Fabián Muro
En los parlantes suena, a volumen moderado, una cumbia. Supuestamente se trata de una clase de baile, pero la señora ciega que llegó acompañada y con un bastón, no espera la instrucción de nadie. Deja a su acompañante y su apoyo al lado de una silla y comienza a bailar apenas sube un poco el volumen.
La gente la mira un poco perpleja, pero ella sólo se detiene cuando la música deja de sonar para que los bailarines descansen. O cuando, entre cumbia y cumbia, hay una intervención musical de Ernesto Rizzo, uno de los responsables de que esta escena no transcurra en un boliche sino en la sede de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura.
Hace un par de años, con un baile en la Casa del Partido Colorado, la cumbia villera, gracias al finado "Peluca" Valdez", llegó a un santuario político de los más tradicionales. Ahora, con el pretexto de ser material de una performance artística, el jolgorio que mucho tiempo fue culturalmente marginal llegó a la casa oficial de la cultura nacional. Los críticos de que esto suceda recuerdan que los rasgos más notorios de la cumbia villera incluyen cierta exaltación de la ilegalidad, una misoginia ramplona y abundantes referencias al consumo de sustancias embriagantes. Para los que defienden la performance, eso no la desacredita para llegar a estratos reservados a la supuestamente "alta" cultura.
Como el salón de exposiciones del MEC donde, despejado de todo menos de una hilera de sillas que lo bordea, los profesores -todos de apariencia "plancha"- se preparan para una nueva clase abierta de cumbia villera.
"Este no es mi proyecto más importante, no es lo mejor que he hecho", dice Rizzo. "Pero sí el que más repercusión ha tenido. Lejos", remata mientras un equipo de Canal 10 se prepara para hacerle una nota.
El proyecto que el MEC financia se denomina Made In Cante. Tras el rótulo en inglés, que para algunos puede tener un tinte cool, hay una propuesta de, como dice Rizzo, integrar al "cheto" y al "plancha".
La primera oración que se presenta en Made in Cante es: "El proyecto busca realizar un trabajo artístico poniendo el foco en la cumbia villera". Pero es la "clase abierta de cumbia villera", frase que forma parte de esa performance o gesto que es Made in Cante, lo que atrae a los medios y a los curiosos. En el fondo, no es mucho más que un baile, lo que permitiría una discusión no sobre lo que el MEC legítimamente financia, sino sobre el alcance de la palabra arte en el Uruguay de hoy.
A pesar de que se lo promociona como cumbia villera, el escucha más o menos atento a esa clase de sutilezas se da cuenta que lo que suena es, en gran parte, cumbia en su variante más clásica y caribeña. Que suene Bombón asesino parece una tibia concesión hacia ese universo, ya que ni siquiera ese tema es estrictamente villero. En realidad, de lo que se trata es de que las dos parejas demuestren su talento: Claudio Silva y Paola López y Jeferson Rey y Patricia Álvarez, los primeros en darle algo de calor al suelo de la sala de exposiciones. Rey es, "por elección personal", un sin techo que duerme en la calle.
Según cuenta Rizzo, quien lo conoce desde que era niño, Rey "hizo todas las inferiores": calle, drogas, cárcel. Puro pómulo y de nariz ancha, Jeferson viste las holgadas ropas que la cultura "plancha" importó de los raperos de Estados Unidos. Con el toque -en apariencia más autóctono- de un sombrero gacho. "Es en referencia a lo que hace Ernesto, tango villero", explica y se refiere a las canciones que Rizzo interpreta junto a Gonzalo Toro en guitarra. "Y también para marcar una `plancha` prolija", agrega
El público, en tanto, está bien dividido: los que ya conocen los códigos -son los más jóvenes del salón- y los que con cara de forasteros curiosean y se atreven con algunos pasos.
Algunos códigos podrán no ser compartidos, pero los de convivencia se respetan: uno de los que acompañan a la troupe de bailarines parece en un momento "sacarse". Golpea el ventanal, hace ademanes y parece agresivo. Pero unas palabras de Rizzo, susurradas al oído, lo tranquilizan y va, mansito, a sentarse.
"Una de las mejores cosas del baile es que sirve para acercar a gente como él", dice Rey y señala al exaltado. "Le gusta el tecno, pero me vio bailar y le coparon algunos de los pasos que hago y ahora está intentando sacar los suyos".
Rey, excelente bailarín, ya está acostumbrado a llevar sus dotes a ambientes artísticos: ha acompañado "de onda" (eufemismo para "sin cobrar") a Rizzo en proyectos como La Noche de los Museos, otro evento organizado por la Dirección Nacional de Cultura.
En esta oportunidad, Rizzo está algo más estresado que de costumbre. Además de supervisar todo, cantar cuatro temas de "tango villero" y ser entrevistado por los medios, el impulsor de la idea espera la visita de Hugo Achugar, el director nacional de Cultura que irá por primera vez a ver cómo es, en los hechos, lo que se respaldó en el papel. Los nervios de Rizzo se transforman casi enseguida en alivio. A los pocos minutos de llegar, Achugar -que ya se había dicho fan del subgénero, en especial del grupo argentino Pibes chorros- con su sobretodo de fieltro y su pañuelo de seda baila al ritmo de los sonidos "made in cante".
Continuación de una idea
Ernesto Rizzo ya había acercado la cumbia villera a la población cuando llevó a cabo, hace tres años y en el mismo local, una clase abierta de cumbia villera durante 24 horas. Made in Cante, por su parte, dura en total tres meses.