Rosario Peyrou
LA ESCENA es cinematográfica: blandiendo un arma y a gritos destemplados irrumpe en el salón de las Cortes españolas un hombre fornido, con el anacrónico tricornio de la policía española y grandes bigotes -un calco de guardia civil del franquismo tomado de una película de Luis Berlanga- seguido de un grupo de hombres armados. El personaje del bigote ordena a los azorados diputados que se tiren al piso y de inmediato una ráfaga de ametralladora barre el recinto. El hemiciclo queda prácticamente desierto. Solo tres hombres han desobedecido la orden: uno es Gutiérrez Mellado, ministro de Defensa que se pone de pie e increpa al coronel Tejero -que así se llama el personaje de los bigotes-. Los otros dos permanecen sentados en sus lugares mientras las balas zumban a su alrededor: son Adolfo Suárez, hasta ese momento presidente del gobierno y Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista de España. Así pudo verlo el mundo entero, por el azar de una cámara de televisión que permaneció encendida sin que los asaltantes lo advirtieran.
Era el 23 de febrero de 1981, y la incipiente democracia española vivía su momento de mayor riesgo. En la sesión de ese día se iba a elegir nuevo presidente del gobierno, después de la dimisión de Adolfo Suárez. Mientras se producía el asalto al parlamento, en Valencia el General Milans del Bosch sacaba los tanques a la calle, y Televisión Española era ocupada por los golpistas. Todo extranjero que haya vivido esas horas se habrá sorprendido de la falta de reacción en las calles: fue como si el país entero contuviera la respiración y quedara paralizado ante la amenaza de un desenlace que pudiera volverlos a un pasado que se creía superado. La memoria todavía viva de la guerra civil de 1936-39 dejó sin víveres almacenes y colmados y un silencio de cementerio dominó las calles de las principales ciudades españolas.
EL VALOR DEL INSTANTE. Como Borges, Javier Cercas (Cáceres, 1962), piensa que en la vida de todo hombre hay un momento clave en que se descubre definitivamente quien es uno en verdad. Soldados de Salamina, su exitosa novela de 2001, se centraba en la imagen de uno de esos momentos reveladores: el instante en que un soldadito republicano, al final de la guerra civil, le perdona la vida a Rafael Sánchez Mazas, dirigente de la Falange, quien acaba de escapar de un fusilamiento masivo y permanece escondido en el bosque cercano al Santuario de Collell, en Gerona. En Anatomía de un instante el disparador es esa escena televisada que recorrió el mundo. Como en toda su obra narrativa (Relatos reales, La velocidad de la luz) en Soldados... Cercas se movía entre la ficción y la realidad, partiendo de un episodio verídico contado varias veces por el propio Sánchez Mazas, pero rodeándolo de una historia imaginada, la del anónimo soldado. Aquí, en cambio renuncia por completo a la ficción. Sin embargo el libro -elegido en España como el libro del año por medio centenar de críticos consultados por el suplemento Babelia de El País el 24 de noviembre pasado- es difícil de encasillar. Basado en una exhaustiva investigación, tiene la precisión documental de una crónica histórica, la libertad analítica y reflexiva de un ensayo, pero discurre con la facilidad y el poder de persuasión de una novela. Con instinto de novelista Cercas elige contar la historia de la transición española a través de dos grupos simétricos de personajes: los que en la escena defienden a la democracia -Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado- y los tres cabezas del golpe: el Coronel Tejero, el sublevado General Milans del Bosch y el General Alfonso Armada ex-preceptor del rey y uno de los principales instigadores del levantamiento. El procedimiento debe más a los métodos de la literatura que a los de la historiografía, aunque Cercas no se mueve un ápice de la fidelidad estricta a los hechos que ha resuelto contar. No elige "novelar" la historia inventando escenas que no vio y dialogados apócrifos como suelen hacer los malos novelistas y peores historiadores, sino que encara a sus personajes con el ojo entrenado de un escritor, deteniéndose en las luces y las sombras, buceando en sus contradicciones con el fin último de arrebatarles su secreto, sin dejar de saber oscuramente -como el experimentado narrador que es- que siempre será una tarea imposible. También sus recursos son los del oficio: Cercas ama las simetrías, los paralelismos, la repetición de "motivos", las fórmulas y las definiciones. Maneja los ritmos de la narración, usa flash backs y "adelantos", se aleja y vuelve al punto de partida, utiliza algún recurso del suspenso, encuentra imágenes reveladoras. Encara su tema como un momento clave de la historia de su país, pero también como un drama shakespeariano: un teatro de pasiones en torno del poder con sus miserias y grandezas. El resultado es un libro notable, inteligente, esclarecedor, que termina por ser -a la vez- una lección de política y una historia moral.
