Queda develado uno de los mayores misterios en la historia del fútbol charrúa. Quién fue el enigmático Rambullé. Cómo era su célebre jugada de cacheté.
El 99 por ciento de nuestro país no sabe nada de nada acerca de los aconteceres del Departamento de Río Blanco.
Y el uno por ciento restante está constituido por los oriundos de Río Blanco.
Los de San José no son sanjosenses sino maragatos. Los de San Carlos no son sancarlenses, sino carolinos, como Roberto Sosa, El Meta Carolino.
Precisamente, no ha sido otro que el inmortal Don Carlos Solé quien bautizara a los naturales de Río Blanco como hidroalbos.
Lo hizo, justamente, para adjetivar mejor a uno de los mayores talentos del fútbol del interior del país, el genial entreala izquierdo Mario Rambullé.
De evidente origen francés, la familia Rambullais, que así se escribía originalmente el apellido, radicose en Río Blanco cuando el período de la Fiebre del Oro.
El metal precioso nunca fue más que una dorada ilusión. Pero desde chiquitito Marito demostró tener oro en sus botines.
Con aquellos tamangos de los de antes, duros como bota de Blandengue y con aquellos tremendos tapones de suela, Marito Rambullé literalmente arreó al mediocre combinado hidroblanco a las finales de la Copa OFI.
Fue así que un día la pupila de los dirigentes de Sudamérica lo trajo a la capital envuelto en la casaca naranja.
Si un jugador como Mario "Franchute" Rambullé pisara las canchas nacionales en el día de hoy, los comentaristas no ahorrarían adjetivos: "lento", "pesado", "maniobrero". Corría menos que Marcelo Tejera y el Mago Capria juntos.
Algún cronista de tendencia más populista no vacilaría en calificarlo de comilón. Para la época, era perfecto.
Jugadores como el Pardo Abbadie y el Negro Cubilla, de botijas, se pegaban al alambrado para grabar en las retinas de sus mentes las pisadas, caños, jopeadas, taquitos y bicicletas del insider hidroblanco.
Y, especialmente, la jugada "de cacheté", que era su marca registrada.
El origen francés de Mario queda claro en que eligió esa palabra de claro origen francófono, "cacheté", para denominar su recurso egregio y favorito.
De "cacheté" dejó desparramado Mario a Roque Gastón Máspoli en el arco de la Ámsterdam. Y a Aníbal Paz en el de la Colombes.
En la memoria de los aficionados, el hecho de que Peñarol ganara 5 a 1 y Nacional 7 a 1, resulta apenas un dato para la estadística. Esas cosas eran normales en aquellos tiempos.
Otros jugadores históricos muy influenciados por las características de Mario Rambullé fueron el Pepe Sasía y Montero Castillo.
Lo cortés no quita lo valiente y Mario, así como te hacía una pisada de malabarista o un gol de "cacheté", en la jugada siguiente te bajaba de un fierrazo, te metía el codo en el píloro, te pisaba el dedo gordo, te escupía o te tiraba tierrita en los ojos.
Correr, lo que se dice correr, no era lo suyo. Pero para dar lata se pintaba solo.
O sea, las típicas virtudes del fútbol uruguayo.
Ha llegado el momento de develar de que se trataba la famosa jugada de "cacheté".
Enfrentando al golero que lo encaraba con el cabello en llamas y con un par de backs onda el Güiyam Martínez que venían a quebrarlo, marcado de arriba y de abajo, Mario levantaba la pelota a media altura y, girando su cuerpo como una odalisca, le pegaba con uno de sus glúteos, fuera el izquierdo, fuera el derecho.
En la típica nota desde vestuarios, cuando Don Carlos Solé le preguntó delicadamente si el gol convertido a golpe de glúteo había sido una jugada preparada o algo fortuito, Mario dijo:
-Sí, Don Carlos, la verdad es que la tenía guardada, la llamo la jugada de "cacheté".
Nuestro Alberto Kesman ha hecho más que nadie por mantener vivas estas tradiciones. Nobleza obliga.
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