Omar Varela

Que siga la función

Le tocó festejar 40 años de carrera despidiéndose de las salas que gestionaba en el Teatro del Anglo y poniéndole punto final a la famosa compañía que creó hace más de dos décadas,Italia Fausta. En este perfil repasa su ajetreada vida y asegura que él todavía no bajó el telón.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Omar Varela

Omar Varela tenía 27 años y usaba un aro en la oreja. Era el representante de la artista brasileña Denise Stoklos, la mima más importante de América Latina. Para acompañarla en sus giras, en un solo año, se subió a más de 100 aviones.
En los ‘80 el único vestuario que usaba Stoklos para sus espectáculos era una malla, que este asistente lavaba en la pileta de los cuartos de hotel después de cada función. Una noche, en Cuba, durante el Festival de Teatro de La Habana, el ministro de cultura los invitó a un brindis con Fidel Castro.

—A ver tú, que eres de Brasil, del samba…-le dijo Castro desde la otra punta de la mesa.

—Yo soy uruguayo, así que me podés hablar en español.

—Pero chico, ¿por qué usas aro? - pregunta tocándose una oreja.

—¿Y vos por qué usás reloj?

Lo cuenta alzando el mentón, desafiante, recreando una escena que es probable que haya sido más discreta de cómo la describe ahora.

—Me quedé unos cinco minutos hablando con él. En ese momento era como un iluminado, no podías sacarle los ojos de arriba. Y toda la noche tuve encima a un viejo que me molestaba. Me pedía que lo tapara para que pudiera comer porque tenía hambre y lo estaban buscando. Yo no le respondía, "¿y a mí qué me importa este viejo?", pensaba. De regreso al hotel, Denise me pregunta qué era lo que tanto había hablado con Gabriel García Márquez.

Termina el relato con los ojos celestes llenos de entusiasmo. Se ríe con las manos apoyadas sobre sus rodillas y el gesto le sacude los hombros. Hace una pausa para que el interlocutor reaccione, y recién entonces lanza el remate:

—García Márquez era el viejo pesado. Unas periodistas venezolanas lo perseguían para hacerle preguntas y el tipo quería comer tranquilo, entonces se escondía detrás de mí.

Treinta años después, ya no hay aro, y usa un reloj de emergencia en su muñeca izquierda. Parece ser la mejor idea de un vestuarista torpe para indicar que este personaje vital y divertido también tiene parkinson y en cualquier momento podría necesitar ayuda. De vez en cuando el cuerpo de Omar Varela queda paralizado y rígido. El cerebro no escucha sus órdenes. Cuando ocurre, cierra los ojos y practica ejercicios de relajación. Puede hablar con normalidad, por eso, si le sucede en la calle le pide a cualquier persona que lo empuje, como si se tratara de uno de esos juguetes a cuerda que hay que impulsar con un golpecito suave para que enganche el movimiento.

Omar Varela.
Omar Varela.

Sobre estas experiencias tiene decenas de anécdotas. Como cuando le pidió a un liceal que lo empujara en la calle San José y el chico salió corriendo despavorido. Entonces probó con un indigente que soltó sus trastes y le dijo que cómo no, que se prepare, ponga primera y arranque. O la vez que durante un vuelo hacia San Pablo quedó "frizado" a punto de abrir la puerta del baño y una azafata empezó a preocuparse, "ya entro", le advirtió con una mano extendida e inmóvil en el aire. Adentro, demoró demasiado intentando orinar: cuando salió se encontró con tres mujeres más que lo miraban alarmadas y temerosas. En otra ocasión, un hombre sin paciencia lo empujó frente a la vidriera de una confitería y quedó pegado al vidrio con el rostro frente a las masitas, "en eso aparece Levón, el actor, y me pregunta que qué estoy haciendo, ¿no ves que estoy mirando los merengues?, le dije".

Cuando Omar Varela cuenta sus pequeñas tragedias cotidianas las convierte en escenas de humor negro. Habla de sí mismo como si fuera una especie de Caballo de Troya robusto y entumecido, que se coloca en un ambiente y modifica el entorno. Dentro de ese armazón, un Omar saludable se retuerce riendo a carcajadas incomodando a los otros. Observa sus caras de susto, sus movimientos compasivos e ingenuos. En la calle, enfermo, sigue increpando al público como si estuviera en una sala de teatro.

***

A los 58 años se mudó al mismo Barrio Sur en el que creció, en una casa donde imitaba a famosos, hacía títeres para sus primos y cantaba como Nicola di Bari. "A mí me gustaba exponerme a través de un hecho artístico. Pero en mi familia nadie me daba pelota. Hasta que un domingo le pedí a mi madre que me despertara a las 8 de la mañana porque iba a empezar un taller de teatro con Carlos Aguilera".

La casa color beige y reciclada en donde pasa la mayor parte del día ahora, es chica, con pocos muebles y casi sin adornos. Todo en ella luce como recién estrenado. Omar Varela dice que siempre prefirió desprenderse de sus pertenencias y empezar de nuevo, porque su libertad está por encima de cualquier otra cosa.

