Rock uruguayo de dorapa

Rock que me hiciste mal es un libro rápido y necesario, un pantallazo general a cuarenta años de historia del rock en el Uruguay. Sus autores son Fernando Peláez y Gabriel Peveroni.

Las dos Pes, el Peláez y el Peveroni, metieron en escasas 104 páginas cuarenta años de historia del rock en el Uruguay.

Se intitula ROCK QUE ME HICISTE MAL y ha sido publicado por Ediciones de la Banda Oriental.

Hay libros exhaustivos, como el monumental De las cuevas al Solís, que en cientos de páginas no agota el tema y deja abierta la posibilidad de nuevos volúmenes, que seguimos esperando con impaciencia.

Y hay libros como éste, que sirven para ordenar, para echar una mirada a vuelo de pájaro, hacer el balance de lo que hubo y de lo que hay, dando una visión general y apta para todo público.

No todo el mundo está interesado en las minuciosas intimidades de Los Gatos o de Andy Adler.

Para eso está un libro como éste, para abrir el apetito del lector por otras publicaciones y grabaciones de todas las épocas.

El hecho de que el libro recorra toda esa historia de un tirón es una buena cosa, para terminar de abatir las barreras entre el "viejo rock" y el "nuevo rock" surgido después de la dictadura.

Es cierto, claro, que en lo que refiere al rock, hubo un agujero en el medio, provocado por la represión, el bajón y la emigración consiguiente.

Los Estómagos y Los Traidores no elaboraron sobre el camino de Días de Blues y mucho menos del Tótem. Lo hicieron sobre los modelos de rock, en inglés y en español, de su generación.

Como en su momento lo habían hecho los del primer rock, desde mediados de los 60, con los Beatles, los Stones -perdón, los Estones- y otras bandas británicas o estadounidenses.

Prácticamente no hubo eslabones perdidos entre el primer rock y el segundo rock… Incluso Tabaré Rivero, Jorge Nasser y hasta yo mismo con mi modesta participación en Franco Francés, éramos muy jóvenes cuando el primer rock uruguayo.

Sin embargo, hoy, a la larga, vemos cómo los movimientos confluyen, cómo el respeto entre las generaciones fluye naturalmente.

Los problemas que enfrentaron el primer y el segundo rock uruguayos fueron los mismos: cómo cantar "eso" en español, los dilemas tecnológicos, cómo sonar bien con poco y, por supuesto, las letras, el eterno Talón de Aquiles del rock nacional.

Toda esa historia esta muy bien contada, rapidito, como de dorapa, pero bien, en este libro.

El estilo sencillo y cariñoso de Peláez y el estilo superlativo de Peveroni tienen dos puntos en común: la generosidad y el no pretender adueñarse del fenómeno y llevárselo para la casa.

Claro, la cosa podría haber sido más descriptiva y menos elogiosa, pero entonces no habrían sido ellos. A mí me gustan como son.

Personalmente no podría estar más de acuerdo con una frase de Garo Arakelian, de La Trampa, reclamando, en 1995, que el rock uruguayo en vez de copiar buscara caminos propios, como los brasileños. O sea, lo que hicieron en la generación anterior Mateo, Rada y esa gente.

No hay duda de que lo mejor y más interesante, desde siempre, ha sido lo que integra elementos del rock con todo lo demás.

Y ojo, que no me refiero solamente al candombe, la murga o la milonga, sino a toda influencia que ande volando y te sirva dentro de tu estrategia creativa, desde Darnauchans a Bajofondo, pasando por todo lo que se te ocurra.

Otra cosa que permite una panorámica como ésta es ver la decantación producida por el tiempo entre los músicos que son músicos hasta la muerte y los muchachos que hicieron una banda en el liceo para divertirse. A veces, cuando los movimientos musicales son jóvenes, es difícil distinguir entre los unos y los otros.

A los de fierro, a los que siguieron contra viento y marea, les debemos el homenaje de nuestra gratitud. Lo cual, en un país más bien ingrato, es doblemente importante.

Así que, con el Peláez y el Peveroni, decimos, rock que me hiciste mal y sin embargo te quiero.

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