Por: Martín Cajal
De tarde el cielo amenazó y finalmente llovió. Después se restableció, sólo quedaban nubes fucsias algo agrisadas, la intimidación climática disminuía. Hacia la medianoche el cielo cambió hacia azul profundo. Gilberto Gil se despedía.
El público comenzó sentado pero se paraba poco a poco para soltar lo que recibía. Hacia el final del espectáculo casi todo el Teatro de Verano bailaba al compás de esa inquietud africana y brasileña que destilaba la música y los pies de Gilberto. Uno de los mayores representantes de la música latinoamericana nos visitaba para presentar su último disco Banda Larga Cordel (su primer disco de estudio en más de 10 años), para girar los ánimos y, quizá, hasta el clima. El mismo viernes en que tocó, Gil fue declarado Visitante Ilustre de la Ciudad en la Embajada de Brasil.
Junto a Caetano Veloso, Os Mutantes, Gal Costa, Tom Zé y otros, fue una de las figuras que a finales de los sesenta generaron ese movimiento tan creativo como comprometido llamado Tropicalia, todo un flujo de renovación musical que conjugaba bossa-nova, samba, rock n´roll, pscicodelia, y que influiría tanto dentro como fuera del Brasil. Pero Gilberto Gil se sostiene solo, al margen de ese movimiento musical y político. Se trata de uno de los mayores compositores de su país, capaz de crear y ejecutar con el mismo impulso pasional; capaz de componer más o menos con la misma estatura creativa a pesar de que el tiempo pase, e incluso re-generar constantemente su propio estilo. En suma, un artista que halló su esencia expresiva desde un principio, pero que se afilia al tiempo para enriquecerla. De ahí que el espectáculo haya sido una demostración de su acondicionamiento con la música más moderna. De ahí el nombre del show, Banda Larga ("banda ancha" en español), en relación a su defensa declarada sobre la libre navegación en la red, como una forma de acercamiento cultural. De ahí esos ritmos actualizados que aparecen en su nuevo trabajo.
A las nueve pasaditas, la uruguaya Mariana Lucía se encargó de telonear al músico brasileño con su propuesta bossa, experimental y sobre todo vocal. Media hora después apareció Gilberto con su sonrisa dientuda y sus rastas encanecidas.
Desde que comenzó hasta que terminó, todo ese júbilo esencial al país norteño fue mudado hacia sonidos. Y de un modo tan comunicable que ese fulgor anímico se recibía directamente. Uno se olvidaba de pestañear, se hallaba petrificado ante ese brujo risueño que arriba del escenario provocaba tanta admiración como desconcierto. En las caras se grababan sonrisas espontáneas y duraderas -hipnotizadas-, y los cuerpos empezaban a agitarse -poseídos- al ritmo de una felicidad que crecía progresiva, con cada canción. Se trazó una interacción casi filial entre el público y Gilberto, quien le robó a los uruguayos un prolongado "ahhh" cuando le dedicó A Faca E O Queijo (de su último CD) a su mujer; quien hizo cantar a todos su versión de No Woman No Cry; quien nos rodeó con su forraje colorido de samba, rock, funk, pop, bossa, electrónica, ritmos africanos, reggae; quien exigía que acompañemos sus coros pegadizos, extraordinarios, que inspiraron a tantos artistas.
Los grandes músicos poseen una facilidad natural para comunicarse con el público. Pero más que transmitir, Gilberto Gil se encargó de contagiar a los uruguayos y brasileños allí reunidos. Se lo vio hiperactivo y a la vez sereno, contento y enérgico, rejuvenecido. Componer y tocar le permiten alimentar esa felicidad personal, reflejarla y a la vez regarla. De ahí esa frescura que se vivió durante poco más de dos horas, tiempo prolongado por el propio público que pedía incansable más bises, más alegría brasileña.
Antes de terminar el show, Gilberto Gil dijo: "Gracias a la vida, siempre. Ella es nuestra única Reina. Nosotros somos sus siervos". Una frase tan sencilla como célebre que condensa toneladas de literatura y filosofía, y que este veterano la tradujo en música durante poco más de dos horas en un show precisamente vital.