POR GONZALO SOBRAL
Qué placer, veinte años después, poder ver y escuchar a Bob Dylan. Porque en el Cilindro sólo lo vimos, de escucharlo ni hablar.
Qué lástima los que en las primeras filas de la platea se levantaron para irse al poco tiempo de empezado el recital. No saben lo que se perdieron.
Qué suerte que el tiempo se aguantó, hizo calor y no sopló mucho viento. Un año atrás una tormenta arruinó a Tom Jones al aire libre.
Qué pena que arrancó con Cat`s in the well, el mejor tema de Under the Red Sky, pero no muy popular. Por qué no metió Rainy Day Woman como en Buenos Aires o Leopard Skin como en Córdoba y Santiago.
Qué buenos que son esos músicos, capaces de pasar del blues al folk sin mayores dramas, albañiles aplicados para armar una pared sonora impecable a lo largo de dos horas.
Qué nos faltó para convencerlo de meter un tercer bis (como en Guadalajara) y que nos despidiera con Blowing in the wind.
Qué cascada tiene la voz, pero eso a quién le importa.
Qué tiene Modern times, su disco de 2006, para que Dylan anclara allí una parte de la noche. Sus trabajos de los 60 necesitaban mayor espacio, decían por ahí.
Bienvenido Bob. Y volvé cuando quieras.