No todos los chicos soportan una sobrecarga horaria. Expertos señalan que eso no tiene por qué "condenarlos" a un futuro mediocre. Muchos padres no entienden.
LEONEL GARCÍA
La agenda de Andrés impresiona. O asusta. Colegio doble horario, club con pileta, campamentos, artes marciales, piano y dentista conforman una semana "laboral", lunes a viernes, siempre entre 50 y 60 horas. Andrés tiene un Play Station, su compañero más fiel en casa, aun en los pocos momentos que comparte con sus padres, tan cargados de tareas como él, tarde en la noche. Claro que ellos ya rondan los 40 y él tiene solo nueve años. Su madre, Martha, está orgullosa de las notas que ha sacado, de que su inglés ya sea mejor que el de ella, y de su futuro que ya celebra a cuenta como brillante. Aún así, ahora que termina el asueto de Turismo, asegura que "tendrá que ponerse más las pilas". El chico no es muy comunicativo; "hola", "bien", y poco más.
Según su madre, una profesional muy atareada, Andrés resiste sin problemas semejante carga horaria. Pero en un futuro eso puede cambiar. O puede rebelarse. O ambas cosas.
Los niños y adolescentes de "agenda completa" o "agenda adulta" son hijos de estos tiempos. Casi todos asisten a colegios o liceos privados de doble horario, a los que suelen sumarse actividades extra en clubes o academias. De familias de clase media para arriba, sus padres pasan casi todo el tiempo en sus trabajos, y poco o nada con ellos. "Se están preparando para el futuro" o "les estamos asegurando el éxito", son algunos de los argumentos; "estamos fuera de casa todo el día y no queremos que estén solos", es otra explicación, tal vez más sincera: la agenda del hijo como consecuencia directa de la de los padres. Pero no todos los chicos están aptos para semejante baile.
poder hacerlo. "La dinámica actual lleva a que todos queramos que nuestros hijos aprendan idiomas, computación y que hagan deportes. Pero hay que evaluar que el niño pueda hacerlo, porque hay algunos que pueden y otros que no. Otros, tan inteligentes y promisorios como cualquiera, precisan un horario `simple` y más tiempo de tranquilidad. Y uno siempre tiene que pensar en la felicidad de sus hijos", afirma el doctor Alvaro Galliana, integrante -y ex presidente- de la Sociedad Uruguaya de Pediatría. Por su consultorio es muy frecuente ver chicos de 6 a 15 años con cefaleas, estrés, contracturas musculares, dolores abdominales, problemas para dormir. Es una manera de decir "basta", ya que suele tratarse de expresiones psicosomáticas sin ninguna enfermedad detrás. "Es como una llamada de atención: `¡Estoy acá, existo!`". Una vez solos con el médico, suelen confesarle que no están contentos con su agenda, diseñada por sus padres. "Ellos te cuentan que no dan más con la rutina de salir de clases e ir a inglés, luego al médico, club, luego los deberes. Te enumeran un largo listado de actividades". Estos casos aparecen entre septiembre y octubre, y recrudecen cuando se acerca fin de año. La "cura mágica" llega con las vacaciones.
Los chicos hiperagendados tienen más chance de pisar un consultorio cuando una o más de sus múltiples actividades son hechas a regañadientes. Aquí entra a jugar otro factor, que bien puede traducirse en una presión excesiva de papá y mamá porque el nene los supere. "Hay situaciones donde los niños hacen muchas cosas con placer y disfrute", sostiene la psiquiatra infantil Natalia Trenchi. En ese caso, todo marcha sobre ruedas. Pero "hay muchos papás que sobrecargan la agenda de sus hijos porque no la elaboran pensando en qué es lo mejor para ellos, sino en lo que ellos (los padres) querrían que fuera".
Este es un factor nada infrecuente. "Es muy sano esperar que los hijos nos superen. Pero una excesiva presión para que tengan una agenda completa muchas veces puede traducirse como una revancha de la vida, que hagan actividades que nosotros no pudimos hacer en su momento", apunta Luis Correa, psicoterapeuta de niños y adolescentes, además de subdirector del Liceo Juan Zorrilla de San Martín (Hermanos Maristas). Para este profesional, discernir entre una sana expectativa y una presión excesiva configura un equilibrio "delicado", y tan difícil de definir como detectar cuál niño es "apto" para una agenda sobrecargada y cuál no. Además, puede resultar contraproducente. "Hay que ver si las actividades `extra` realmente son relevantes y significativas para los hijos. Muchas veces esas propuestas no les interesan, pero cuando son más chicos no lo cuestionan por una lógica razón de edad. Pero a medida que crecen, en el liceo, empiezan a rebelarse y muchas veces tienen el efecto no buscado de desmotivarse con el estudio".
