Por Luis Ventura
Cuando el espejo de la vida nos devuelve las imágenes de lo que nos pasa, muchas veces no sabemos distinguir lo real de lo ficticio. Lo genuino y natural, de lo trucho y lo artificial. De ahí que en el día a día de nuestro camino terminemos desconfiando hasta de nuestra propia sombra.
Los medios de comunicación son los vehículos de la información, de la diversión y el termómetro de nuestra sociedad. Pero dentro de ellos están la verdad y la operatoria de la mentira. Porque hoy nos encontramos con un sinfín de campañas publicitarias o propagandas directas o encubiertas de la violencia. Y hablo de la violencia en los noticieros, de la agresión de las canchas, de historias retorcidas y ásperas en las novelas, de delitos u homicidios en los unitarios… Entonces hasta nos parece normal y cotidiano la violencia de jóvenes en escuelas y colegios, como de adolescentes y vivillos en las discos.
Eso lo vemos y escuchamos a diario, Ahí tenemos Mujeres asesinas, Cárceles, deportivos con todos los ataques de los barrabravas, Policías en acción, Vidas robadas, Montecristo, los noticieros y hasta programas de entretenimiento en los que el escándalo y el ataque ponen conflicto permanente a dos o más contrincantes.
A través de los hechos que se van dando, uno termina imaginando que estos hechos de violencia son conjugados y canalizados por los jóvenes, pero surgidos de ejemplos desde el propio hogar o de su entorno familiar.
Hoy ya no nos conmueve ni sorprende que maestros y profesores sean atacados. ¿Dónde se vio que un padre termine agrediendo a una maestra, o una madre a un instructor?… ¡Otros tiempos, otra gente, otra realidad!
La mala palabra se ha incorporado y forma parte del vocabulario cotidiano como semilla permanente de esa violencia mediática con la que se bombardea a la gente desde esta sociedad de la pantalla. Todo pasa por la pantalla de nuestros televisores, de nuestras computadoras de disco rígido, de las notebooks, de los celulares, de los handies… La pantalla violenta nos agobia.
¿Qué nos pasa? ¿No hay remedio a esta caída en la calidad de vida? ¿Dónde quedaron aquellos ricos códigos de calle, de barrio, de amigos y vecinos…? De gente bien, que siempre existió. De ayudar a cruzar la calle a un ciego, sin pensar que detrás está la cámara chasquera para un blooper en un reality. ¿O ahora es pecado darle el asiento a una viejita, o a la embarazada, que suben al tren o al colectivo?
Nos olvidamos de eso pero tenemos muy presentes los nominados o los sentenciados del programa de turno, del rating y los escándalos del momento, dejando muy lejos las buenas costumbres urbanas, el trabajo en prevención y la buena educación para que los medios de comunicación puedan ser algo más que apenas vehículos de violencia y malos ejemplos. ¡Pensalo! Chau, hasta el Sábado… Show.