The Economist, Newsweek
Deja la Casa Blanca como uno de los presidentes más impopulares y divisivos en la historia de Estados Unidos. En su país, sus índices de aprobación se perpetuaron en la decena del 20% desde hace meses; en el extranjero, George W. Bush lideró uno de los colapsos más catastróficos para la reputación de su país. La economía estadounidense está en una recesión profunda, por una crisis que forzó a Bush a ordenar una serie de gigantes e impopulares rescates financieros.
Estados Unidos está estancado en el embrollo de dos guerras, una de las cuales, Bush la lanzó en contra de la opinión mundial. El apellido Bush, que alguna vez figuró entre los más ilustres de la vida política de su país está ahora tan manchado que Jeb, el hermano menor de George, recientemente decidió no buscar una banca en el Senado por Florida. Un pariente describió las reuniones familiares como "funerales".
Pocos podrían haber predicho esta seguidilla de desastres cuando Bush buscaba la presidencia en 2000. De hecho, la elección de 2000 fue intrincada por la peculiar aritmética del resultado (Bush perdió el voto popular frente a Gore por unos 500.000 votos, pero ganó en un disputado recuento). Pero para la mayoría, Bush era una opción bastante aceptable, y por cierto que no era visto como un cruzado al acecho.
Era incluso como un tipo agradable. Frank Bruni, quien cubrió su campaña electoral para el New York Times, escribió en 2002 que "el Bush que yo conocí es un poco travieso, un poco torpe, un eterno fiestero de fraternidad universitaria, un muchacho desobediente, un loco del gimnasio entre semana y un siestero de fin de semana". Y el por entonces gobernador de Texas se presentaba como un centrista, un nuevo tipo de "conservador compasivo", un "unificador ", el defensor de una política exterior "humilde".
¿Cómo cambió todo eso? ¿Cómo el unificador se convirtió en un divisor? ¿Cómo el estilo de gobernar de Bush marcó la política estadounidense en ocho años? ¿Qué legado el presidente número 43, le deja al presidente 44?
Los que lo respaldan -los que le quedan- dicen que su presidencia fue golpeada por los ataques del 11 de setiembre de 2001. La expansión del Poder Ejecutivo y una guerra desastrosa se dispararon a partir de eso. La crisis financiera, que comenzó con inmuebles sobrevalorados e hipotecas mal trazadas fue el producto de numerosas fuerzas y errores no todos achacables al presidente Bush; ahí están las bajas tasas de interés, banqueros temerarios, una regulación fallida y una burbuja de consumo.
Pero la presidencia de Bush también estuvo contaminada por su propia ambición. A quien Bruni definió como un "eterno fiestero de fraternidad universitaria", quería ser un gran presidente. No sólo quería ganar un segundo mandato, una opción que Bill Clinton le robó a su padre, a pesar de que eso le importaba mucho. Además quería iniciar un período de hegemonía republicana. Después del 11/S no sólo ansió destruir a Al Qaeda y el Talibán. Además quería derrumbar de raíz el terrorismo en Medio Oriente. Sus asesores más cercanos se referían a él como el "presidente transformador".
El modelo que siguió Bush durante su presidencia no fue su padre, sino el santo patrono del movimiento conservador moderno: Ronald Reagan. Vio a Reagan como un hombre que dio rienda suelta al libre comercio y derrotó al imperio soviético, e intentó hacer lo mismo con sus enormes recortes de impuestos y guerra global al terror. Repitió el estilo de cowboy de Reagan, incluso descansando en su rancho de Texas como Reagan se tomaba sus vacaciones en el suyo en California; y se hizo eco del entusiasta uso que hacía Reagan del término "mal".
Otras facetas de la personalidad de Bush se mezclaron con su ambición para socavar su presidencia. Bush es lo que los británicos llaman un snob al revés: descendiente de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, afiliado a un populismo sureño; un producto de Yale y de la Harvard Business School, se volvió un enemigo de los intelectuales. Se convirtió al evangelismo que enfatiza lo emocional -particularmente en la experiencia intensamente emocional de los cristianos renacidos, como Bush- sobre el raciocinio. También se presentó, al igual que Reagan, como un hombre de decisiones más que de detalles; muchos que lo conocieron se quedaron sorprendidos por su "escasez de inquietudes" y su "pasividad".
Eso llevó a Bush a desconfiar del establishment de Washington, e incluso a pensar que la sabiduría del establishment estaba equivocada por la sencilla razón de dónde provenía. Fred Barnes, un periodista conservador, tituló su libro sobre Bush Rebel in Chief (Rebelde en jefe). Citó a un confidente de Bush diciendo: "un smoking por mandato. Esa es la idea del acercamiento a la comunidad de Washington".
