Amigos de lo ajeno

| Las estafas de Robert Stanford y Bernard Madoff no sólo causaron la ruina de los que habían confiado en sus promesas de altos retornos. También desnudaron las debilidades del sistema financiero global.

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El País de Madrid, Bloomberg, New York Times, The Economist y Newsweek (*)

H ay una escena clave en Wall Street, una película de 1987 dirigida por Oliver Stone y protagonizada por Charlie Sheen y Michael Douglas, quien interpreta a Gordon Gekko, una suerte de financista prodigio que acumula un acierto tras otro. El dinero mismo parece hacer cola para entrar masivamente en sus cuentas bancarias. Ante una audiencia de inversores, Gekko despliega todo su poder de persuasión. Su discurso empieza con una frase fulgurante, una que contradice siglos de lo que algunos llamarían sentido común y otros, sabiduría bíblica: "La codicia es buena", afirma. Luego agrega que uno puede codiciar otras cosas que el dinero, como el conocimiento y el amor.

Pero no engaña a nadie. Ni lo pretende. Lo medular de su brillante discurso -que convencería hasta al más ortodoxo marxista, tal el encanto de Douglas/Gekko en ese momento- está expresado en esa primera frase: lo que se codicia es el dinero. Y está bien codiciarlo.

Por estos días, 22 años después, Stone probablemente ande con una sensación de déjavu. La trama que él y Stanley Weiser idearon para película se repite, con alguna variación, fuera de la pantalla. Hay dos candidatos para encarnar en la realidad al Gordon Gekko de la ficción: Robert Allen Stanford y Bernard Madoff. Si estos inversores compitieran por el papel protagónico en la Wall Street real y hubiese que decidir en base al tamaño de sus estafas, Madoff tendría el rol principal asegurado: hizo desaparecer 50.000 millones de dólares. Los 8.000 millones de dólares que se esfumaron por las triquieñuelas de Standford palidecen en comparación. De hecho, Stanford ya empezó a ser llamado "mini Madoff".

Aunque las diferencias entre uno y otro no son irrelevantes, ambos son el último eslabón de una cadena que se rompió luego de casi un cuarto de siglo de avances y triunfos: la del neoliberalismo económico, esa variante de capitalismo indómito y basado principalmente en el poder de las finanzas.

El panorama, tras el fracaso de décadas de liberalismo financiero, se asemeja al apocalipsis económico. El 22 de enero The Economist hacía un balance sobre la época dorada de las finanzas: "Posiblemente, la mitad de los Fondos de Inversión Libre (`hedge funds`) se fundirán. Gran Bretaña tuvo su primera corrida bancaria desde los días que Benjamin Disraeli era primer ministro, en 1870. Estados Unidos va de un salvataje a otro (…) Cientos de miles de personas en el sector financiero perderán su trabajo; millones de sus clientes ya han perdido sus ahorros".

Aunque en ese balance se constata que las finanzas mejoraron la vida de "incontables personas" en el último cuarto de siglo, muchos de los datos presentados no hacen otra cosa que proporcionar más argumentos en contra de los que pregonan las bondades de un sistema financiero sin frenos: un estudio de la Universidad de California identificó 139 crisis financieras entre los años 1973 y 1997 (44 de ellas en países del Primer Mundo). Entre 1945 y 1971 esas anomalías no llegaron a 40.

En la década de 1970, el porcentaje del ingreso disponible que los estadounidenses destinaban al ahorro era 10%. En 2005, ese porcentaje era 1%. "Paul Seabright, economista de la Universidad de Toulouse, observa que la confianza en la economía moderna ha llegado a ser tal que se produce el milagro en el cual la gente le da a unos completos extraños sumas de dinero que nunca le confiarían a su vecino. De eso se produce otro milagro, porque la confianza es lo que genera los miles de millones que sostienen a la industria moderna", escribió The Economist.

Los auges y las caídas de Madoff y Stanford -que para muchos de los que invirtieron millones eran apenas algo más que "completos extraños"- son elocuentes ilustraciones de una situación que sacude actualmente los cimientos económicos del mundo entero.

