EDITORIAL

Comunistas y democracia

Cuando se escribe la historia nacional relativizando la acción comunista desestabilizadora o se la oculta para afirmar que las dificultades políticas comenzaron en 1968 con Pacheco, se está mintiendo deliberadamente sobre lo ocurrido durante los últimos setenta años.

Se cumple este año un siglo de la revolución rusa. Es un tiempo de reflexión y evaluación acerca de uno de los episodios más importantes del siglo XX y que tuvo consecuencias mundiales.

Para nuestro país, la importancia de la expansión comunista debe entenderse en el particular escenario geopolítico que es el nuestro. En efecto, ni gran potencia regional ni tampoco país central en la geografía del mundo, Uruguay siempre ha sido importante por su lugar geopolítico, su estabilidad institucional democrática en el siglo XX y por su influencia regional que va mucho más allá de su pequeño tamaño.

Es por eso que, muy temprano luego de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética puso sus ojos en Montevideo para fijar aquí una base para su red de expansión ideológica y propagandística, en un continente que, según la vieja doctrina Monroe de Washington, debía quedar bajo influencia de Estados Unidos. Sudamérica fue una pieza más en el ajedrez del enfrentamiento mundial entre las dos superpotencias de la Guerra Fría, que sobre todo tenía como protagonistas a Europa y a Asia. Pero fue una pieza que, para nosotros, resultó ser la más importante.

Además de las iniciativas de inteligencia del campo soviético en Sudamérica, que con el tiempo se ha mostrado que tenían en Montevideo un centro logístico muy importante de coordinación para todo el continente, se desplegó una acción de influencia y desestabilización claves en esta pequeña república democrática de la región. Así, por ejemplo, el ataque por parte del Partido Comunista al cine Trocadero en 1948 para evitar que se proyectara el film estadounidense The Iron Curtain, mostró que la dirigencia local tenía real capacidad de acción.

Pero, sobre todo, el protagonismo comunista fue de la mano de reivindicaciones laborales y económicas en un contexto en el que el país no encontraba el crecimiento que le asegurara mantener su alto nivel de vida de inicios de los años 50. La acción de inspiración comunista, que no encontraba ningún respaldo electoral multitudinario, fue sin embargo clave en lo obrero sindical y en lo gremial estudiantil.

Las huelgas, ocupaciones y movilizaciones respondían sí a problemas económicos, pero además estaba acicateada por la estrategia de influencia comunista internacional. Así las cosas, distintos sectores productivos desarrollaron una gimnasia sindical que fue haciéndose con el tiempo cada vez más importante, como por ejemplo el textil en 1953- 1954, el metalúrgico y el bancario en 1955, el frigorífico en 1956, el arrocero y el tambero en 1957, y en 1958, la ocupación de Funsa con gestión de control obrero y las agitaciones en Montevideo por la ley orgánica y la autonomía universitaria.

Ya en los años 60 la influencia de inspiración marxista leninista se tradujo sobre todo en la formación de movimientos guerrilleros, como el Tupamaro iniciado en 1963, cuyo objetivo era destruir la democracia del país a través de la lucha armada. Aquí la ecuación geopolítica cambió radicalmente, ya que a partir de la revolución cubana de 1959 el mayor centro de atención de la expansión comunista y de influencia soviética en el ajedrez continental estuvo en el régimen de Fidel Castro que, a pesar de tener a veces algunos matices con Moscú, ocupó ese lugar preponderante hasta 1991.

Pero la acción desestabilizadora marxista leninista fue más allá de la guerrilla y se mantuvo fuerte en el campo sindical. Incluso más, cobró gran impulso aprovechando todas las garantías de libertad de opinión y de reunión que otorgaba nuestro internacionalmente excepcional régimen democrático. Fue así, por ejemplo, que en los quince meses que fueron desde enero de 1964 a marzo de 1965, se contabilizaron más de 650 movilizaciones en todo el país, incluyendo paros, huelgas y ocupaciones.

Todo esto podrá parecer muy alejado de nuestra actualidad. Sin embargo, la reflexión sobre el centenario de la revolución rusa en nuestro país no puede omitir esta temprana y letal influencia marxista leninista.

Cuando se escribe la historia nacional relativizando esta acción comunista desestabilizadora, o cuando directamente se la oculta para afirmar, por ejemplo, que las dificultades políticas recién comenzaron en 1968 con la presidencia de Pacheco, se está mintiendo deliberadamente sobre lo ocurrido durante los últimos setenta años.

A 28 años de la caída del muro de Berlín, es tiempo de que podamos mirar la Historia sin los mentirosos lentes de la propaganda comunista que ocultaron tantas verdades y que tanto daño hicieron al país.

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