Cuando hay una sobrecarga horaria, ni siquiera el deporte es salud. "Hay chicos de 13 o 14 años que les tocás el cuello y son una piedra. Y eso se da mucho en algunos colegios de doble horario donde su programa hace que la actividad social se transmita solamente en la parte deportiva. Y eso genera una competitividad tremenda, excesiva. Eso desemboca en que los `buenos` se estresen y contracturen porque se les transmiten demasiadas exigencias. Y a los `malos` se los excluye, poco menos pasan a ser unos extraterrestres", indica Galliana.
PREGUNTAS. Prepararlos para el "futuro" es una obligación de los padres. Pero los especialistas sostienen que hay varias preguntas que deben ser contestadas antes de anotar a los chicos en cuanta oferta educativa haya en danza. ¿Qué es lo que le conviene aprender a los hijos?, ¿cómo es la dinámica de la vida familiar?, ¿no existe una alternativa válida a que pase ocho horas -o más- fuera de su hogar? Y, sobre todo: ¿qué importancia se le da al juego? Esto es: un tiempo de ocio no "agendado".
Sobre esto último, la psiquiatra Trenchi tiene una idea muy clara. "Padres, educadores y adultos tenemos que convencernos de que para los niños jugar es tan importante como respirar o alimentarse. A través del juego, desarrollan habilidades y estrategias de resolución de problemas que luego van a a ser muy útiles en la vida adulta. ¿Para qué les va a servir cuatro idiomas en el futuro si no se han fortalecido emocionalmente". Pero siempre hay matices: si el concepto de tiempo de juego es quedarse en casa mirando televisión o con la "compu", o no hay ningún adulto a cargo que les estimule la curiosidad y exploración del mundo que les rodea, una agenda completa con herramientas educativas adecuadas ya pasa a ser la mejor opción.
Camila (14) va a un colegio doble horario. Su horario empieza a las 8.00 y termina, según el día, entre las 16.30 y las 19.30 horas. Su agenda incluye, al decir de su madre Carolina, "de todo". De inglés a economía doméstica, de informática a teatro e incluso curso de líderes para campamento. Ella "ama" su colegio; pero ese amor le suele provocar agotamiento, angustia y dolores de panza cuando se acerca fin de año. "La llevo al médico y resulta que no tiene nada", cuenta Carolina. La madre se hace otras preguntas: "La carga horaria es preocupante. Pero, ¿sabés qué? ¡No puedo encontrarle la vuelta! ¿Qué le saco? Lo que le estoy brindando es educación".
Carolina y su marido trabajan todo el día; lo mismo Mariela y su esposo. Esta última bromea con que, al igual que sus padres, sus hijos Daniela (9) y Lucas (8) ya "agarraron para las ocho horas". En realidad sus jornadas son más largas: colegio de 9 a 17.30, más taekwondo tres veces a la semana, más cursos de artesanía, más danza para la mayor. Ya seria, Mariela reconoce sentirse "medio culpable" por la situación. "Pero yo prefiero que estén ocupados, y no un horario simple sin que sepa cómo están en casa, aunque haya alquien que los cuide".
COMPETITIVIDAD. Pero hay situaciones que alimentan frustraciones futuras. Distintos docentes consultados relatan que hay padres que poco menos pretenden que sus hijos estén cenados, bañados, y prontos para acostarse y dormir a la hora de volver a casa. Otros utilizan el término "chicos depositados". Esta situación, agregan, es cada vez más frecuente en los colegios de doble horario, donde muchos de estos menores esperan hasta el último minuto que su familia los recoja durante los cada vez más largos tiempos de extensión.
Según cifras del Consejo de Educación Primaria (CEP), de los 208 colegios privados habilitados o autorizados en Montevideo, el 47,6% tiene régimen de doble horario. Fuentes del CEP sostienen que es notorio que los institutos que adoptan esta modalidad van en aumento. Los padres, los responsables de la decisión final de dónde mandar a sus hijos, cada vez consideran más estas opciones si las pueden costear.
"La enorme mayoría de los alumnos se adapta perfectamente al doble horario", dice Ana Inés Luciani, directora del colegio Life School. "También es cierto que no todos los chicos son aptos para esa modalidad", reconoce. Ella afirma que en estos "contados" casos se les ha indicado a los padres que sus hijos rendirían mejor en un instituto de horario simple.
