UNA MIRADA DESDE EL PRESENTE

Malvinas, 35 años de una guerra latente

Hace 35 años Argentina tocó suelo de las Malvinas dando inicio a una guerra que marcó profundamente a la región. En aquel entonces Uruguay apoyó el reclamo argentino pero también dio ayuda humanitaria a Gran Bretaña. Así, entre grises, todavía se lee la historia desde aquí.

Guerra de Malvinas. Foto: Archivo El País.

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TOMER URWICZ02 abr 2017

Aquella mañana Estanislao Valdés Otero despertó con una llamada. Del otro lado del tubo estaba la voz del dictador Gregorio Álvarez, quien le comunicó: "Canciller, en la radio están diciendo que Argentina acaba de invadir las Malvinas". Apenas pasaban las siete de la mañana del 2 de abril de 1982 y era el comienzo de una larga jornada.

Valdés Otero le pidió a Álvarez que evitara la palabra "invasión" y enseguida ordenó una reunión en Cancillería para adoptar una postura oficial. Sobre las 10 de la mañana, el canciller declaró que Uruguay manifestaba "su apego al derecho internacional", en un intento por ser políticamente correcto, y recordó que "había respaldado desde años atrás el derecho de soberanía de la República Argentina sobre las Islas Malvinas".

Cuando Uruguay emitió este anuncio, del que no hay registro salvo en un blog de Valdés, aún faltaban unas horas para que Leopoldo Fortunato Galtieri, el presidente de facto de Argentina, anunciara desde el balcón de la Casa Rosada el inicio formal de la guerra que los enfrentaría con los británicos durante 73 días.

La postura uruguaya fue similar a la adoptada por otros 16 países de la OEA, casi un mes después, cuando se pidió la activación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca —un acuerdo de que "si tocan a uno, tocan a todos". Distinta fue la actitud de Estados Unidos, Trinidad y Tobago, Colombia y Chile, que se abstuvieron en la votación. El gobierno de Augusto Pinochet incluso apoyó las operaciones militares de los británicos, dice el politólogo Romeo Pérez Antón.

Después de 35 años, más de un tercio de los uruguayos (36%) sigue defendiendo el derecho territorial de Argentina sobre ese archipiélago compuesto por dos grandes islas y otras 750 más pequeñas. Solo el 7% considera que Gran Bretaña es dueña en forma legítima y la mayoría (38%) se inclina por que decidan los propios lugareños. Los datos surgen de una encuesta realizada en diciembre por la consultora Factum a encargo del gobierno de las Islas Falkland (nombre inglés de las islas).

El derecho de autodeterminación de los isleños es uno de los argumentos que más ha resaltado el gobierno británico, sobre todo luego de que en el referéndum de 2013 el 99,8% se pronunciara a favor de mantener su estatus político actual: un territorio británico de ultramar, con un parlamento propio de ocho miembros.

Con algunos matices, la visión oficial de Uruguay se ha mantenido incambiada. Hace 35 años los partidos políticos estaban en la ilegalidad, pero los triunviratos colorados y nacionalistas "no veían mal la actitud del gobierno", dice Pérez Antón. El propio José Germán Araújo, referente de parte del Frente Amplio, tampoco criticó a las autoridades nacionales y, por el contrario, fue un acérrimo defensor de la causa argentina. Desde el exilio, el senador Wilson Ferreira Aldunate inclinó la balanza por Argentina, aunque fue muy duro con la política de la dictadura de Galtieri al advertir que se estaba enviando a la guerra a jóvenes indefensos.

Pero la empatía con los argentinos hizo que al menos un centenar de uruguayos quisiera enrolarse voluntariamente para defender el interés del país vecino, incluyendo al exministro Luis Rosadilla y al exintendente de Colonia, Walter Zimmer. El primero en haberse presentado en la sede fue el periodista Heraclio Labandera, quien por entonces era estudiante de Medicina. Las autoridades porteñas optaron por enviar a jóvenes nacidos, sobre todo, en el norte argentino.

El resultado de esta guerra fue la muerte de 649 argentinos y 255 británicos, más de 700 suicidios y 2.075 heridos. Estas cifras demoraron en conocerse.