LA SOLEDAD DE LA POLÍTICA. Hay que decir que Cercas no ignora el telón de fondo del golpe: el papel de los diferentes sectores de poder, la participación de los servicios de inteligencia, el peculiar papel del rey, comprometido sobre todo con la monarquía y empeñado en conseguir una institucionalidad que la legitimara, las contradicciones políticas, los cambios que se vienen operando en la sociedad española. Tampoco desdeña una prolija y apasionante explicación de por qué el golpe termina por fracasar. Todos estos aspectos son sopesados en el libro, pero es evidente que lo que más le interesa es condensar ese campo de contradicciones en un puñado de personajes. Es cierto que no todas las piezas del tablero tienen aquí el mismo relieve: sin descuidar los motivos del aristocrático Alfonso Armada, habituado a los tejemanejes de los altos poderes y acérrimo enemigo de Adolfo Suárez, ni de Milans del Bosch, un típico militar de alto rango del franquismo que había sido condecorado por los nazis, y tampoco del fanático, ultramontano e idealista teniente coronel Tejero, Cercas elige privilegiar, en la profundidad del análisis que les dedica, a los "rebeldes" de ese instante revelador: Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado. Tres personajes "políticamente acabados y personalmente rotos", como le gusta repetir sobre cada uno de ellos. Y de los tres, Suárez es el que ejerce para Cercas la mayor atracción como protagonista del drama.
Hijo de una familia republicana de provincias, Suárez fue un mal estudiante y un joven ambicioso que no tardó en escalar posiciones entre los cuadros intermedios del franquismo, desde un empleo de botones en la sección provincial del Movimiento hasta llegar en pocos años a ser Director de Televisión Española. Este cargo lo situó en un lugar clave para colaborar en la pelea que Juan Carlos de Borbón tendría que desplegar para asegurar la preservación de la monarquía en una España en pleno proceso de cambio desde que la enfermedad de Franco hizo prever el final de cuarenta años de poder omnímodo. Nombrado por el rey Ministro Secretario General del Movimiento y luego presidente del gobierno, Suárez consiguió desarmar en menos de un año el armazón institucional del franquismo, inventar su propio partido -la Unión de Centro Democrático-, y convocar a unas elecciones libres en las que legitimó su cargo de Presidente.
Pero a principios de 1980 estaba políticamente aislado. La creciente democratización de la sociedad, la ley de divorcio que lo enfrentó con la Iglesia, la legalización del Partido Comunista, y su convicción de que España debía mantenerse al margen de la OTAN, le habían granjeado la enemistad de los círculos más ultraconservadores del aparato franquista y habían hecho aflorar disensiones en su propio partido formado por profesionales y altos funcionarios de carrera en su mayoría provenientes del ala moderadamente aperturista del régimen anterior. Pero además España estaba entrando en un período de inestabilidad que el gobierno de Suárez no acertaba a dominar. Y en un mundo donde Reagan y la señora Thatcher dictaban la moda de las políticas públicas, Suárez parecía desentonar abiertamente. Cercas lo describe con un lenguaje lleno de humor popular que resume bien el desprecio que debieron sentir por él los sectores del poder: hasta los de su propio partido -dice- "vuelven a considerarlo lo que en el fondo quizá nunca dejaron de considerarlo, un falangistilla de provincias consumido por la ambición, un chisgarabís ignorante, un arribista de manual que había medrado en el caldo corrompido del franquismo gracias a la adulación y el mangoneo y que continuó medrando después gracias a que el rey le encargó que desmontara con trucos de trilero y verborrea de mercachifle el tinglado del Movimiento, un pícaro que años atrás tal vez fue un mal necesario, porque conocía mejor que nadie las sentinas del franquismo, pero que ahora está conduciendo el país al despeñadero con sus irrisorias pretensiones de estadista".
A fines de 1980 hasta el rey le ha vuelto la espalda y se habla en los corrillos de un gobierno de acuerdo nacional presidido por un militar. En la inexperiente democracia española los políticos y los empresarios no parecen advertir que juegan con fuego. Si hemos de creerle a las fuentes de Cercas, pocos rechazaron participar en ese juego peligroso: entre esos pocos, hay dos hombres que han tenido un papel clave en la transición: Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo.
