EL PERSONAJE I MARTÍN FERNÁNDEZ

"Hay que dar lo mejor de uno en cada libro"

En poco más de una década se convirtió en un editor referente para las letras uruguayas, al frente de HUM y el sello Estuario, que ofrecen autores destacados del medio.

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Martín Fernández, un editor que defiende el compromiso con los libros.

Quiero hacer algo que ni siquiera parezca uruguayo, que parezcan libros extranjeros, desde el nombre, el formato, el tipo de papel y la presentación. Ahí arrancó todo". Ese fue el sueño de Martín Fernández (37) hace una década, cuando intentaba sacudirse de encima los aires de editor underground de poesía. Y así nació la Casa Editorial HUM, que más tarde sumó el sello Estuario, dos catálogos que actualmente exhiben lo más destacado de las letras uruguayas. Un repaso por sus títulos deja ver una extensa lista de obras y autores premiados por los máximos galardones que distinguen la producción literaria a nivel nacional.

Pero aunque hoy los sellos HUM y Estuario ya parecen definitivamente consolidados y suelen verse en los anaqueles de librerías de Montevideo y Buenos Aires, su editor está lejos de la imagen del empresario promedio. Martín Fernández lleva remera y bermudas, el pelo largo y sus rasgos afilados revelan a un hombre inquieto, que difícilmente permanezca mucho rato en el mismo lugar. Sin embargo, es capaz de perder horas hablando con un autor, la mayor parte de las veces para convencerlo de lo complejo que es publicar un libro en Uruguay. Un oficio que suma pérdidas y de tanto en tanto ofrece la recompensa de haber colocado una obra que será recordada durante mucho tiempo. Por ello, su orgullo es salir cada año con una renovada entrega de títulos.

Su obsesiva preocupación por los detalles tuvo que ver con llegar al perfil tan característico que ofrecen los libros de HUM. "Yo venía de trabajar con papeles blancos y la idea era salir a trabajar con papeles creamy, tipo BookCel que acá no lo usaba nadie", explica Fernández. Las hojas color crema, muy utilizadas en las ediciones de bolsillo de las grandes editoriales y aún en formatos mayores, pasaron a ser uno de los distintivos de esta línea editorial.

Pero también lo fueron el tamaño y los diseños de portada que dieron identidad a los libros. "Me pasaba con una regla en el bolsillo midiendo papeles, formatos, solapas y encuadernados", recuerda Fernández en su obsesión por que aquellos libros "no parecieran uruguayos".

Luces del centro.

A los 12 años llegó con su madre a Montevideo. Venía de Sarandí Grande, donde había nacido y hecho la escuela. La idea era que hiciera el liceo en la capital, con vistas a estudiar en la universidad. Sus dos hermanas mayores, la menor le lleva 18 años, fueron como sus segundas madres.

Cuando terminaba bachillerato se sintió deslumbrado por las letras. En particular por la poesía. Quería estudiar semiótica, pero no existía como disciplina por lo que eligió Lingüística en Facultad de Humanidades. Nunca llegó a concluir la carrera. Con un amigo habían creado el sello ArteFato que ya comenzaba a absorber todas sus energías.

"Entre octubre del 2004 a comienzos de 2007, en dos años y medio aprendí muchísimo, aprendí a manipular seriamente textos de otros, a saber sugerir con altura y siempre con mucho respeto a otros", asegura Martín.

Junto a Leandro Costa Plá se proponen editar a los poetas contemporáneos mayores de las letras uruguayas. De ese modo contactan a Enrique Fierro en Estados Unidos, a Eduardo Milán en México, a Luis Bravo y Tatiana Oroño en Uruguay. Pero también buscan a los autores más jóvenes y menos conocidos, como Alejandro Ferreiro o Melisa Machado para conformar un primer catálogo de poesía ambicioso e innovador. Paralelamente, intentaba sortear la calificación de underground: "Íbamos a los grandes medios, o sea no presentábamos nuestros libros en una taberna en la Ciudad Vieja, sino que lo hacíamos en el Cabildo de Montevideo".

Las apuestas arriesgadas no terminaron allí. El sello ArteFato editó novedades con escasos o nulos antecedentes en el mercado editorial local, como lo fue el guion de la película Whisky, de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella.

"Con Leandro salimos a hacer un paneo en librerías y los únicos guiones de cine que existían eran Smoke, de Auster, Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, y una de Woody Allen. Y bueno, Whisky para nosotros fue divino, aunque a nivel comercial nos fue para el culo, pero nada, para nosotros fue alucinante", recuerda.

Aunque también con esta publicación todo fueron pérdidas no se arredraron. De inmediato crearon una colección de textos de teatro que incluyó obras de Mariana Percovich, Carlos Reherman, Gabriel Peveroni y Roberto Suárez. "Y con esa colección también nos fue como el traste, pero ahí fue que hice mis primeras armas", asegura.