A pesar de encontrarse a 1.899 kilómetros de las islas, Uruguay ofició como plataforma de escape de los lesionados y prisioneros británicos. El primer día del conflicto la Cancillería uruguaya supo que Argentina había aprisionado a 104 personas. Estas fueron enviadas a Londres vía Montevideo. Tras una negociación con el embajador argentino también se logró la evacuación del gobernador Rex Hunt, representante de la corona británica en la zona.

Según cálculos de autoridades de Sanidad Militar del momento, 544 heridos por la guerra llegaron al puerto de Montevideo para luego ser trasladados al aeropuerto de Carrasco y de allí a la capital británica. Según recuerda uno de los médicos que prefirió no ser identificado, cada vez que estaba por arribar uno de los tres buques británicos que traían a los heridos, daban aviso a los militares uruguayos para que se organizara la caravana —con Policía Caminera mediante— que conectaba al puerto con la base aérea. Solo dos lesionados, dice la fuente, debieron quedarse un tiempo más en Montevideo para la realización de un examen clínico más complejo. Ambos fueron internados en el hospital Larghero (hoy Juan Pablo II).

Este procedimiento tuvo marco en la Operación Algodón, un plan de emergencia que previó la evacuación casi total del hospital Maciel y fijó la instalación de camillas extras en el Militar por si las cifras de heridos llegaban a superar la capacidad de atención, aunque su implementación no fue necesaria.

La tarea uruguaya, entiende el médico consultado, se concebía como ayuda humanitaria y no significaba tomar partido por un bando. De hecho, recuerda que "una vez, uno de los aviones británicos llegó con municiones, cuando solo se permitía traer material médico, y los militares uruguayos elevaron una queja que llevó al pedido de disculpas del gobierno inglés".

Entre los primeros heridos que llegaron a Uruguay vinieron los sobrevivientes del Narwal, un pesquero argentino que fue atacado cuando navegaba por aguas exclusivas, supuestamente haciendo tareas de inteligencia. Entre los lesionados había un uruguayo.

La simpatía por Argentina, dice Pérez Antón, se intensificó cuando el gobierno británico ordenó el hundimiento del buque escuela Belgrano, que ni siquiera estaba participando de la guerra.

Pérez Antón considera probable que esta inclinación pro Argentina haya llevado a la renuncia del canciller uruguayo casi tres meses después de finalizada la guerra. Aunque el exministro prefirió no hacer declaraciones para este informe, sí explicó que su decisión estuvo ligada a diferencias con el modelo económico y que no hubo presión de Estados Unidos.

¿Vuelta de página?

Desde que finalizó la guerra, el 14 de junio de 1982, el reclamo argentino pasó a jugarse en los organismos internacionales. La propia Constitución argentina, en su modificación de 1994, insta a la recuperación de la soberanía por la vía pacífica. Por eso es uno de los 17 territorios "no autónomos" que integran la lista del Comité de Descolonización de la ONU.

Si bien todos los gobiernos uruguayos han apoyado ese reclamo, tras la visita de carácter personal del expresidente Luis Alberto Lacalle a las islas, en febrero del año pasado, el canciller Rodolfo Nin Novoa aclaró que la postura nacional no va en desmedro del "fomento de las relaciones" que unen al país con los isleños.

En el último año Uruguay exportó hacia las islas mercadería por US$ 951 mil (un 7% del consumo de los isleños), e importó lana sin peinar por un valor de US$ 327 mil. En 2015 se llegaron a vender más de US$ 5 millones, sobre todo a base de pescado congelado y carne de vaca.

Estos negocios suelen realizarse mediante el buque Gambler, que cuenta con bandera de las islas, aunque los datos satelitales demuestran que el año pasado al menos otras cinco embarcaciones recalaron en ambos puertos.

Según la encuesta de Factum, el 78% de los uruguayos expresó que apoya que se profundice el intercambio comercial con las Malvinas, así como el vínculo en temas de medio ambiente, pesca y asuntos culturales.

El consulado que tuvo Uruguay en Stanley —o Puerto Argentino, según la denominación argentina en la década de 1930—, el Hospital Británico, que durante años fue el sanatorio de referencia de los kelpers (residentes de las Malvinas), y el colegio The British School, que fue donde muchos isleños cursaron el liceo cuando no existía la Secundaria allí, son ejemplos de este intercambio.