EL SOLDADO Y EL SECRETARIO. En la imagen de aquel día se lo ve como un hombre menudo y ágil a pesar de la edad, que se empina frente a Tejero y le ordena que entregue las armas. Hay un vivo contraste entre la fragilidad física y la manera en que enfrenta los insultos y el empujón del coronel que termina por derribarlo. A diferencia de Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado es un madrileño de buena familia y ha sido un soldado franquista de la primera hora. Nombrado Ministro de Defensa, Suárez lo ha convertido en el primer militar del país después del rey y el segundo hombre del gobierno frente a las pretensiones de otros cuadros del ejército. Deslumbrado por las ideas y la audacia del joven presidente y "encandilado por su simpatía irresistible" -dice Cercas- Gutiérrez Mellado le será fiel hasta el último momento. Será un converso de la democracia y se ganará los odios de sus camaradas de armas que sueñan con un golpe, precisamente él que se había sublevado contra el gobierno democrático de la república en 1936.
La relación de Suárez con Carrillo es más compleja y también más interesante, y Cercas se deja seducir por las paradojas de la Historia y exprime hasta la última gota los paralelismos y las simetrías entre los dos. Como Suárez, Carrillo había sido un joven intrépido y audaz: "ambos se habían educado en la calle, carecían de formación universitaria y desconfiaban de los intelectuales (...) y ambos poseían una ambición sin complejos, una ilimitada confianza en sí mismos". Ninguno de los dos tiene el perfil que la transición parecía requerir: Suárez es retratado como "un gallito falangista, simpático, trapacero e inculto" enamorado del poder; Carrillo como un viejo zorro de un partido verticalista, con todas las mañas adquiridas antes de convertirse al eurocomunismo. Suárez supo temprano que necesitaría de Carrillo para dar estabilidad a la transición, y éste lo vio como el aliado imprescindible para que el PCE recuperara la legalidad. En dos años, ambos habían liquidado su poder defendiendo una democracia que estaba lejos del proyecto en el que se habían formado. Lo que sugiere Cercas es que como a Suárez, el gesto de libertad y de coraje del 23 de febrero, le descubre a Carrillo definitivamente quien es, lo transforma -borgeanamente- "en sí mismo al fin", para usar la fórmula de Mallarmé. A la vez ese gesto, como en el caso de Suárez, será el canto del cisne de su carrera política.
Igual que Gutiérrez Mellado, Carrillo pertenecía a la generación que hizo la guerra. Antes de los veinte años dirigía las juventudes socialistas, y apenas los había cumplido cuando se hizo cargo de la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid en el peor momento de la guerra civil. Al morir Franco, Carrillo era el Secretario General del único partido que se mantuvo activo en la clandestinidad durante toda la dictadura. Con casi cuatro décadas de exilio había adquirido suficiente prestigio dentro y fuera de España, de modo que su regreso al país puso a prueba la autenticidad de la apertura española y fue un momento clave en la evolución democrática de Adolfo Suárez. Ambos arman una figura en el tapiz que a Cercas le resulta por demás incitante: "La historia fabrica extrañas figuras, se resigna con frecuencia al sentimentalismo y no desdeña las simetrías de la ficción, igual que si quisiera dotarse de un sentido que por sí misma no posee. ¿Quién hubiera podido prever que el cambio de la dictadura a la democracia en España no lo urdirían los partidos democráticos, sino los falangistas y los comunistas, enemigos irreconciliables de la democracia y enemigos irreconciliables entre sí durante tres años de guerra y cuarenta de posguerra? ¿Quién hubiera pronosticado que el secretario general del partido comunista en el exilio se erigiría en el aliado político más fiel del último secretario general del Movimiento, el partido único fascista? ¿Quién hubiera podido imaginar que Santiago Carrillo acabaría convertido en un valedor sin condiciones de Adolfo Suárez y en uno de sus últimos amigos y confidentes?" (pág. 184)
La historia de ambos es la del invento que mata al inventor. Los dos tuvieron que dejar de lado el mundo en el que habían sido formados, y en ese gesto tiraron por la borda también su propia historia. Es significativo que Suárez se haya enfrentado con su propio partido para legalizar al PCE y que Carrillo haya asegurado el voto de los comunistas a la Constitución monárquica, cuando los socialistas no acompañaron el artículo que institucionalizaba el papel del rey.
