Las caras jóvenes del cine

| Tienen menos de 20 años y ya protagonizaron una película nacional. Si filmar es difícil, ¿cómo es jugar a ser una estrella?

Por: Mariángel Solomita

La cámara no miente. La continuidad que logró el cine nacional ( y la efervescencia creativa entre jóvenes directores), requiere cada vez más de personajes adolescentes. Las últimas películas estrenadas tienen un punto en común: varios roles protagónicos cayeron en manos de intérpretes demasiado jóvenes como para tener una basta experiencia y en los recientemente catalogados "no actores". Estas experiencias, fuera de lo común para un joven uruguayo, significaron un cambio de rumbo en la vida de alguno, la confirmación de la vocación para otros o simplemente una oportunidad que surgió.

DEL INTERIOR. "Mi sueño es ser militar y hagan lo que hagan no van a cambiar eso". Con esta afirmación comenzó el primer día de rodaje de Virginia Ruiz en El baño del Papa. En aquel entonces Virginia tenía 13 años y a pesar del despliegue que movilizó a Melo, su ciudad natal, por un mes y medio, nunca creyó que protagonizar una película uruguaya la cambiaría en algo. "Cuando me llamaron y me avisaron que quedé elegida, corté el teléfono y mis padres me dijeron `¿Y?`. Los miré y les dije `Y nada, voy a hacer una película`".

Hoy Virginia tiene 16 años, hace 3 meses que vive en Montevideo y recibió una beca de la Intendencia de Cerro Largo para estudiar cine, teatro y televisión. Virginia, al igual que Mario Silva, quien interpreta al bagayero, fueron un descubrimiento de los encargados de casting de este film, se trata de dos "no actores" que encajaron en el perfil que se buscaba y que, con ayuda de una preparación artística, pudieron construir personajes, que además de contribuir a los premios que recibió la película, encontraron en el cine una nueva vocación.

"Cuando surgió la posibilidad de la película, la gente me decía `mirá que te están mintiendo, no es cierto`", comenta esta adolescente que consiguió el papel de casualidad, al acompañar a su vecina a la primera prueba de cámara, y que tiene varios puntos en común con su personaje. No es el acento: no habla de "usted", ni vive en una situación social precaria. Sin embargo, cuando Gustavo Bouzas, que se encargó de ayudarla a generar el personaje, le dijo que debía concentrarse en interpretar a una adolescente muy apegada a su familia y con un sueño ante el cual se interponía su padre, encontró el punto de conexión. "Me identifiqué con el conflicto entre padres e hijos, el problema que tienen los hijos únicos o los menores, como es mi caso, de que tus padres quieren que estés a su lado, que cumplas el sueño de ellos, que trabajes, pero estando siempre cerca".

ACTUAR VS. GANANCIA. "Me gusta escribir historias sobre adolescentes porque me parece atractivo hablar de la sensibilidad que se manifiesta en esa etapa (...), implica hablar de los cambios a nivel físico y psíquico, del drama en que pueden tornarse determinados sucesos y las marcas que estos pueden conllevar". Los dramas que Federico Veiroj imaginó para su personaje de Acné, Rafael Bergman, no parecen afectar en nada a su actor, Alejandro Tocar. Rulos, flaco, estatura media, un enorme sentido del humor y ni una gota de timidez. Lo opuesto a su personaje. "Soy todo lo contrario, por eso fue divertido, nada que ver con lo que yo había vivido. Cuando mis padres me ven con cara medio de ido me dicen `Ah, estabas en Rafa`". Alejandro tiene muy claras dos cosas: le encantó filmar Acné y no piensa ser actor. "Nunca quise ser actor y sigo sin quererlo, coincidía mi edad y aspecto físico con el papel, pero no es mi vocación. Además, acá es muy dificil vivir de la actuación y tendría que irme del país, y no me gustaría".

La misma preocupación económica es compartida por Elisa García Lester, que, a pesar de interpretar a una adolescente de 14 años en Polvo nuestro..., tiene 23 años. "Mi miedo concreto es: yo quiero vivir de esto, ¿voy a poder? y ¿acá?, porque hay una continuidad en el cine, pero... no tanta." Antes de interpretar a Masángeles joven, Elisa tenía experiencia en teatro infantil y había participado como extra en 14 días en el paraíso. Fue allí que Bruno Aldecosea observó su trabajo y le propuso integrarse a su taller de actuación ante cámara.

HABITUARSE A LAS CÁMARAS. Según Aldecosea, se pueden encontrar tres vertientes en cuanto a "actores cinematográficos" se refiere. Por un lado están aquellos que tienen formación teatral, luego los modelos publicitarios que fueron capaces de generar personajes para el cine y en tercer lugar la nueva generación de estudiantes de teatro, que tomaron conciencia de que el cine nacional precisaba que ellos tuvieran cierto manejo frente a las cámaras. " Los códigos cinematográficos son diferentes a los códigos teatrales, hay que saber trabajar diferente para un plano abierto que para otro cerrado. El vínculo entre el actor y la cámara es totalmente distinto al del actor y el público", explica.

