barilarius@yahoo.com
De tres Grammys posibles, metimos uno, con el más que merecido triunfo de Jaurena en la categoría Mejor Álbum de Tango.
Conocí los Grammys desde adentro. Durante dos años acepte formar parte de la llamada Academia, hasta que me aburrí. Eran las épocas en que la camarilla de Emilio Estefan hacía y deshacía, y resultaba imposible saber quién votaba, quién había ganado de verdad y quién había ganado a dedo.
Las cosas están mejorando. Hay categorías, como las que dominaron Juan Luis Guerra y Ricky Martin, por favorrrrrrrr!, que sólo se las dan a los que venden millones de discos. No es un tema de calidad artística, sino de la inversión que hay atrás.
Por la misma razón México y Brasil son categorías aparte, con premios aparte: por la plata.
Pero hay rubros, como los tres en los que figuraron nuestros músicos y varios otros, donde la cosa es más transparente porque hay menos intereses en juego.
En la categoría de Drexler el premiado fue Caetano Veloso. Y la verdad, "perder" con Caetano es todo un honor. Nada que decir.
En la categoría de Mejor Canción Rock, nadie, ni Magoya ni Peteco, le sacaban la cocarda a Cerati, en el año del retorno de Soda Stereo y con la manija infernal que le están dando. Muy meritorio lo del Cuarteto, y además sirve par ir haciendo experiencia internacional y viendo cómo se cocina el estofado.
Raúl Jaurena fue, tres o cuatro años atrás, el primer uruguayo en la historia en ser nominado para uno de estos premios. Debió ganar ya en aquella oportunidad.
Pero el Grammy fue para un muy buen dúo de guitarras brasileño, los Hermanos Assad, Sergio y Odair, tocando arreglos de música de Piazzolla.
Sergio Assad vive en Chicago y después de obtener aquel Grammy, con toda nobleza, va y me comenta:
"Estamos contentos, pero se lo tendría que haber ganado Jaurena. Nosotros de tango no sabemos nada y ni esperábamos esta nominación".
La segunda fue la vencida. El maestro Jaurena se la jugó por un grupo instrumental casi completamente uruguayo y mayormente femenino. Lo llevó a Nueva York, grabó en excelentes condiciones y a la vista están los resultados.
Alejandra Moreira y Lya Pérez en violines, Stella Maris González en la viola, Lucrecia Basaldúa en violoncello, Sergio Mouro en contrabajo, el rosarino Octavo Brunetti en piano, y la venezolana Marga Mitchell, esposa de Raúl y muy bien conocida por el público uruguayo, en voz.
Con ese equipo, arreglos que son a la vez elaborados y directos, y un repertorio muy bien elegido, Jaurena ha logrado bastante más que un premio.
Lo que ha obtenido Jaurena, mas allá del galardón, es un reconocimiento internacional para el tango hecho por uruguayos. Y era hora.
El tamaño de Buenos Aires, en cantidad y calidad, y la eficiencia de los argentinos en promocionar el tango como SU música, comparados con la inepcia y el letargo de que hemos hecho gala los uruguayos en esta materia, es un peso difícil de sobrellevar.
Jaurena ha hecho más que nadie, a solas con su bandoneón, para cambiar esta situación. Se ha convertido en presencia permanente en los mejores festivales y salas del mundo. Muchas veces tocando al frente de las más prestigiosas sinfónicas. En Estados Unidos es considerado "el uno" entre los bandoneonistas.
Y no solamente ha hecho todo esto, sino que ha seguido apostando por el Uruguay, yendo a los festivales, convocando a este grupo integrado por compatriotas y, ahora, promoviendo la creación de una escuela de tango.
Sin duda, entre los varios tangueros uruguayos que andan por el mundo, es el que más ha dado por esta causa. Es bueno recordarlo y reconocérselo.
En los últimos cuarenta años el único nombre tanguero realmente internacional que había dado el Uruguay era Horacio Ferrer, que es poeta, no músico.
En Raúl Jaurena, por fin, el tango uruguayo encuentra la gran figura musical que no teníamos desde los tiempos de Julio Sosa.