—Lo que pasa es que yo no tengo hijos, -argumenta.

—¿Te hubiera gustado?

—No, porque no tengo estructura. No me aguanto ni a mí mismo.

A los 12 años decidió que quería su independencia económica y comenzó a trabajar para una empresa importadora de relojes. Cada día llevaba encomiendas desde la tienda hasta la empresa de transportes Onda. De noche iba al liceo. A los 17 se mudó solo. "Siempre fui una máquina de generar situaciones", lanza con orgullo y se queda en silencio.

Un tiempo atrás, Omar Varela repartió entre amigos una colección de caballos de madera y los premios Florencio que ganó. "Es que son una parte de tu alma", explica, "y me puse a pensar para qué quiero yo todo esto". Aunque una vez más preparó el escenario para mirar hacia adelante, el pasado apareció para obligarlo a mirarlo a los ojos. Desde hace seis meses recibe cajas con fotos, documentos y materiales que pertenecieron a Italia Fausta, la compañía que fundó hace 25 años y que ahora, que festeja cuatro décadas de carrera, cierra sus puertas. Su amigo y actor predilecto, Petru Valensky, dice que por primera vez siente la angustia de estar cara a cara con el tiempo. Siente el peso de volverse viejo.

Hace algunos meses repartió una colección de caballos de madera entre sus seres queridos.
Hace algunos meses repartió una colección de caballos de madera entre sus seres queridos.

Que el Anglo haya reclamado su espacio, que el volumen de público disminuyera, que Italia Fausta estuviera atravesando una saturación, forzó a ponerle punto final a una compañía que cambió el teatro uruguayo. "La profesión de uno es como una relación: vos percibís cómo viene la cosa y por más que tires arena viene un viento y vuela todo", opina el dramaturgo, "pero ahora uno recuerda y piensa cuánto tiempo, cuánto hice y por qué tuvo que pasar tan rápido".

***

Omar Varela había egresado de la Escuela de Arte Dramático y formaba parte del elenco de la Comedia Nacional cuando fue becado por la OEA para estudiar artes escénicas en Río de Janeiro. Durante cuatro años solo tenía permitido realizar actividades relacionadas con la universidad pero se arriesgó a dirigir algunas obras, recorrió el mundo con Denise Stoklos, cenó con Fidel Castro y Gabriel García Márquez, y dobló al español más de 500 programas de ciencia y fauna realizados por la Rede Globo. En el poco tiempo libre que le quedaba fue a ver ¿Quién le teme a Italia Fausta?, una obra del género besteirol que le cambió la vida.

Desde la butaca miraba el escenario y pensaba dos cosas: en que él hubiera hecho lo mismo que esos directores y en cómo era posible que no se le hubiese ocurrido primero.

—La pasé mal. De tanto reírme me dolía la cabeza, el cuello y el estómago. Ellos eran tan buenos. Y lo hacían con una seriedad tan grande. Para mí fue una cosa predestinada. Me eligieron entre el público para participar y yo no podía hablar de los nervios. Después volví a verla tres veces más.

Pero el destino lo devolvió a Montevideo por un trámite rápido que se fue posponiendo y una semana se trasformó en 10 años. De regreso, empezó a recibir propuestas para actuar. Luis Vidal Giorgi le ofreció un personaje en Historia de un caballo y lo dirigió en el monólogo El rabino Jonás y el submarino nuclear; Jorge Denevi en Adelante y atrás. Las entradas se agotaban "¿Qué iba a hacer? Me quedé. Pero me puse nervioso y dije voy a hacer Italia Fausta. Había aprendido con Aguilera que el teatro se hacía en grupo así que armé una compañía, elegí a cada integrante y empecé a escribir para esos actores. El Anglo nos ofreció gestionar sus dos salas. Delegué todo lo que era teatro infantil. Logré en un año lo que a El Galpón le costó 40".

En 1988 adaptó aquella obra brasileña para Petru Valensky, Jorge Elías y Estela Mieres, tres actores del under que se travistieron, actuaron revelando los códigos de la puesta en escena que suelen mantenerse ocultos, y levantaban de su asiento a un público miedoso para llevarlo al escenario. Los jóvenes fueron los primeros en acercarse y luego llevaron a sus padres. El nombre de Omar Varela empezó a retumbar con fuerza.

Un dios.
Un niño revolucionario.
Una piedra en el zapato.
Un hombre que, a veces, no se deja querer.
Un Rey Midas que todo lo que toca lo convierte en oro.
Un director de teatro comercial.

Omar Varela dictaba talleres de actuación en el que trabajaba la regresión psicológica pidiéndole a sus alumnos que succionaran un chupete. Le propuso a sus colegas del sindicato de actores instalar un kiosko de venta de entradas bonificadas en la Plaza Cagancha. Hablaba con la prensa de su homosexualidad y de la estupidez de los críticos intelectuales que creían que solo era válida una única forma de hacer teatro. Provocaba a sus colegas diciendo que lo querían porque era un artista taquillero, y que él iba a hacer siempre lo que quisiera, obsesivamente.

