LAURA NÚÑEZ Y ANA SILVA (*)

Auge de bonos catástrofe

Noticias como la devastación dejada por los sucesivos huracanes, Harvey, Irma, José, Katia, y María, que han azotado las costas del Caribe y el Golfo de México, lamentablemente han sido recurrentes. También terremotos como los recientemente ocurridos en México, o inundaciones, incendios, tsunamis.

El huracán Patricia visto desde el espacio en una foto de la NASA. Foto: Reuters.
Foto: Reuters

El impacto de estas catástrofes sobre la población y la economía no solo depende de la envergadura en sí del propio desastre natural, sino de la mayor o menor exposición y vulnerabilidad que tengan los elementos presentes en la zona (población y bienes materiales). Los gobiernos deben velar por que el impacto sea el menor posible, proporcionando el marco legal e institucional adecuado para permitir mitigar los riesgos tanto de pérdidas humanas como económicas y facilitar la rápida reconstrucción y recuperación económica de las zonas afectadas.

Los riesgos derivados de los desastres naturales tienen una frecuencia que tiende a incrementarse, y un gran impacto económico. La industria de seguros es, sin dudas, un actor fundamental, ofreciendo protección a la población frente a las enormes pérdidas que se derivan de estos siniestros. Pero existe además un instrumento financiero que permite que aseguradoras, gobiernos o instituciones supranacionales puedan transferir a su vez parte de estos riesgos a los mercados de capitales, y por tanto a los inversores que buscan rentabilidad a cambio de la asunción de riesgos. Estos instrumentos son los llamados Bonos Catástrofe o Cat Bonds.

Los Cat Bonds pagan un interés generalmente bastante alto como contraprestación al riesgo asumido por el inversor frente a la ocurrencia de un determinado desastre natural en una zona específica. En caso de producirse, el inversor perdería parte o la totalidad del dinero invertido en el bono, que iría a sufragar los costos del siniestro. Si el desastre no se produce, el inversor recupera su dinero junto con la rentabilidad recibida. Estos bonos son diseñados por reaseguradoras que utilizan modelos de probabilidad que estiman el riesgo (tasa de ocurrencia e impacto) de los sucesos relativos a los desastres naturales que cubre el bono, en función de variables climatológicas, población, históricas de ocurrencia, etc. La ventaja para el inversor es que constituyen un elemento de diversificación del patrimonio, debido la baja correlación de los Cat Bonds con otros grupos de activos financieros, al no estar su rentabilidad relacionada con la evolución de la rentabilidad de los activos financieros clásicos, generando de esta forma un importante valor añadido para los inversores.

Al igual que existen fondos de inversión que invierten únicamente en empresas tecnológicas o en determinados sectores, existen fondos que invierten exclusivamente en Cat Bonds y constituyen una alternativa para diversificar el riesgo. Uno de los índices que se puede emplear para seguir este es el "Mercury investible Catastrophe Risk Index (MiCrix)". Mercury Capital lanzó en el año 2012 un fondo de inversión que replica dicho índice.

Un ejemplo reciente específico de bonos catástrofe es el referido a los Cat Bonds emitidos por el Banco Mundial el pasado 4 de agosto por valor de U$S 360 millones para hacer frente a posibles catástrofes naturales en México (identificados como IBRD/Fonden 2017). Dichos bonos se emitieron en tres estructuras o Clases: terremotos, huracanes en el Océano Atlántico y en el Pacífico, pudiendo los inversores adquirir cualquiera de ellas. La cobertura de cada Clase se activa cuando el terremoto o huracán cumple con los criterios paramétricos de severidad y ubicación especificados en los términos y condiciones de la emisión del bono. El terremoto registrado el 7 de septiembre en México, de una magnitud de 8,2, ha activado la cobertura de la Clase A, que tiene un valor de U$S 150 millones para cubrir desastres ocasionados por terremotos. Dicha Clase A ofrecía un interés del 4,5% (416 puntos básicos por encima del tipo de interés del dólar en el mercado interbancario londinense). Curiosamente las otras dos Clases, B (cobertura de huracanes del Atlántico) y C (cobertura de huracanes del Pacifico) ofrecían intereses superiores a los de la Clase A, 9,3% y 5,9% respectivamente, dado que la probabilidad de huracanes se estimaba superior a la del terremoto.

Un Cat Bond novedoso emitido en julio pasado por el Banco Mundial es el identificado como "IBRD CAR 111-112" que cubre riesgos de pandemias en el tercer mundo. Es la primera vez que un Cat Bond va destinado a este tipo de catástrofe humanitaria, donde el objetivo es prevenir la catástrofe más que paliarla una vez que ocurre, y que está directamente relacionado con la salud y la vida. El Cat Bond se ha estructurado en dos Clases, la Clase A (111), con una emisión de U$S 225 millones y un interés del 6,9%, que va ligada a brotes de gripe pandémica o infecciones por Coronavirus, y la Clase B (112) con U$S 95 millones y un interés del 11,5% ligada a un amplio espectro de riesgos pandémicos (Coronavirus, fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, Filovirus, fiebre de Lassa y fiebre del Valle del Rift). Los pagos de intereses de estos bonos se financian con donaciones recibidas por el Pandemic Emergency Financing Trust Fund que es el que a su vez recibiría los fondos de los inversores en caso de activarse el mecanismo de cobertura de los Cat Bonds y los destinaría a paliar y frenar la pandemia.

El doble beneficio es evidente: los Cat Bonds contribuyen a la reconstrucción de las zonas devastadas por los desastres naturales y frenan las catástrofes humanitarias, al mismo tiempo que diversifican las carteras de los inversores reduciendo su riesgo. En este sentido, se pueden considerar por tanto como una inversión socialmente responsable.

(*) Laura Núñez- Profesora de Finanzas de IE Business School, Madrid. Ana Cristina Silva - Profesora de Finanzas y Directora del Financial Capability Center de Merrimack College, North Andover, MA.

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