Quizás más que nadie, el Darno ha representado a la generación de los que maduramos bajo la dictadura y nos la comimos de punta a punta.
Para bien y para mal, Eduardo simboliza lo que se ha dado a llamar el "insilio", sus tribulaciones y sus dilemas.
Su vida y su obra, la verdad y toda la mitología que las rodean, en parte fomentada por él mismo, están marcadas por esos años amargos, como las nuestras.
Es habitual escuchar que el Uruguay es ingrato con sus talentos, lo cual es cierto.
Hay quien dice que, como en el caso de Eduardo Mateo, este país mata a sus talentos. De eso no estoy tan seguro. No creo que Zitarrosa, Mateo, Gustavo Nocetti o Darnauchans hubieran tenido vidas y destinos muy diferentes en Estados Unidos o Buenos Aires.
Quizás con más dinero. Pero a veces el dinero es un peligroso combustible y las vidas se queman aun más rápido. Pienso en Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain. Los de siempre.
En el caso del Darno, si hay algo imperdonable son los seis años de censura, de no poder trabajar, de incertidumbre y vejación a que lo sometió la dictadura.
El frágil equilibrio de la personalidad del Darno pasó por una prueba durísima debido a la irracionalidad de la censura.
No pudieron con él y con el disco Sansueña dio el salto a una mayor popularidad aún estando prohibido.
El Darno emergió invicto al otro lado del túnel de la dictadura, invicto, sí, pero no intacto. Pagó un precio altísimo, como todos nosotros, los que crecimos y fuimos educados para otra cosa y fuimos robados por los golpistas. Robados de vida.
Nacimos en el mismo Sanatorio Pacheco con menos de un mes de diferencia, pero recién me tocó conocerlo en 1972, cuando comenzaba a grabar su primer disco, Canción de muchacho. Me tocó estar con él en el estudio de Sondor, donde el Conde Manzini hacía maravillas con dos grabadores Ampex de dos canales cada uno.
De ahí para adelante, el Darno fue una presencia constante en mi vida. Valga la aclaración.
En los tempranos 70, Eduardo y otros tacuaremboenses, Carlos Da Silveira, Víctor Cunha, Larbanois, me llevaron en peregrinación a la tierra de Gardel, a visitar San Gregorio de Polanco y al poeta Washington Benavides, mentor de esa barra. Fuimos a bailes del Club Democrático y nos bañamos en el río Tacuarembó.
Ya desde aquellas épocas, el Darno fue exitoso en crear un personaje, algo que pocos artistas uruguayos consiguen o consideran importante.
Los mejores momentos de su carrera y de su vida se dieron cuando logró separar al personaje, dejarlo colgado en el camarín al terminar cada actuación.
Cuando no pudo y siguió en la vida con el personaje a cuestas, fue demasiada oscuridad. Nadie puede vivir con un Nosferatu colgado de su mente.
El Darno fue un hijo del insomnio. Para los que no han sido acosados por ese inoportuno visitante, la perpetua incertidumbre de si el sueño llegará o no y cuándo llegará, no es siquiera imaginable.
Sin su insomnio y sin su narcisismo es imposible entender la personalidad del Darno. Pero la fragilidad de su sueño, así como la naturaleza obsesiva y autocentrada de su psique, son inseparables de sus canciones.
No sé cómo explicar los impulsos autodestructivos de tantos artistas. Es un peaje muy alto, por su sensibilidad y su creatividad que tienen que pagar, dicen algunos.
Por otro lado, la mayor parte de los autodestructivos que he conocido, NO son artistas, así que dejaremos la respuesta pendiente.
Paradojalmente en alguien que fue políticamente tan perseguido, sus canciones son un ejemplo de NO panfleto y de exigencia poética.
Tanto en sus propios textos, como musicalizando poesía ajena, sus temas han sido el amor, la vida, la muerte, la memoria, en un grado de absoluto, obsesivo refinamiento que supo mantener incluso en los momentos más difíciles.
(Continuará la semana que viene).