Omar Varela y Petru Valensky, su amigo y actor predilecto.
Omar Varela y Petru Valensky, su amigo y actor predilecto.

—Era joven y exitoso. Era un seductor. Me llevaba el mundo por delante. Me creía el Rey del Ganado, - confiesa ahora con una sonrisa que recorre su cara.

Y dice en voz alta el verso de una canción de Silvio Rodríguez que convirtió en un amuleto: "La gente que me odia y que me quiere no me va a perdonar que me distraiga".

***

Hasta hace pocos años Omar Varela trabajaba 14 horas por día pero asegura no le pesaban porque sus tareas las cumplía con pasión. "El 90% de la felicidad tiene que ver con la realización personal y laboral", el otro 10% está relacionado al amor, explica, y entonces empieza a cambiar los porcentajes.

Además de escribir, producir y dirigir para la compañía, durante 24 años fue directivo de Agadu. Dice que si él fuera abogado de propiedad intelectual, sería millonario. Junto a Estela Magnone impulsó la creación de la Casa del Autor y del Centro de Información que almacena y organiza cada obra inscripta, de varios concursos y premios, y frenaron un proyecto que pensaba convertir al Teatro de Agadu en un parking. Es este trabajo y no su extensa carrera de teatrero lo que hoy le permite recibir una pensión por incapacidad y costear la medicación neurológica que necesita a diario.

Los viajes no se terminaron con Denise Stoklos. Los cursos que realizaba para Agadu lo llevaron por todo el mundo. Estuvo 18 veces en París, una ciudad donde se mudaría mañana.

—¿Por qué pudiendo hacer teatro en otros lados volviste siempre a Montevideo?

—Porque luego de estrenar Italia Fausta seguimos haciendo obras de humor y mucha gente empezó a vivir mejor. Dimos mucha felicidad al público pero además yo sentía que tenía una responsabilidad con esa empresa familiar que había parido y que tenía que generar dinero.

—¿Sentías la presión?

—Sí, porque cuando las cosas están bien es porque los actores son geniales pero cuando las cosas están mal es porque el director falla. Es muy jodido el teatro.

—¿Y qué pensás de eso?

—Que es estúpido. Lo que pasa es que los actores son una raza especial.

—Pero vos también sos actor.

—Un actor productor. Yo siempre entendí que un fracaso en medio de tanto éxito no era grave. Nunca sentí pánico. Si un espectáculo no funciona en sus primeras tres semanas, yo lo bajo de cartel.

En una de sus estadías en Francia, Varela visitó la tumba de Édith Piaf, depositó un frasco de su perfume preferido, y le dijo que en el otro lado del mundo se había propuesto hacer un musical sobre su vida. Esa misma tarde visitó la casa de un admirador de Piaf que le colocó sobre las piernas un par de zapatos de la cantante. Le mostró algunos de sus vestidos, diminutos, sus discos, los vasos que se hacía construir para los shows. Piaf fue un éxito arrollador que inició a Omar Varela en los musicales, género en el que la actriz Laura Sánchez fue su musa principal. En 2002, en plena crisis económica, La bien pagá llenaba seis salas cada semana. Omar Varela veía maravillado cómo al terminar la función el público más anciano bailaba en la platea la canción El beso. Se sentían rejuvenecidos. Se dio cuenta de que su nueva materia prima era la nostalgia.

Omar Varela y Graciela Rodríguez: una de las actrices con las que mejor se entiende.
Omar Varela y Graciela Rodríguez: una de las actrices con las que mejor se entiende.

—Me estoy poniendo nostálgico ahora, porque siento que empecé a envejecer. Extraño la vida de estudiante, las discusiones en los bares, ensayar a las 12 de la noche, ¿quién hace eso ahora?

Omar Varela, el viajero incansable, el maestro de actores, el director que hizo reír a tres generaciones de espectadores, le tiene miedo a la soledad y a la silla de ruedas. Pero si le llegara a tocar va a elegir una tuneada con bocinas y parlantes para gritar por las calles y seguir riendo. Dice que la enfermedad lo convirtió en una mejor persona y que le enseñó a valorar a su familia. Aunque este diciembre la prensa cubrió su retiro y en Agadu se armó una exposición que repasa su carrera, él sabe que no va a dejar de escribir ni de dirigir. "Esto es como la mafia", resume.

Omar Varela, que siempre tuvo buen olfato para descubrir la dimensión de un personaje, está seguro de que al suyo todavía no le bajaron el telón.

—A mí me queda mucho más, porque todavía no me conformo con lo que viví.

Petru, un hermano.

Omar Varela fue a ver un show de Petru Valensky en un boliche gay. Se retrasó tres horas y Varela lo esperó rojo de rabia. Cuando terminó le propuso actuar en ¿Quién le teme a Italia Fausta?, y desde ese momento lo convirtió en su actor predilecto. "Fue mi primer obra. Me cambió la vida, voy a estarle agradecido siempre. Me queda el orgullo de haber estado desde el primer día en uno de los éxitos de este país", dijo.

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