Como en Soldados de Salamina, Cercas parece preguntarse por las condiciones en que alguien se convierte en un héroe. Es cierto que el fracaso baña a estos personajes de una luz peculiar, de un resplandor crepuscular que no deja de ser emocionante, tal vez porque terminan mal y las historias que terminan mal siempre conmueven.
Después del "tejerazo", Carrillo y Suárez se esfumarán progresivamente de la escena. En 1982 los socialistas ganan las elecciones y Carrillo presenta su dimisión como Secretario General al Comité Ejecutivo del PCE, empujado por quienes (endurecidos "por la ignorancia y por la impunidad presuntuosa de la juventud", dice Cercas) lo acusan de "revisionismo ideológico, de política claudicante y errores de estrategia". A su vez, Suárez funda un nuevo grupo, el CDS, y no obtiene más que un puñado de votos. Se vuelven dos "íconos fatigosos de una época que el país entero parecía impaciente por superar". En 1991 los dos abandonaron la política pero siguieron una amistad que permaneció intacta a lo largo de toda la década siguiente. A principios del nuevo siglo Suárez, que había sufrido la pérdida de su hija y de su mujer a manos del cáncer, presenta los primeros síntomas de la enfermedad de Alzheimer. Olvidado de todo, como un fantasma de sí mismo, vive hasta hoy. En 2007, Cercas entrevistó a Carrillo en un modesto piso de la plaza de los Reyes Magos de Madrid. Detrás de su escritorio con papeles y un cenicero lleno de colillas, había una foto de la portada del New York Times donde un "Adolfo Suárez, joven, valeroso y desencajado, sale de su escaño en busca de los guardias civiles que zarandean al general Gutiérrez Mellado en el hemiciclo del Congreso".
ANATOMÍA DE UN INSTANTE, de Javier Cercas. Mondadori, Barcelona, 2009. Distribuye Random House/Mondadori, 463 págs.
¡Viva Italia!
CINCO DÍAS antes del golpe de estado El País de Madrid publicó un artículo en el que se comparaba a Suárez con el General De la Rovere, el personaje de la película de Roberto Rossellini. Se lo comparaba para humillarlo, para enfatizar su condición de farsante y de histrión. Cercas usa la comparación como una metáfora iluminadora de la historia de Adolfo Suárez, convertido de verdad en el personaje que debió interpretar. La usa como una metáfora de esa transformación operada en Suárez que el 23 F simboliza con la fuerza que tienen las imágenes.
El General de la Rovere narra una fábula ambientada en una ciudad italiana ocupada por los nazis. El protagonista es Emanuele Bardone, "un chisgarabís apuesto, simpático, mentiroso, trapacero, mujeriego y jugador, un pícaro sin escrúpulos que extorsiona a las familias de los prisioneros antifascistas con el embuste de que emplea el dinero que le entregan en aliviar la cautividad de sus parientes". Bardone juega a dos puntas: ante los alemanes es un partidario fervoroso del Reich; ante los italianos, un patriota. Su destino empieza a cambiar el día en que los alemanes matan en un rutinario control de carretera al General De la Rovere, un heroico militar italiano recién regresado al país para articular la resistencia frente al invasor. El coronel Müller considera esa muerte un grave error: vivo habría sido útil, muerto no. Müller decide entonces hacer creer que De la Rovere ha caído prisionero, y se le ocurre utilizar a Bardone, cuyo talento de histrión ha descubierto y cuyos trapicheos con un oficial corrupto ha desenmascarado en seguida, para sacar partido de esa mentira: le propone librarle del paredón y le ofrece la libertad y dinero a cambio de que acepte hacerse pasar por el General De la Rovere e ingrese en la cárcel, confiando en que podrá utilizar en el futuro su presencia allí.
De la Rovere es recibido con respeto y admiración por los otros presos y eso va a operar una sutil metamorfosis en Bardone que comienza a comportarse realmente como si fuera el general. En un momento dado se le encomienda que en un grupo que va a ser fusilado identifique a Fabrizio, el jefe de la resistencia, cuya identidad desconocen los alemanes. La noche previa al fusilamiento, Fabrizio efectivamente se da a conocer ante quien cree De La Rovere. Al amanecer once detenidos salen de la celda; Bardone es uno de ellos, pero Fabrizio no. Interrogado por los alemanes Bardone se niega a delatarlo y es fusilado, "como si el General de la Rovere siempre hubiera estado en él" -dice Cercas- gritando "Viva Italia".