve de cada 10 llamadas que recibe el Centro Uruguayo en Madrid son de compatriotas urgidos por volver, que tenían la residencia y los permisos de trabajo en regla, pero que no fueron renovados este año por sus empleadores. Como dijo Flanagan, el director del Departamento 20, quienes se desempeñan en construcción y turismo son los primeros afectados.
El índice de desempleo en España es del 18%, pero entre los inmigrantes trepa al 30%, indicó.
El director de Asuntos Consulares y Vinculación de Cancillería dice que la propia creación de este departamento es una política de Estado en torno a la migración. Y señala que mucho tuvo que ver Uruguay para que el 25 de setiembre en Bruselas una delegación de la Unión Europea reflexionara junto a pares de América Latina y el Caribe a propósito de políticas migratorias. Álvarez, un día antes preguntó qué actitud asumirá Uruguay ahora que las remesas ya no son tan generosas y unos 12.000 uruguayos están pensando en retornar sin ningún ahorro.
"¿Seguirán pensando `si te fuiste, embromate`?", había pensado Álvarez.
QUÉ GANAS DE VOLVER. "La situación más grave no es la de los `inadmitidos`: es que una cantidad de gente que había regularizado su situación laboral y de estadía acá, al ir a renovar la tarjeta de trabajo -que hay que hacerlo cada dos años- se encontraron con que no se los permitirían. Y en el mismo momento que les llega esa denegación, les viene el pedido de expulsión del país", sostuvo Álvarez, en el entretiempo del partido Uruguay-Brasil por el Mundial Sub 20, relatado por un periodista colombiano.
Para los casos de acuciante necesidad y sin recursos para regresar, el Centro Uruguayo en Madrid ha tenido que recurrir a la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) como forma de auxilio. La mayoría de los casos demandan entre un año y 18 meses en lista de espera antes de hacer posible una repatriación.
Según Álvarez, entre 15.000 y 18.000 uruguayos (de los 90.000 que integran la colonia en España) están en esa situación de "invisibilidad" para el mercado de empleo en España.
Selene Del Castillo ilustra claramente la situación de los uruguayos más necesitados en la capital española. Ella eligió el primer día del año para viajar a Europa con sus dos hijos, como si con 2009 los tres empezaran una nueva vida. Y lo iniciaron con buena fortuna: a los funcionarios aeroportuarios les mostró que llevaba 3.000 euros (unos 4.400 dólares), les juró que llegaba para pasear y les rogó que la dejaran pasar sin esa carta de invitación. "Hoy no me dejarían pasar sin la carta", reconoció. "Pero les pedí por favor y pasé".
Su buena suerte terminó ahí. Una vez en territorio español dejó atrás al ex marido golpeador, el Celta modelo 2008 que debió vender para comprar los pasajes y su casa de alquiler en La Unión. Se aprestaba a conquistar el mundo, pero de entrada nomás vio que conseguir trabajo siendo indocumentada no sería tan sencillo como años atrás.
Para mantener a sus hijos Bernardo González, de 12 años, y Araceli, de 3, hizo alguna "changa" limpiándole la casa a un argentino por 30 euros, dos veces por semana. Pero no le alcanzó. Entonces no tuvo mejor idea que salir a robar. Empezó robando en un supermercado y luego siguió con perfumes, que después vendía en su barrio. "Una vez me descubrieron en un super y no fue nada agradable. No hicieron la denuncia, pero tuve que devolver las cosas".
El resto de las veces, cuando no la vieron, se llevó la mercadería para el piso que alquilaba con los 450 euros -660 dólares- de las changas y los robos. A poco de estar en Madrid, Del Castillo apeló a la organización Caritas para poder vivir y conseguir algún plan de retorno a Uruguay. Con la ayuda del Centro Uruguayo en Madrid pudo ingresar a la lista de la OIM.
Selene y sus hijos se tomarán un avión de vuelta a Montevideo el 23 de octubre y un día después irá a lo de una amiga para conseguir donde dormir. Después habrá tiempo para buscar empleo. "Por lo menos ahí tengo familia. Si le puedo dar un consejo a los uruguayos que se creen que esto es el paraíso: no hagan como yo, no vendan todas sus cosas para venirse. Ya no vale la pena, ya no es lo mismo".
Dentro de 13 días, Selene y sus dos hijos volverán al aeropuerto de Barajas. A ellos no les harán ningún problema por querer irse. Quizás en una oficina cerca de la puerta embarque haya un uruguayo al que le estén pidiendo la tan mentada carta de invitación.
150
uruguayos han sido "inadmitidos" en Barajas por carecer de carta de invitación de un español.
70
euros por día exigen las autoridades españolas para permitir el ingreso a quien viene como turista.
9
porcentaje de remesas que ingresa de Europa a América Latina. 80% desde Estados Unidos.
Migración
Será más dura
La próxima Ley de Extranjería que comenzará a regir el 1° de enero de 2010 será aún más dura con los inmigrantes. Se plantea restringir el derecho de reagrupamiento de los extranjeros al núcleo familiar, es decir, el matrimonio y los hijos menores de edad. "Si yo, que soy ciudadano español -dijo Gustavo Álvarez, del Centro Uruguayo en Madrid- quiero traer a mi madre que tiene 65 años, no podré porque se podrá hasta 60 solamente".
"Visa encubierta"
La carta de invitación es una suerte de "visa encubierta", según le dijo la Asociación Argentina de Derecho del Turismo al diario Clarín. Cuesta 106 euros (unos 154 dólares) y demora más de 100 días en tramitarse. Es más cara que la visa a Estados Unidos.
"Desesperadas"
El 2 de julio de 2008 El País publicó un caso de maltrato a una uruguaya en el aeropuerto de Barajas. "El trato era como si fuera un delincuente. Veía personas desesperadas, llorando", dijo Jacqueline Acherbo (43) después de haber sido "inadmitida" y pasar varias horas en la sala del caso.