La cosa comenzó, inesperadamente, un día de 1977. Ese día, con la recomendación de Jorge Traverso, fui a encarar a Jorge Abbondanza, Jefe de la Página de Espectáculos de EL PAIS.
El jazzista Charles Mingus venía al Solís. Yo estudiaba en el IPA y en el Conservatorio, y no tenía plata para la entrada. Tras el retiro del gran Arnaldo Salustio, la sección de música popular estaba vacante.
Abbondanza me miró y me dijo: "Vamos a hacer una cosa, vas a la conferencia de prensa, escribís algo, si está bien lo publicamos y te damos las entradas para que comentes el concierto".
Así ocurrió, tal cual.
Unos días después, pasé a dar las gracias y, para mi sorpresa, salí con el trabajo de crítico. Un mes más tarde largué mi yugo de medio horario en una casa de repuestos de auto.
No me cabe duda de que esta trayectoria periodística ha sido, por lo menos, peculiar.
Me permitió no solamente vivir de una profesión que se convirtió en pasión, sino que, años después, me regaló la posibilidad de ser el director del principal semanario en español de los Estados Unidos. Las cosas que tiene la vida.
Mi trabajo empezó en la crítica de música popular, se fue expandiendo a la música llamada culta y a los reportajes, siempre todo muy serio. Y muy drástico.
Sigo de acuerdo con muchas cosas que escribí, pero ya no estoy tan de acuerdo con la forma en que las dije.
Y en algunos casos, lo lamento.
Poco a poco me fui aburriendo de la crítica y por suerte me dieron la oportunidad de hacer informes y notas especiales de tipo más periodístico, no sólo espectáculos.
Otro día vino la invitación de Miguel Álvarez Montero para escribir la columna en SÁBADO SHOW.
En ese nuevo ritmo semanal, un día, como de colado, entra el humor. Entra y se queda, de una manera u otra, a veces más explícito, a veces más solapado, a veces de manera directa, otras veces burlón, o directamente sarcástico (aunque uno trata de dosificar).
Nunca fui un gracioso. Mis amigos saben que puedo tener una ocurrencia, una frase aquí o allá, cada tanto. Pero gracioso, no.
Así que redescubrirme como capaz de hacer sonreír y, a veces, hacer reír a los lectores, fue toda una revolución mental.
De estos treinta años hay cosas que valoro infinitamente.
Valoro el haber aprendido al lado de maestros como Jorge Abbondanza y Washington Roldán.
Valoro el haber trabajado con jefes y editores que nunca, jamás, ni una vez en tres décadas, me censuraron o rechazaron un artículo.
En dictadura, valoro el haber podido apoyar a la música popular y a la cultura en general en épocas en que era una de las pocas armas contra la dictadura.
En democracia, valoro el apoyo del diario en circunstanciales fricciones con algún jerarca de gobierno al que no le había gustado un artículo firmado por mí.
Y re-valoro los miles de e-mails que me han mandado los lectores, haciendo de este espacio el más interactivo de la prensa nacional.
También hay anécdotas. Como cuando viajamos con Mario Marotta a cubrir el concierto de Prince. Fue la noche que se inundó Buenos Aires y quedamos aislados en una fonda de la calle Suipacha.
O como cuando nos mandaron, qué más remedio, a cubrir una efeméride patria ante la convocatoria de un coronel que era el Intendente de facto Flores. Usando los floridos recursos del estilo periodístico, a ese galonado lo identificamos como "El Intendente poronguero", provocando iras militares y carcajadas civiles.
Quizás esa fue la primera vez que algún lector pudo sonreír con una nota de Barilari.
Ojalá que haya una próxima.
Así que hoy se trata de reconocer a EL PAÍS y SÁBADO SHOW. Y sobre todo a los lectores, que son los destinatarios, los jueces y, en muchos casos, por suerte, los participantes activos en un intercambio que lleva ya tantos años.
barilarius@yahoo.com