Aun así, la ignorancia sobre las Falkland o Malvinas sigue reinando en la población. Según Factum, solo el 44% de los encuestados sabía qué eran estas islas. Implica, igual, una considerable mejora respecto a 2013, cuando solo uno de cada cinco uruguayos tenía conocimiento.

También hay un desconocimiento sobre cuál es la posición oficial de Uruguay: más de la mitad no lo sabe. El 39% dice que la postura del gobierno es más cercana a Argentina y solo 1% piensa que está inclinada a Gran Bretaña (1%).

Entre los más adultos, sostiene el estudio, parece primar la postura pro Argentina. Entre los jóvenes hay menos adhesión a tomar partido. Ya pasaron 35 años.

EN PRIMERA PERSONA.

La búsqueda de una identidad.

Boot Hill, en Malvinas. Foto: Florencia Barré.

POR FLORENCIA BARRÉ

Íbamos camino a la casa de Stacey, una de las jóvenes a las que iba a entrevistar durante mis siete días en las islas. Tomamos North Camp Road, que marcaba el camino hacia River View Farm. Con Karen, mi guía, manteníamos un diálogo que oscilaba con facilidad entre el inglés y el español. Era una joven de 25 años, pelirroja, de tez clara y ojos verdes. Inglesa, pensé, pero no. Karen no me llegaba a los hombros, su altura era herencia de su madre y los rasgos de su padre. Mitad chilena, mitad isleña. Cuando miraba a Karen pensaba en esta idea que parecía presentarse todo el tiempo en mi cabeza: ¿qué es la identidad para quienes viven en las Falkland Islands?

Las primeras pistas comenzaron a aparecer con Karen. En las islas los autos son ingleses, por lo que el conductor se sienta del lado derecho. Fuimos desde Stanley (la capital) a una zona rural, lo que ellos llaman "the camp", una expresión que adaptaron del español al inglés. Entonces, tenía a una conductora de identidad mixta, manejando del lado inglés, yendo hacia un lugar con nombre derivado del español.

Sobre el lado izquierdo de la ruta los vi por primera vez: una agrupación de zapatos apoyados en palos. Karen dijo que esa extraña manifestación era "Boot Hill", un lugar donde las personas que viven en las islas y están preparadas para irse dejan sus botas. Si colocan las dos es porque no piensan volver, pero si dejan una se trata de una partida con pasaje de regreso al archipiélago.

En las Falkland Islands viven 3.200 personas. El 62% de ellos se consideran isleños, 23% británicos y el resto de diversas nacionalidades. Durante el censo que se llevó a cabo en 2016 muchos dudaron sobre qué responder; personas de origen británico que tenían su residencia en las islas se encontraron ante una ambigüedad. Los encargados de la encuesta explicaban que la respuesta se encontraba en cómo se percibían a sí mismos. El 5% de la población es chilena, el español es obligatorio en la educación primaria, viven personas de Santa Elena, Zimbabue, Nueva Zelanda, Australia, Sudáfrica, Francia, Italia y varios países más. La respuesta a mi pregunta parecía ser más compleja que lo que a simple vista parecería una dicotomía entre Inglaterra y Argentina.

En Sea Lion, una isla que queda al sur del archipiélago, conocí a Filippo Galimberti y a Simona Sanvitto, dos italianos que viajan desde hace más de 20 años a las islas para investigar el comportamiento de los elefantes marinos. La pareja cumple el mismo ritual año a año: pasan siete meses en Sea Lion, y el resto con destinos rotatorios. De todas formas, ellos saben que las islas son su hogar y es allí donde vivirán luego de retirarse. Otro extranjero que mudó su hogar a las islas es Alex, el dueño de uno de los hoteles más importantes. Dos décadas atrás, este chileno decidió viajar al archipiélago para no volver a su país natal.

En las islas, los jóvenes pueden decidir si culminar sus estudios en el exterior al cumplir los 16. La mayoría se van, pero cerca del 70% vuelve cuando termina su carrera. Muchos de ellos creen que deben retribuirle a su lugar de origen la posibilidad de recibir una educación de alta calidad. A pesar de la guerra, a pesar del referéndum de 2013, ellos se ven como isleños. Como me comentó Alice, una joven de 25 años: la identidad simplemente depende del lugar en el que uno sienta que es su hogar.