La falta de curiosidad también llevó a Bush a sospechar de los intelectuales en general y de los expertos académicos en particular. David Frum, quien le escribió discursos durante su primer mandato, notó que "la inteligencia conspicua nunca parecía bienvenida en la Casa Blanca". El gabinete de Bush era "sólido y confiable", pero no contenía "grandes cerebros". Karen Hughes, una de sus consejeras más cercanas "raramente leía un libro y desconfiaba de los que lo hacían". Ron Suskind, un periodista, sugirió que Bush creó una "presidencia basada en la fe" en la que las decisiones precisamente estaban basadas en la fe, no eran revisadas.
POR EL BIEN DEL PARTIDO. Bush se apoyaba en un reducido círculo de asesores. El más importante era Dick Cheney, quien rápidamente se volvió el vicepresidente más poderoso en la historia. Cheney utilizó su maestría en la burocracia para llenar la administración con sus protegidos y controlar el flujo de información hacia el presidente. Empujó al presidente hacia la derecha en todos los temas desde el calentamiento global a la invasión a Irak; también luchó incansablemente por expandir el alcance del Poder Ejecutivo, que consideraba estaba peligrosamente restringido desde Watergate.
Las otras dos figuras decisivas fueron Karl Rove, el gurú político de Bush, y Donald Rumsfeld, su secretario de Defensa. Rove estaba obsesionado con su sueño de un realineamiento republicano, subordinando todo a la política del partido. Rumsfeld vio la guerra de Irak, a diferencia de su jefe, no como un ejercicio de construcción de democracia, sino como una oportunidad de probar el modelo de "agilidad militar" que impulsaba en el Pentágono.
En todo esto puede ser visto en las tres características más notables de la presidencia de Bush: partidarismo, politización e incompetencia. Bush fue el presidente más partidista de la historia. Estaba contento con ser el presidente de medio país, un líder que combinaba sus papeles de jefe de Estado y principal de su partido. Dedicó su presidencia a alimentar la coalición republicana que lo eligió.
La legislación más importante en el primer año fue el recorte de impuestos por 1,5 billones de dólares que le dio unos 53.000 dólares extras al 1% con mayores ingresos. En su conferencia de prensa de despedida, el 12 de enero, Bush calificó ese recorte como "lo que había que hacer", como si fuera una decisión impopular pero heroica. No lo fue. El presupuesto dio superávit en 2000, y tanto el rival republicano de Bush, John McCain, como el demócrata, Al Gore, también querían recortar impuestos, pero no tanto, además, de rebajar la deuda y apuntalar la Seguridad Social. El recorte de Bush refleja su convicción, y la de su partido, de que impuestos más bajos contienen el tamaño del gobierno, impulsan a los individuos y son buenos para crecer, y para las perspectivas republicanas.
Bush vendió su primer recorte de impuestos, en 2001, como un seguro contra la recesión. Hizo lo mismo en 2003; y aunque el superávit presupuestal para entonces ya había desaparecido, subió la apuesta bajando los impuestos a la ganancias y los dividendos. Impuestos más bajos para el capital impulsaron inversión pero como un funcionario de alto rango dijo, eso era secundario: "Era una victoria política que coincidía con un momento económico". Impuestos más bajos para el capital, tenían el potencial de complacer a una creciente "clase inversora" que tendía a votar a los republicanos.
Un partidarismo implacable llevó a una politización de casi todo lo que hizo Bush. Utilizó su primer discurso televisivo para justificar la implementación de estrictos límites en los fondos federales para la investigación de células madres, y utilizó el primer veto de su presidencia para impedir la expansión de ese fondo. Colocó dos "construccionistas estrictos" como jueces de la Suprema Corte, le dio la espalda al protocolo de Kyoto, despreció varios tratados internacionales (en particular el anti-balístico) alivió las regulaciones para las armas de fuego e hizo campaña contra el matrimonio gay. Su política energética fue escrita por Cheney con sus amiguetes en la industria energética. Su mediocre procurador general, Alberto Gonzales, quien se vio forzado a renunciar al caer en desgracia, fue sólo el más visible de un ejército de funcionarios sobre-promovidos e ideológicamente vetables.
TROPEZONES HACIA BAGDAD. La guerra de Irak es un caso de estudio de lo que sucede cuando la politización se mezcla con incompetencia. Una convención asumida asegura que la política llega hasta el borde del océano. Pero Bush y su círculo cercano hablaban de los demócratas como "derrotácratas" ("Defeaticrats", en inglés), cuando se mostraban reacios a dar su apoyo a extender la guerra desde Afganistán a Irak. Manipularon información de Inteligencia para demostrar que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva y estaba vinculado a Al Qaeda. Eso no sólo dividió un país que se había unido tras el 11/S, también socavó el apoyo popular a lo que Bush vio como el tema central de su presidencia, la guerra al terror.