NOBLE ESTAFADOR. Stanford es estadounidense, como Madoff, si bien desde hace una década también tiene ciudadanía en Antigua y Barbuda. La isla caribeña, además, le otorgó hace tres años el título de caballero de la Comunidad Británica de Naciones, en una ceremonia a la que acudió el príncipe Edward, hijo de la reina Isabel. Su fortuna personal ascendía a 2.200 millones de dólares y hasta fines del año pasado, estaba en el puesto 205 en la lista de los 400 hombres más ricos de Estados Unidos, elaborada por la revista Forbes. El imperio de Stanford empezó a crecer en los primeros años de la década de 1980, cuando comenzó en el negocios de propiedades inmobiliarias en su ciudad Houston, en Texas.

El Stanford Financial Group llegó a manejar fondos por valor de 50.000 millones de dólares de clientes de 140 países. La red financiera estaba integrada por 24 compañías y empleaban a 5.500 personas en todo el mundo. Stanford aconsejaba no prestarle atención a Wall Street. Mucho mejor era invertir en los Certificados de Depósitos (CD) a un año que él mismo vendía, faltaba más. El hecho de que hiciera sus operaciones desde un paraíso fiscal, Antigua, le daba un toque de misterio a toda la operación, una condición casi indispensable -como se verá en el caso de Madoff- para llevar a cabo este tipo de maniobras.

Al magnate tejano no le preocupaba lo que pensaran sobre su manera de hacer negocios. Pero sí quería dar la impresión de provenir de una familia con renombre. Afirmaba que era descendiente de Leland Stanford, fundador de la Universidad de Stanford (cosa que no le hizo gracia alguna a la institución educativa, que le hizo un juicio en octubre por utilizar el nombre de una manera que creaba confusión pública).

El esquema montado por este fanático del cricket y golf era dirigido desde el Stanford International Bank de Antigua. Un antiguo colaborador, Michael J. Patton, describió para la revista Forbes cómo se trabajaba en las oficinas del banco, donde se vendían los Certificados de Depósitos de alto rendimiento que cimentaron la fortuna y la estafa (un CD es instrumento financiero similar a una cuenta de ahorro. Se deposita dinero en una institución por un período fijo de tiempo a un tipo de interés fijo. Cuanto más largo el plazo de depósito, más interés).

"Recuerdo claramente las clases que se ofrecían para aprender a vender este producto. Teníamos que decir que nuestro banco podía ofrecer un rendimiento tan alto porque teníamos un estatus tributario privilegiado, dado que nuestra sede central estaba en Antigua. También nos informaban que James Davis, director y principal ejecutivo financiero del banco, era un inversor excepcionalmente dotado. Davis era el responsable de supervisar las inversiones, de miles de millones de dólares, y también había sido el compañero de dormitorio en la vivienda estudiantil de Stanford, en los años universitarios. Mientras que Davis ganaba más que lo que había que pagar por los CD, todo iba bien. También recuerdo que durante los años 2000 y 2001 los mercados estaban sufriendo las consecuencias de la explosión de la burbuja punto-com. Y Davis, de alguna manera, conseguía rendimientos del 8% al 10%. `¿Cómo puede obtener retornos tan altos en un mercado como este?`, recuerdo que me preguntaba".

Todavía hoy, con Stanford tras rejas, son muchos los que buscan la respuesta a esa interrogante. Sin embargo, casi nada se compara con las preguntas que dejó sin responder Bernard Madoff antes de entregarse a las autoridades de su país.

GLOBAL. El inversor neoyorquino Bernard Madoff se hizo de abajo como Stanford, aunque llegó mucho más alto. Como judío, supo conquistar la confianza de los más acaudalados integrantes de su colectividad en Nueva York y otras ciudades de Estados Unidos. Entre los que confiaron había gente como Steven Spielberg, Jeffrey Katzenberg (ambos de SKG Dreamworks) e instituciones como la Fundación Elie Wiesel y la Universidad Yeshiva. Todos fueron engañados por este encantador y enigmático financista, que fue un pionero en Wall Street. En 1960, cuando ese centro financiero empezaba a despertar del letargo pos-Segunda Guerra Mundial, Madoff fundó su compañía.

Su plan de negocios se basaba por entonces en el comercio de acciones menos conocidas. Uno de sus primeros financistas, Carl Shapiro, recuerda que le dio 100.000 dólares para invertir. Shapiro quería hacer negocios con acciones, pero le confundía y cansaba todo el papeleo que por entonces había que hacer. "Una orden de compra o venta podía llegar a tomar tres semanas en ejecutarse. Y un día llegó este jovencito, tenía 22 años, a mi oficina y me dijo que lo podía hacer en tres días. Y lo hizo".