Los expertos consultados coinciden que, efectivamente, estos casos conforman una minoría, pero una minoría que va creciendo. Y en una sociedad cada vez más competitiva, el no soportar un régimen de "agenda completa" puede ser visto como un estigma. En su faceta de psicoterapeuta de niños y adolescentes, Luis Correa ha visto varios de estos casos. Recuerda el de un joven que tenía "problemas para conformar un proyecto adulto". ¿La causa? "Se había mostrado `lento` en su rendimiento en el liceo al que concurría, que era de doble horario. Ahí le sugirieron a los padres que cursara el bachillerato en otra institución. Fue algo así como `este chico no es para acá`. Puede decirse que, inconscientemente, ese muchacho queda rotulado como un perdedor".
En otra ocasión, a Correa le trajeron un niño, también con una carga horaria pesada, que si bien tenía calificaciones aceptables, traían de regalo la típica (y maldita) advertencia "puede y debe rendir más". "Los padres estaban muy preocupados porque lo veían como un proyecto de mediocridad personal. ¡El problema era más bien de los padres! El solo estaba desmotivado y cansado."
La presión también viene de los educadores. Natalia Trenchi dice que a su consulta le llegan "chiquitos y chiquitas para que yo los toque con una varita mágica y los vuelva triunfadores, y que llegan con el peso de la exigencia desmedida e inoportuna". Destacó el caso de un pequeño al que un docente le "reprochaba" que aún le interesaba más el juego "que las tareas escritas", y lo exhortaba a corregir ese defecto. El niño tenía tres años y medio.
Las respuestas a las preguntas de los especialistas no solo son difíciles sino exclusivas de cada núcleo familiar. Además, no hay un perfil determinado de un niño o adolescente "apto" para tener actividades múltiples y apenas hay sugerencias, muy parecidas a verdades de perogrullo, de que a falta de una "cantidad" de tiempo útil en casa se apele a la "calidad" de horas compartidas. "Muchas veces los psicólogos y los cientistas sociales ponemos el acento en todo lo que está mal, y muchas veces la realidad concreta de los padres es que hacen lo mejor que pueden, lo que está a su alcance", señala Correa. Si estos hijos son producto de estos tiempos vertiginosos, sus padres también lo son.
Desayunar, descansar y no a "extras"
La recomendación "desayunar como un rey, almorzar como un príncipe y cenar como un mendigo" se incumple religiosamente. Y para esos chicos hiperocupados, la tradición criolla de cenar opíparamente -tal vez porque es el único momento en que la familia está reunida- y desayunar un café con leche a las apuradas está especialmente contraindicado.
El pediatra Roberto Gargiulo enumera tres elementos fundamentales para tener una agenda completa y no desfallecer en el intento. "Lo primero es un buen desayuno: lácteos, cereales -no necesariamente azucarados, pueden ser de maíz o arroz-, pan o tostadas, queso y fiambre, algún jugo de frutas o un fruto natural". La merienda del recreo de las 10 ó 10.30 no sirve de gran ayuda.
El otro elemento es, si se concurre a un doble horario, "evitar que tomen cursos extra u otras actividades que requieran esfuerzo". Que el inglés, el deporte y la informática formen parte de la propuesta educativa del colegio elegido. Ese otro tiempo, agrega, debería ser utilizado "en ocio y en un tiempo de intercambio útil con los padres, que vaya más allá del `¿cómo te fue?`". Finalmente, enfatiza la importancia de las ocho horas diarias de sueño.
También hay "quemados" en el estudio
Los padres no solo heredan a sus hijos el color de ojos y las demás facciones. En varios casos, también les transmiten sus exigencias, a veces sustentadas por frustraciones propias, aunque sea inconscientemente. "A veces me preocupan los `niños sobresaliente`", reconoce el pediatra Alvaro Galliana. "Yo digo que a veces me gustaría que pasaran de año con buena nota, aunque no sea la más alta. Si esto último pasa, aunque no haya una presión familiar explícita, el niño tiene la necesidad de mantener ese `sote`. Y eso puede generar un estrés que a veces ni el niño ni sus mayores se dan cuenta".
El burnout o desgaste laboral de los adultos también puede ser "hereditario". Una investigación realizada en 2009 en la Universidad de Helsinki, Finlandia, reveló que en el 88% de los casos en que los padres sufrían problemas en el trabajo, su frustración desembocaba en el resto de la familia, sobre todo en las hijos. "Los chicos con orientación al éxito, por ejemplo, padecen más el estrés escolar que el resto porque para ellos el aprendizaje no es tan importante como sacar buenas notas y, en especial, superar a los demás", dijo la responsable del estudio, Katariina Salmela-Aro.