Sean Wilentz, un historiador de Princeton, hace notar lo inusual que es que un presidente politice de esa manera una catástrofe nacional. "Ningún otro presidente -ni Lincoln en la guerra civil, Franklin D. Roosevelt en la Segunda Guerra Mundial, ni JFK en los momentos críticos de la Guerra Fría- enfrentado con tan monumental combinación de circunstancias políticas y militares, erró tanto en sumar a la oposición política para que la ayude a llevar adelante una lucha nacional. Pero Bush calló y hasta demonizó a los demócratas".
La invasión a Irak fue como muchas cosas de los años de Bush, un triunfo inicial que cargaba las semillas del desastre. Thomas Ricks, el autor de Fiasco, afirma que "la invasión liderada por Estados Unidos fue lanzada temerariamente, con un plan de guerra fallida y un programa de ocupación aún peor". La decisión de Rumsfeld de invadir con tan pocas tropas llevó inexorablemente al colapso de la ley y el orden, lo que volcó a los iraquíes contra Estados Unidos, y al escándalo de Abu Ghraib, que cimentó la opinión mundial contraria a Estados Unidos. Pero Bush respondió al desastre con una mezcla de negación y tenacidad, rechazando forzar a Rumsfeld a que ajuste sus planes. Se prestó a una foto absurda con un cartel que decía "Misión cumplida", y hasta le dio medallas a los tres arquitectos de la debacle, George Tenet, Tommy Franks y Paul Bremer.
La debilidad de Bush volvió a quedar en evidencia en el segundo gran desastre de su gobierno, el huracán Katrina en agosto de 2005. El huracán expuso la pasividad congénita de Bush: recién visitó Nueva Orleáns cinco días después, y tras ver el daño desde el Air Force One. También reveló las consecuencias de llenar los cargos con personajes de tercera categoría. El jefe de la Agencia Federal para Manejo de Emergencias, Michael Brown, un ex comisionado de la Asociación Internacional de Caballos Árabes, hizo poco para enfrentar el desastre pero fue felicitado por el presidente -"Brownie, hiciste terrible trabajo"- que retumbó en todo el país.
LA ESPERANZA TRUMAN. ¿Cómo va a ser juzgado Bush a la luz de la historia? "Muchos historiadores", dice Wilentz de Princeton, "se están preguntando si Bush, de hecho, será recordado como el peor presidente de la historia". Bush disparó contra sus críticos señalando que "uno nunca sabe cómo será su historia hasta mucho tiempo después que se fue". Frecuentemente evoca a Harry Truman como un presidente despreciado en su tiempo que ahora es visto como uno de los más grandes.
A la presidencia de Bush no le faltan méritos. Apoyó una sensible reforma de la inmigración. Propuso endurecer la regulación de Fannie Mae y Freddie Mac, las ahora nacionalizadas agencias de hipotecas. El Congreso le bloqueó ambas propuestas. Promovió más miembros de minorías que ningún otro presidente; y hasta irritó al ala más conservadora, sacando como líder de la mayoría a Trent Lott, un senador de Mississippi, por declaraciones pro-segregacionistas. Mantuvo buenas relaciones con India, Japón y, principalmente, África, hacia donde destino 15.000 millones de dólares para luchar contra el sida.
En el comercio, Bush también tuvo aciertos aunque sus políticas estuvieron subvertidas a prioridades estratégicas o políticas. En 2002 aprobó tarifas para la importación de acero para cumplir la promesa que Cheney le hizo a los trabajadores del acero de Virginia del Oeste, un estado crucial en la elección de 2000. En 2002 también firmó un importante aumento en los subsidios agrícolas para no antagonizar con los congresistas de los estados agropecuarios antes de una elección. Pero esos primeros impulsos proteccionistas dejaron lugar a una defensa más acérrima del comercio. Bush resistió la intensa presión del Congreso para castigar a China por mantener baja su moneda. Después de que el Congreso, por muy poco, le diera poderes para negociar tratados, empujó el acuerdo global de comercio de Doha y un área de libre comercio de las Américas. Esos esfuerzos fallaron en parte por intransigencia de los otros países, notablemente India en el caso de la ronda de Doha. En la ausencia de un marco más amplio, buscó acuerdos bilaterales aunque a menudo con países elegidos más por su valor estratégico que económico: Omán y Bahrein, por ejemplo, donde hay bases militares estadounidenses.