Casi 30 años después, en 1989, el volumen de negocios de Madoff equivalía al 5% del total de toda la Bolsa de Valores neoyorquina. La revista Financial World lo ubicaba entre los ejecutivos mejores pagos de Wall Street, junto a, por ejemplo, George Soros. En el periplo que lo llevó a las alturas de Wall Street fue esencial la visión que Madoff tuvo respecto al comercio electrónico.

Aunque muchos le dijeron que su idea no prosperaría, Madoff construyó parte de su imperio sobre la visión de que el futuro sería electrónico: las transacciones entre corredores y agentes se harían por computadora. A mediados de la década de 1970 invirtió un cuarto de millón de dólares en actualizar las computadoras de la Bolsa de Valores de Cincinatti, que a la postre fue la primera en hacer todos sus negocios digitalmente. "Fue uno de los primeros innovadores. En esa época era conocido por promover la noción de que en el futuro, todas las transacciones se realizarían electrónicamente. Tuvo razón, por supuesto", decía un periodista especializado en finanzas poco tiempo después de la detención del inversor.

Aún cuando fuera una figura influyente en Wall Street, Madoff nunca fue muy conocido. Ni siquiera en los años ochenta, cuando ya era un consolidado inversor y los yuppies eran tan célebres como las estrellas de cine o rock.

Sin embargo, hacia dentro de la colectividad judía, el carismático Madoff tenía una audiencia cautiva. Y entre ellos coleccionaba a sus futuras víctimas recurriendo a uno de los más probados y conocidos engaños financieros: la Pirámide Ponzi (ver recuadro en página 8), un método que supuestamente es uno de los más fáciles de detectar. Fueron muy pocos los que se resistieron a las tentaciones que emanaban del cuartel general del inversor.

Pero éste no se contentó con esquilmar sólo a aquellos que compartían con él la identidad judía. En su red entraba -muchas veces luego de suplicar- gente de todo tipo, color y religión: financistas árabes, latinoamericanos, europeos, estrellas de cine como John Malkovich, deportistas como la estrella de béisbol Sandy Koufax... El color del dinero era uno solo. Y Madoff no discriminaba: él lo quería todo.

La forma para lograr que millonarios y fundaciones se desprendieran de grandes sumas de dinero era, básicamente, siempre la misma: generar la ilusión de que si se abría la billetera se ingresaba a un círculo muy selecto y privilegiado. "Él entendía el pantano de inseguridades que latía bajo las ropas de diseño de muchos de sus clientes, de sus cirugías estéticas, de su necesidad de pertenecer a un club exclusivo", escribió la periodista de Vanity Fair Marie Brenner en un perfil sobre el inversor hace un mes.

Otros recuerdan cómo los agentes de Madoff frenaban los impulsos de aquellos que, por contactos, habían escuchado que el inversor tenía el toque de Midas y venían con millones para depositar. "Esto es sólo por invitación, no es para todos", decían algunos de sus representantes como Jacob Ezra Merkin, uno de sus mejores recaudadores. Ese freno generaba, por supuesto, mayores deseos de pertenecer al círculo de privilegiados.

En un extenso informe de la próxima edición de la revista Bloomberg, un banquero suizo recuerda que la sensación de seguridad y confianza que transmitía no ya el propio Madoff sino los que le conseguían inversiones. "Werner Wolfer recuerda claramente el primer encuentro con uno de los emisarios de Bernie Madoff, hace nueve años. Si uno escuchaba a Patrick Littaye, podía llegar a creer que él podía caminar sobre las aguas. `Era como una religión`, dice Wolfer, de 57 años, sobre las promesas de sólidos retornos al dinero invertido, una promesa de la que otros acólitos se hacían eco. `Esa gente creía firmemente en esa historia`, rememora Wolfer".

Hubo muy pocos casos como los de un matrimonio de Long Island, que quiso invertir 20 millones de dólares en uno de los fondos de Madoff, siempre y cuando éste o alguno de sus representantes pudieran proporcionar datos verificables sobre las empresas. Como eso no ocurrió, la pareja se guardó el dinero y no recibió la carta que Ezra Merkin empezó a enviar a todos aquellos que alguna vez habían puesto dinero en uno de los fondos manejados por Madoff y que decía, básicamente: "El dinero que usted depositó ya no está. Desapareció".