IMPRESIONES DE UNA VISITA.

La guerra fría que subsiste entre gobiernos y ciudadanos.

Puerto de Ushuaia. Foto: Andrés López Reilly.

POR ANDRÉS LÓPEZ REILLY

La semana pasada el crucero holandés MS Zaandam ancló en Puerto Stanley o Puerto Argentino, como aclara Wikipedia con una diplomática definición. Welcome to the Falkland Islands, reza el letrero con el que los turistas se dan de bruces. De allí en más, en una ciudad que se desarrolla sobre el eje de su rambla, todo será inglés. El nomenclátor, el idioma, la moneda (libra local) y el espíritu de sus 3.200 habitantes, que se refleja en innumerables banderas ubicadas en casas, vehículos e instituciones, con los colores de otra pequeña isla del Atlántico Norte que —a fuerza de colonialismo, entre otras cosas— logró imponer su idioma como lenguaje universal.

A bordo del Zaandam viajaban varios argentinos. Y como en otros puertos de recalada, se les ofrecieron las excursiones disponibles, destacándose la visita al cementerio de sus combatientes.

Ningún isleño tiene buenos recuerdos de la ocupación argentina. Esto es algo fácil de percibir al recorrer la coqueta Puerto Stanley, donde todo está en orden y nadie tira un papel al suelo. Algunos turistas bromeaban que si los argentinos gobernaran el lugar, el barco no habría podido atracar por un paro portuario. O que no habrían podido circular por algún piquete callejero.

Más allá de las chanzas, el tema Malvinas (término inexistente en las islas) es una herida sin restañar para los argentinos, a quienes muchos comerciantes atienden de mala gana. En la visita había incluso quienes sentían que los isleños los querían pasar por arriba con sus vehículos. Pero no hay animosidad en ese sentido: es solo que, como en Inglaterra, se conduce por la izquierda.

Frente a la iglesia anglicana, un icono de la ciudad, un local cerrado exhibe varios carteles. Uno de ellos dice: No dialogue is possible until Argentina gives up its claims to our islands. Respect our human rights (Ningún diálogo es posible hasta que Argentina renuncie a sus reclamaciones a nuestras islas. Respeten nuestros derechos humanos). Dos días antes, los turistas del Zaandam habían podido fotografiar en el puerto de Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, un cartel que reza: Prohibido el amarre de los buques piratas ingleses.

Muchos decidieron contratar la excursión que los trasladaría al Cementerio de Darwin, ubicado en las proximidades de un villorrio. Para los argentinos es el símbolo de pertenencia en el archipiélago; para los isleños, solo un mal recuerdo. Entre los turistas se encontraba el médico que estuvo al frente del hospital que recibió a los heridos argentinos en 1982, quien viajaba con su esposa (y colega), ambos utilizando bastones canadienses.

Tardaron más de dos horas en llegar al camposanto, en un viaje que parecía por momentos una cámara oculta de Tinelli. La guía, isleña e hija de chilenos, no disimuló en ningún momento su simpatía por los británicos. Cuando pararon junto al pequeño caserío de Goose Green para ir al baño, les pidió que no recorrieran el pueblo porque a los locatarios "no les gustan los argentinos". Les dijo que estaba con ellos para "vigilar que no hicieran nada mal" y que cuando llegaran al cementerio no podrían sacar banderas o camisetas argentinas. Solo llevar flores y algún rosario.

"No quiero polemizar, pero mi opinión y la de los kelpers (isleños) es que la soberanía es británica", comentó. También dijo algunos dislates, como que las islas se encuentran en la plataforma continental africana y no en la americana.

El ómnibus era una olla de presión. Y a una señora mayor casi le explota la glotis. Cuando no aguantó más, estalló en cólera. Buena parte del pasaje se sumó a los cuestionamientos hacia la guía, que también les dijo que "los argentinos quieren las Falkland, las islas Sandwich, y pronto van a querer Nueva Zelanda".

Luego de beber un largo trago amargo, la "vuelta" le costó 90 dólares a cada turista.

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