De las cuevas al Solís

Polenta, mucha polenta tiene "De las Cuevas al Solís", el libro que sobre el rock uruguayo acaban de publicar Fernando Peláez y el Perro Andaluz. Consta de 324 páginas y es apenas el primero de tres tomos... vayan llevando. Un libro que hacía falta, un libro que se toma el tema con todo cariño y lo retrata sin acartonarlo.

Fernando Peláez confiesa, desde el prólogo, sin rubores, que este libro es un sueño realizado, se permite el entusiasmo y también el festejo por haberlo hecho.

Agarra a todo el mundo y le pregunta a mansalva, sin filtros, y el resultado es un caos subjetivo que termina resultando de lo más objetivo.

Está muy bien. Está muy bien que un libro sobre el rock uruguayo se anime a despeinarse, a soltarse el pelo, o las lanas, como diría Urbano.

A Fernando le hubiera gustado ser un violero de rock, de aquellos heroicos, que hacían arder la viola, y a mí también. Una onda Jimi Hendrix, o Shimi Jendris, según la pronunciación actual. Una onda Eric Clapton, una onda Peter Townsend, o Santana de antes, de antes de la merengada y el Grammy, por favor.

Fernando quería ser un heroico guitarrista, trepado en miles de decibeles, cabalgando una Gibson o una Fender. Y no pudo, entre otras cosas porque vivía en Uruguay, y NINGUNO de nosotros se convirtió en Shimi Jendris, ni siquiera en Estibi Ray Bogan.

Ni siquiera los rockeros uruguayos más rockeros de todos se convirtieron en eso. El que pudo estar más cerca, y de tocar algo cerca de lo que esos tipos tocaban, fue Daniel Bertolone, el de Opus Alpha y Días de Blues. Y Daniel sabía muy bien que estábamos en Uruguay, por cierto.

No digo que estábamos en Uruguay como quien dice que el Uruguay no daba para nada. No. No daba para ESO. Digo que en Uruguay, de alguna manera sabíamos que nuestra música, el rock de esa época, era la música de otra parte. Y hacíamos de cuenta que éramos rockeros.

Me acuerdo una vez que fuimos a un concierto en el Anglo, con músicos argentinos y uruguayos mezclados, que terminaron a las trompadas arriba del escenario. Era el 72 y las pintas de ruina de muchos eran realmente una exageración. El Nielo Da Silveira, que andaba disfrazado de Caetano Veloso, miraba a los rockeros esos, que parecían llegados ayer de San Francisco y va y dice: "Bo, bien, el Uruguay no da pa tanto reviente, bo".

Pero también era cierto que el rock permitía canalizar un desafío completamente necesario dentro de un Uruguay que, la verdad, era súper vinagre y súper tenaza.

La onda del gris, el azul y el marrón no podía ser. La onda de que si usabas el pelo largo eras maricón, también.

El arma del ridículo contra lo distinto funcionaba en Uruguay de una manera que nunca vi en ninguna otra parte ni en ningún otro tiempo.

Ahora leo el libro y siento más que nunca que antes que la música prestada que tratábamos, el rock era tratar de vivir de otra manera. Aunque fuera prestada. Nunca vivimos como los rockeros en EE.UU. o Inglaterra. Ni siquiera sabíamos como vivían ellos, de veras.

Si ven la foto clásica de Opus Alpha, donde están todos contra el muro de un baldío, pintas de rockeros, pero Daniel Bertolone en alpargatas, bue, esa es toda una pinturita.

Era el rock, pero en vez de grupis enloquecidas y semirremolques para el sonido, era después del concierto, ir a lo del Flaco José Luis Pérez a comer tortafritas de Doña Mecha y a tomar mate.

Vivíamos una ilusión, completamente necesaria. La mayor parte de los rockeros de los 60 nunca vimos una Gibson ni una Fender, a no ser, cuando mucho, en la revista Pelo.

Querían, y queríamos, aunque yo era un poco chico, todavía, tocar Led Zeppelin con una viola Black Diammond, sin distorsionador y con equipos marca perro, con todo respeto para los pichichos.

Claro, algunos estuvieron bien equipados, como Psiglo o Cold Coffee.

Pero no eran la mayoría.

En muchos sentidos le doy la razón al Hugo Fattoruso, cuando no está ni ahí con el mito de Los Shakers. El tipo, después, de adulto, ha hecho música mucho mejor que la de Los Shakers. Y la gente se sigue comiendo la cabeza con Los Shakers, como si la mejor época de los Fatto hubiera sido esa, cuando eran unos chiquilines que se divertían cantando en inglés inventado.

Y encima los Fatto no ganan un mango cada vez que se reedita algo de Los Shakers. Les queda el mito.

Los que hacían la guita eran Los Delfines, que tocaban para miles, cuando a los grupos que hoy todo el mundo idolatra los iban a ver 250. Esa es la posta. La nostalgia amplifica todo y todo lo hace brillar.

El rock uruguayo de los 60, viejo y querido, viejo y peludo, era bastante malo. Bastante ingenuo, como debía ser.

Lo que hoy se puede escuchar, y se aguanta, resiste el tiempo, es básicamente lo que tiene que ver con Rada y con Mateo, con Dino. O sea, lo que ya apuntaba a otra cosa más artística, más seria que armar un banda de rock y cargarse a las chiquilinas del barrio.

Nadie armaba una banda por un entusiasmo puro y perfecto, ideal, por la música. Una banda de rock era la forma mejor de llamar la atención creíamos, y de ganar con las chiquilinas, creíamos

Y la verdad, no era tan así. Porque el rock uruguayo, y el argentino también, ha sido una cosa muy entre varones, medio como los boy scouts, o el Club de Tobi, salvando todas las diferencias.

En el ambiente rockero, por una chiquilina que se vestía de hippie e iba a los conciertos, había ocho o diez muchachos, tímidos y medio brutales a la vez, demasiados nenes para un mismo trompo. Y encima, la resistencia de los padres. Especialmente el padre, las madres eran más conversables.

No voy a contarles el libro aquí. Vayan buscarlo a la librería de su barrio.

Lo que hoy pretendo es entusiasmarlos, descaradamente, con un libro que más allá de la música, y de la valoración y los recuerdos que cada uno tenga, revive como nunca antes se había hecho el clima y el tono de una época.

Por Elbio Rodríguez Barilari

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