Eso empezó a ocurrir a fines del año pasado, luego de que la crisis financiera global, esa que comenzó en el sector hipotecario estadounidense, hizo primero tambalear y luego caer a bancos y fondos de inversión en todo el mundo.

NOBEL. A pesar de que queda un largo período de investigaciones en torno a las fraudulentas maniobras de Stanford y Madoff, son varios los analistas que concuerdan en que las operaciones de estos estafadores fueron posibles, entre otras cosas, por un sistema que privilegió y estimuló la especulación, y que, además, reaccionaba alérgicamente ante la palabra "regulación". Justamente, una de las más recurrentes preguntas en torno a las estafas de estos prominentes financistas fue: ¿Dónde estaban los reguladores?

"Parecía que se habían derribado todas las barreras normales entre el regulador y el regulado", comentó Jonathan Winer, ex subsecretario del Departamento de Estado de Estados Unidos. Como se afirma en el informe de Bloomberg: "El deber fiduciario no tenía chance alguna contra la motivación del lucro".

Madoff, con décadas de experiencia en el sistema financiero, supo aprovechar las sucesivas medidas tomadas para aliviar las regulaciones al capital. De hecho, él mismo había sido uno de los artífices de esa liberación de capital cuando invirtió dinero en la digitalización de las transacciones económicas, requisito ineludible para la formidable globalización del sistema financiero ocurrida en los últimos 25 años.

El Premio Nobel de Economía 2008, Paul Krugman, reflexionó sobre el tema de las responsabilidades y la confianza depositada en Madoff el mes pasado en el New York Times: "Todo el mundo conoce la triste historia de los inversores a los que engañó Bernard Madoff. Miraban sus extractos de cuenta y pensaban que eran muy ricos. Pero entonces, un día, descubrieron con horror que su supuesta riqueza era un producto de la imaginación de otra persona. Desgraciadamente, ésa es una metáfora bastante buena de lo que le ha sucedido a Estados Unidos en su conjunto durante la primera década del siglo XXI. (...) Las familias y empresas tardarán años en liquidar las deudas que tan alegremente contrajeron. Lo más probable es que el legado de nuestra época de ilusión -nuestra década con Bernie- sea una larga y dolorosa depresión". Una depresión para la cual todavía no se divisa la cura.

3.000 millones de dólares era lo que había invertido el Banco Santander en uno de los fondos de Madoff.

50.000 millones de dólares es la cantidad que el inversor Bernard Madoff confesó haber hecho desaparecer junto a sus socios.

8.000 millones de dólares es el monto de la estafa de Robert Allen Stanford, que fue capturado en el estado de Virginia.

Cuando se pierde más que muchos millones

La imagen de ex corredores de bolsa, inversores o capitalistas que saltan desde sus ventanas hacia la muerte al constatar que los millones se esfumaron, forman parte del imaginario colectivo. Sin embargo, los suicidios a causa de las pérdidas multimillonarias son reales. La primera víctima fatal del fraude perpetrado por Bernard Madoff tiene un nombre largo y rimbombante: René-Thierry Magon de la Villehuchet. Este financista francés perdió, por la Pirámide Ponzi que armó Madoff, más de mil millones de dólares. A los 65 años, Magon de la Villehuchet decidió que la responsabilidad de haber perdido tanto dinero -entre los 1.400 millones de dólares que se esfumaron estaba toda su fortuna, la de varios familiares y amigos- era una carga demasiada pesada y se cortó las venas en su oficina. Previsiblemente, son muchos los que ahora exigen ojo por ojo, como los que sostienen el cartel en la foto de abajo. Sin embargo, tanto la economía de millones de víctimas del inversor, como la vida del multimillonario francés se habría salvado si la Comisión de Seguridad y Valores de la Bolsa de Nueva York (SEC, por su sigla en inglés) hubiera hecho los deberes. De acuerdo a una investigación de la publicación Financial Times, las maniobras de Madoff fueron investigadas por la SEC en dos oportunidades: 2005 y 2007. Ninguna de las veces los reguladores encontraron algo que despertara sospechas. Hoy, con las cartas a la vista, cabe preguntarse cómo fue que la SEC no se alarmó ante un inversor cuyas empresas nunca fueron auditadas por ninguna de las firmas más reconocidas en el rubro.

(*Edición: Fabián Muro).

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