Tanto Elisa, como Nicolás Furtado (Santiago), Ignacio Cowen (Fructuoso) y varios de los actores que interpretan a tupamaros en Polvo nuestro..., tenían como ventaja la experiencia ante cámara, lo que según Aldecosea facilitó el casting : "hace 15 años hacer la misma búsqueda hubiera sido muy difícil".

"Esta película logró que en una etapa de mi vida en que estaba totalmente desconforme con lo que estaba haciendo, me decidiera por la actuación", comenta Elisa, que al terminar el rodaje fue contratada para interpretar a una extra en Ensayo de la ceguera y luego se radicó en Argentina para estudiar en la escuela de Norman Briski.

La experiencia provocó algo similar en Ignacio Cowen, quien aporta una dosis de humor y de tragedia a la historia de Beatriz Flores Silva. "El cine para mí era como un sueño. Estudio teatro desde que tengo 15 años, ahora tengo 20 y estudio en la EMAD. Yo creo que al cine uno llega por un tema de imagen y de personalidad, en teatro tenés que armar un personaje. Esta vez la consigna era tener la base e improvisar".

DIGAN LO QUE QUIERAN. La metodología de manejar el guión como una guía ancha, es recurrente en los directores uruguayos. Ninguno de los jóvenes entrevistados memorizó el guión, todos improvisaron, alguno de ellos ni siquiera lo leyó completamente.

"La manera de trabajar a mí me gustó muchísimo porque genera naturalidad, espontaneidad. Al momento de rodar, la directora te contextualiza, te explica lo que quieras y mágicamente el guión sale solo", apuntó Elisa.

Por un lado esta fórmula puede ser una manera de que los actores demuestren su potencialidad y, por el otro, puede enriquecer el guión, teniendo en cuenta la visión que los actores recrean del personaje. Según Veiroj, el principal aporte que los actores adolescentes realizaron al guión fue pensarlo como tales. Así fue que Alejandro propuso que además de fumar constantemente (se trajeron cigarros desde Francia que no generan adicción), Rafael también tenía que consumir bastante alcohol, y Virginia, sin éxito, sugirió que su personaje eliminara el "usted".

El proceso de preparación del personaje demuestra el compromiso que el actor adquiere con rol, es por eso que los equipos de producción consideran esencial generar situaciones que impregnen a estos jóvenes con la realidad que deben trasmitir. Nicolás Furtado da vida a un tupamaro que muere por sus ideales. Si bien no estaba contextualizado profundamente con los hechos ocurridos durante la dictadura militar, tuvo que leer varios libros, biografías, ver películas y documentales, entre otras cosas. " Visité el liceo IAVA, pasé un día en un cantegril y realicé una preparación psicológica para poder exteriorizar la ira", comentó. Para Ignacio Cowen, la preparación fue más arriesgada: tuvo que habituarse a las tarántulas. En una de las escenas de la película, debió grabar con 15 arañas en su cuerpo. En el caso de Elisa, fue esencial presenciar un parto natural para luego recrear esta situación en la película.

La productora encargada de El baño... contrató a Chris Duvenport, quien preparó a los no actores de Ciudad de Dios, y fue el encargado junto con Gustavo Bouzas de trabajar el personaje que interpretó Virginia Ruiz. "Se hace un trabajo en la periferia, no los hace ensayar jamás con el texto, se hace un trabajo con la puesta en estado del actor. Postural, lo que tiene que ver con la estructura, hace que el personaje exista y cuando sucede eso las palabras surgen naturalmente", cuenta Aldecosea. De esta manera Virginia dedicó un mes a ensayar en una vivienda precaria en Paso Carrasco, en Montevideo. "Llegábamos a las 7 de la mañana y nos quedábamos hasta las 5 de la tarde. Nos tirábamos en la cama con César (Troncoso) y Virginia (Méndez) y charlábamos. Querían que creáramos lazos familiares. Así, en el momento de hacer la escena en que hay violencia, sentíamos dolor realmente. Y lo lograron".

Alejandro tuvo un período de ensayos más extenso que el resto, 4 horas, 3 ó 4 veces por semana por 2 meses, "lo más difícil fue no reírme, no participar de las jodas, mantener siempre la mirada baja, inseguro". Además de la hora y medía diaria de trabajo de maquillaje, que empeoró cuando a fines del rodaje, el actor tuvo un proceso de acné real.

Volver a la realidad fue lo más difícil para estos jóvenes que durante varias semanas jugaron a ser estrellas, cambiaron los deberes por ensayos y madrugaron sin quejarse, para un año más tarde enfrentarse a su trabajo en una pantalla gigante y recordarlo como una linda experiencia, o empezar a contar los días para que se repita.

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