Cuando, en 2003, los economistas de Goldman Sachs clasificaron a Brasil, junto con Rusia, India y China, como las economías que llegarían a dominar el mundo, hubo muchas dudas en torno a la B en la sigla BRIC. ¿Brasil? Un país con una tasa de crecimiento tan pequeña como sus trajes de baño, presa de cualquier crisis financiera que rondara por allí, un lugar de inestabilidad política crónica, cuya infinita capacidad para desperdiciar su potencial evidente era tan legendaria como su talento para el fútbol y para los carnavales, no parecía encajar con esos titanes emergentes.
Ahora ese escepticismo parece fuera de lugar. Quizá China esté sacando a la economía mundial de la recesión, pero Brasil también está gozando de buena suerte. No evitó la recesión, pero fue uno de los últimos en entrar y uno de los primeros en salir. Su economía está creciendo nuevamente a una tasa anualizada del 5 por ciento.
Debería tomar más velocidad en los próximos años, una vez que los grandes nuevos yacimientos de petróleo en aguas profundas entren en funcionamiento, y siempre que los países asiáticos aún deseen los alimentos y minerales de la tierra amplia y generosa de Brasil. Los pronósticos varían pero, en algún momento en la próxima década, después de 2014 -antes de lo previsto por Goldman Sachs-, Brasil podría convertirse en la quinta economía más grande del mundo, superando a Gran Bretaña y a Francia. Para 2025, San Pablo será su quinta ciudad más rica, según la consultora PwC.
Y, en algunos aspectos, Brasil supera a los otros países del BRIC. A diferencia de China, es una democracia. A diferencia de la India, no tiene insurgentes, ni conflictos étnicos ni religiosos, ni tampoco vecinos hostiles. A diferencia de Rusia, exporta más petróleo y armas, y trata a los inversores extranjeros con respeto. Bajo la presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva, un ex líder sindical nacido en la pobreza, el gobierno ha actuado para reducir las fuertes desigualdades que desde hace mucho tiempo lo han desfigurado. De hecho, cuando se trata de política social inteligente y de estimular el consumo nacional, el mundo en desarrollo tiene mucho más que aprender de Brasil que de China. En resumen, Brasil de repente parece haber hecho su entrada en el escenario mundial. Su llegada fue de manera simbólica; estuvo marcada el mes último por la adjudicación de los Juegos Olímpicos de 2016 a la ciudad de Rio de Janeiro; dos años antes, Brasil será el anfitrión de la Copa Mundial de fútbol.
FORTALEZAS. De hecho, el surgimiento de Brasil ha sido constante, no repentino. Los primeros pasos se dieron en la década de 1990 cuando, tras haber agotado todas las otras opciones, estableció un conjunto razonable de políticas económicas. La inflación fue controlada y los derrochadores gobiernos locales y federales fueron obligados por ley a controlar sus deudas. Al Banco Central se le concedió autonomía y se le encomendó mantener baja la inflación y garantizar que los bancos evitaran la clase de experimentación que ha dañado a Gran Bretaña y a Estados Unidos. La economía se abrió al comercio exterior y a la inversión, y muchas empresas estatales fueron privatizadas.
Todo esto ayudó a generar un ejército de nuevas y ambiciosas multinacionales brasileñas. Algunas son ex empresas estatales que están floreciendo como resultado de que se les permite operar a cierta distancia del gobierno. Tal es el caso de la empresa nacional de petróleo, Petrobras; de Vale do Rio Doce, un gigante de la minería, y de Embraer, un fabricante de aviones. Otras son firmas privadas, como Gerdau, una acería, o JBS, que pronto será el productor de carne más grande del mundo. Debajo de ellos se encuentra un nuevo grupo de empresarios ágiles, que se han hecho aguerridos debido a ese viejo y negativo pasado. La inversión extranjera está aumentando, atraída por un mercado impulsado por la caída de la pobreza y una creciente clase media baja. El país ha establecido algunas fuertes instituciones políticas. Una prensa libre y vigorosa pone al descubierto la corrupción, aunque hay mucha, y con frecuencia los casos quedan impunes.
DEBILIDADES. Sería un error subestimar al nuevo Brasil, pero también lo sería pasar por alto sus debilidades. Algunas de ellas son tristemente familiares. El gasto del gobierno está creciendo más rápidamente que la economía en su conjunto, pero los sectores privado y público todavía invierten muy poco, generando de este modo un signo de interrogación sobre las previsiones optimistas de crecimiento. Demasiado dinero público va hacia las cosas equivocadas. La nómina del gobierno federal ha aumentado un 13 por ciento desde septiembre de 2008. La seguridad social y el gasto en pensiones y jubilaciones aumentaron un 7 por ciento durante el mismo período, aunque la población es relativamente joven.
A pesar de las recientes mejoras, la educación y la infraestructura aún están por detrás de las de China o Corea del Sur (hubo un gran corte de luz la semana pasada que hizo recordar este hecho a los brasileños). En algunas partes de Brasil, los delitos violentos continúan sin control.
Hay nuevos problemas en el horizonte, más allá de las plataformas de petróleo. El real ha ganado casi un 50 por ciento respecto del dólar desde principios de diciembre. Esto aumenta el nivel de vida de los brasileños al hacer que las importaciones sean más baratas. Sin embargo, hace que la vida sea más difícil para los exportadores. El mes último, el gobierno estableció un impuesto a las entradas de capital a corto plazo. Pero es poco probable que esto logre frenar la apreciación de la moneda, especialmente una vez que el petróleo comience a bombearse.
La respuesta instintiva de Lula a este dilema es la política industrial. El gobierno requerirá que los insumos para la industria petrolera -desde tubos hasta buques- sean producidos localmente. También está tratando de convencer a Vale do Rio Doce para que construya una gran acería nueva.
ARROGANCIA. Es cierto que las políticas públicas de Brasil ayudaron a crear su base industrial. Sin embargo, la privatización y la apertura le dieron forma. Mientras tanto, el gobierno no hace nada para desmantelar muchos de los obstáculos que existen para hacer negocios (en particular, las normas de estilo barroco para todo, desde el pago de impuestos hasta la contratación de personas). Dilma Rousseff, la candidata de Lula en las elecciones presidenciales de octubre próximo, insiste en que no es necesaria ninguna reforma de las arcaicas leyes laborales.
Y tal vez ese sea el mayor peligro que enfrenta Brasil: la arrogancia. Lula tiene razón al decir que su país merece respeto, como él merece gran parte de la adulación de la que goza. Pero también ha sido un presidente con suerte, que ha cosechado los frutos de la bonanza de los productos básicos y que ha operado desde la plataforma sólida para el crecimiento, erigida por su predecesor, Fernando Henrique Cardoso.
La conservación de un desempeño mejorado de Brasil en un mundo que padece tiempos más difíciles significa que el sucesor de Lula tendrá que hacer frente a algunos de los problemas que él ha podido ignorar. De modo que el resultado de la elección puede determinar la velocidad con la que avance Brasil en la era posterior a Lula. No obstante, el rumbo del país parece estar determinado. Su despegue es aún más admirable porque fue logrado a través de la reforma y de la construcción democrática de consensos.
Ojalá China pudiera decir lo mismo.