Durante esos dos años y medio Fernández calcula haber publicado más de doscientos títulos. Y durante ese tiempo terminó de darle forma a lo que sería el proyecto de su vida y que este año cumplirá su primera década. En ese lapso también formó su familia junto a su esposa Mariana, con quien permanece desde hace 17 años, y tienen tres hijos: Simón (6), Ulises (4) y Jacinta (2).

Fernández todavía soñaba con un catálogo propio y quería dejar de ser visto como uno de "los botijas de ArteFato". Después de todo, en ese tiempo había aprendido casi todo lo que tenía que ver con el oficio: desde la impresión, la diagramación, diseño de portadas, encuadernar, llevar los libros a la prensa, cobrar las ventas en las librerías, distribuirlo y, lo más complicado, "lidiar con los autores".

—¿Con qué se encuentra el editor cuando tiene que "lidiar" con los autores?

—De arranque no hay una única lógica, cada autor tiene su lógica y su tipo de razonamiento, su sensibilidad, sus intereses. Entonces hay que tener una cintura muy grande a la hora de entender cada cabecita. Históricamente hubo autores que se morían por tener sus libros en el exterior, y luego hubo autores que se dieron cuenta de que eso era, nada… Hay que dejar lo mejor de vos en cada libro, romperse el lomo y ponerle todo para que a ese libro le vaya bien y si le va mal tratar de llegar a una conclusión con el autor, que no sea mentira, que sea la realidad. Porque el autor siempre está mirando por el rabillo a ver cómo me trabaja a mí y cómo trabaja a otros. Y por menos ego que tenga siempre va a mirar y a decir mirá este libro de mierda vendió tanto y yo que escribí mi obra maestra vendí menos.

—¿Cuál es la clave entonces?

—La confianza es clave, yo cometo un error sistemáticamente y es hacerme amigo de los autores y se me ha reprochado eso, generar demasiada confianza que para mí está en la tapa del libro. Yo primero tengo que involucrarme con ellos, no para quedar bien y como un buena onda, sino porque cada uno va a ver las cosas de una manera muy distinta. Pierdo muchas horas por teléfono con autores que llaman y me dicen: hola yo quiero publicar, tengo un manuscrito, y bueno yo prefiero decir de una no estamos recibiendo originales y que el autor en ese momento ya entienda por qué no estamos recibiendo originales, porque no damos abasto, porque estamos sobresaturados, porque somos pocos. A veces mi respuesta termina siendo hacé una edición de autor vos y date el gusto de salir a regalarlo, a, para quedar bien decir: sí mandalo, y que después esté acá cajoneado cinco meses, porque ahí el autor sí se quema.

Hace unos tres años Fernández se dio cuenta de que algo había cambiado en él como editor. "Me estaba volviendo el tipo de director editorial que no quería ser, contra el cual me había renegado", observa. Con un talante más conservador, dice, ahora se siente más alejado de aquel espíritu aventurero que lo llevaba a arriesgar todo para publicar un libro que lo había fascinado y que tenía pocas o nulas posibilidades de ser vendido.

Con el paso de los años también su empresa ha crecido, pasó de ser una suerte de hombre orquesta a tener un equipo que trabaja en todo el proceso de edición. También tercerizó la impresión y la distribución, ahora a cargo de Gussi Libros. La editorial funciona en los altos del mismo local donde tiene la librería Lautréamont, el homenaje al poeta maldito que en su juventud lo deslumbró. Una señal de que allí se mantiene viva la llama de las letras por encima de las prosaicas penurias financieras de cada día.

SUS COSAS.

Futbolero.

Juega regularmente al fútbol cinco "más por hacer ejercicio que por jugar bien". Es hincha fanático de Nacional y si no puede ir al Parque Central sufre. En el último partido con Danubio terminó abrazado a la radio y a los tres hijos, a los que hizo también fanáticos del tricolor. También juega al básquetbol con sus pequeños en la plaza.

La música.

Le gusta el rock, sobre todo los grandes grupos de la época dorada del género y algunas bandas nacionales. Pero la música es también una suerte de batalla familiar ya que intenta trasmitir su gusto por el rock a sus hijos pequeños que, siguiendo a sus compañeros de jardín y escuela, suelen escuchar la cumbia pop que Fernández particularmente rechaza.

Papeles.

Afiches, recortes de prensa, antiguas publicaciones en papel, folletos, llenan cajas y cajas que guarda en su casa. Pero en particular Martín Fernández es un coleccionista de catálogos editoriales, una obsesión que atesora como incunables. "Algunos no son más que planillas Excel, pero ahí los tengo guardados", dice.

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