En un momento dado la vida fue separando a los músicos-músicos de aquéllos otros que querían tener un grupito de rock para atraer a las chiquilinas.
A veces es difícil distinguir, en medio de famitas pasajeras y efímeros delirios de la "prensa especializada", a los unos de los otros.
Esa decantación se produjo muy tempranamente, y muy claramente, en la vida de José Luis Pérez.
Siendo casi un niño, su madre, la mitológica Doña Mecha, tenía que acompañarlo a sus trabajos profesionales, donde se tocaba de todo, en bailes tan memorables como los de Casa de Galicia.
Una noche, Doña Mecha creyó ver que su hijo, de apenas catorce años, se estaba durmiendo en el asiento de la batería. Temerosa de que las trasnochadas estuvieran siendo perniciosas para él, durante la primera pausa lo encaró. La respuesta de José Luis fue: "No, es que ahora toco con los ojos cerrados".
Su ejemplo ha sido fundamental para que los bateristas comprendieran que no bastaba sentarse en el banquito y llevar el ritmo.
Los jóvenes aspirantes a tocar la "leña" tuvieron que entender que para merecer la admiración de sus pares (y no tanto de las chicas) iban a tener que sudar la gota gorda.
Más de un baterista ya profesional y con experiencia jazzística tuvo que ir a poner las barbas en remojo.
Uno de ellos me reconoció una noche en el bar de arriba del Hot Club: "Yo, si hago eso, me saco un ojo con un palo".
Se refería a los veloces juegos con los platos que José Luis estila, entrecruzando los brazos a una velocidad que los hace casi invisibles, y que yo, desde aquellas épocas, bauticé como "el vuelo del colibrí".
En una era dominada por el rock, una música que aparentemente no demandaba tanta sofisticación técnica de parte de los bateristas, Pérez estudiaba a Buddy Rich, a Joe Morello, a Roy Haynes, a Elvin Jones, a Tony Williams.
Como diríamos en uruguayo "estaba robado".
Horas pasábamos en la casa de la calle Famailla, escuchando a José Luis mientras recorría los libros de esos maestros, y Doña Mecha nos alimentaba con tortas fritas y mate.
Habiendo crecido escuchando a Elvin Jones y luego habiéndolo visto en vivo muchas veces (y lo más cerca posible), habiendo tocado infinitas veces con Pérez en diferentes contextos, puedo decir que tienen una manera muy similar de impulsar a la banda y de ser "arregladores instantáneos" sobre el escenario.
El elemento afro, la manera de "dar vuelta" el ritmo, siempre jugando entre el "cuatro", el "tres" y el "seis", es también un elemento permanente en el estilo de Pérez.
Y no todo es técnica o "adelantos", claro. Hay que haber tocado un simple blues cuadrado con José Luis sentado en la batería para ver que "lo que se hereda, no se roba". Ni se compra, ni se estudia.
Pues bien, la energía africana, la melodía de tambores, las pinceladas impresionistas y el espíritu subyacente del blues, todo eso está presente en la forma en que José Luis Pérez traslada a la batería la magia de la "cuerda" de tambores.
Por cierto, Roberto Galletti, del legendario grupo Tótem, fue el primero en intentar una aproximación viable desde la batería al candombe.
Desde entonces, toda una tradición de candombe-beat, candombe-rock y candombe-jazz, en diferentes proporciones, ha proliferado en la música uruguaya.
Junto al de José Luis Pérez, nombres como los de Santiago Ameijenda, Aldo Caviglia, Osvaldo Fattoruso, Gustavo Etchenique, son otros tantos peldaños en una escalera histórica que alcanza culminación en este libro que hoy tenemos en las manos.
Pasen y vean, escuchen y disfruten, aprendan con una obra maestra en la historia de una música y un sonido que son exclusivamente nuestros: el candombe y sus tambores
barilarius@yahoo.com