El manejo de la crisis financiera varió entre lo dubitativo y lo competente. Tragándose su visceral desdén por las finanzas, Bush delegó el manejo de la crisis a Henry Paulson, su secretario del Tesoro. Los remedios de Paulson fueron a menudo criticados por su complejidad, inconsistencia y su insistencia en que los prestamistas y sus clientes pagaran por sus errores. Su decisión de dejar que Lehman Brothers cayera intensificó significativamente la crisis. Sin embargo, Paulson consiguió reagrupar algunos miles de millones del gobierno para el sistema financiero, y eso trajo algo de estabilidad. Bush apoyó esto, contradiciendo sus propios impulsos anti-intervencionistas.
Mostró más habilidad para aprender de sus errores de lo que se percataron sus críticos o de lo que él mismo se atrevería a reconocer. El segundo mandato fue muy diferente que el primero. Se acercó a los aliados, particularmente a través de su segunda secretaria de Estado, Condoleezza Rice, estableciendo buenas relaciones con la Francia de Nicolas Sarkozy y la Alemania de Angela Merkel; y también consiguió mejorar algo el perfil de su gobierno, echando a Rumsfeld y sacando a algunos neoconservadores.
La legendaria tenacidad del presidente tuvo premio en un área: su decisión de ignorar a los sabihondos de Washington y aumentar el número de soldados en Irak, en lugar de preparar la salida, probablemente evitó un desastre y ciertamente aumentó la estabilidad. Si Irak se vuelve un faro de democracia en Medio Oriente, seguramente Bush se verá mucho mejor en una década de lo que es visto ahora. Pero está difícil.
LOS COSTOS DE LA AMBICIÓN. Los neoconservadores que tuvieron tanta influencia en Bush afirman que las consecuencias inintencionadas a menudo son más importantes que las intencionadas. La presidencia de Bush probó que estaban en lo cierto, al menos en eso.
Un presidente que trabajó para conseguir la hegemonía republicana terminó debilitando al Partido Republicano. El Partido Demócrata está aún en una posición de más poder que en ningún otro momento desde la Segunda Guerra Mundial. Y los estadounidenses que llegaron a la adultez durante los años de Bush se identifican con los demócratas en porcentajes tan altos como nunca antes.
Un presidente que creía que la supremacía global de Estados Unidos estaba garantizada por su incomparable poderío militar terminó demostrando los límites de las dos premisas. Muchos de los aliados más cercanos de Estados Unidos en Europa se negaron a cooperar con la guerra en Irak. Muchos rivales de Estados Unidos usaron la acción en Irak para crecer: Irán es ahora más poderoso que en 2000 y está más cerca de conseguir una bomba nuclear; Rusia y China extendieron su red de alianzas y fortalecieron su influencia regional. La recalibración de Bush de sus políticas en el segundo mandato sugieren que hasta él se dio cuenta de su error.
La máquina militar está bajo presión. La necesidad de quebrar la resistencia iraquí forzó a Estados Unidos a dejar un poco de lado a Afganistán. Los despliegues son cada vez más largos y los regresos al frente cada vez más frecuentes. Bajaron los estándares de reclutamiento. El sueño neoconservador de noquear al "eje del mal" y plantar la democracia desde Corea del Norte a Irán se presenta, cada vez más, utópico.
Finalmente Bush también demostró los límites del triunfalismo capitalista. Su administración fue la más amigable con los negocios de la historia: Bush fue el primer presidente con un MBA (de Harvard) y designó cuatro CEOs en su gabinete, más que ningún otro presidente. La administración también adhirió a los fundamentos de la "reaganomía": rebajar impuestos y libera el lado de los suministros y todo lo demás se arregla solo. Cheney incluso dijo: "Reagan nos enseñó que los déficits no importan".
Bush dejó un sistema impositivo menos eficiente que el que heredó, en su necesidad de parches anuales y la incapacidad de darle fondos al gobierno aún en los buenos tiempos. También deja un proceso presupuestal roto. Cualquier triunfalismo económico desapareció hace tiempo. Muchos de los CEOS, principalmente Rumsfeld y Paul O`Neill, demostraron ser espantosos administradores.
No todo es culpa de Bush. Pero en general, las buenas políticas dejaron su lugar a su enorme ambición política. El país, y de última el Partido Republicano, quedaron destrozados.
El primer día de trabajo en el salón oval
"Era un día terriblemente frío. Volvieron todos a la residencia después de la ceremonia de asunción. El presidente iba a tener su primer momento en el salón oval como presidente de Estados Unidos y llamó a su padre porque quería que su padre estuviera cuando eso sucediera. George H.W. Bush estaba metido en una bañera de agua caliente porque se había congelado en la ceremonia. No sólo el ex presidente saltó de la tina, sino que se volvió a poner el traje porque no iba a entrar al salón oval sin traje. Su pelo todavía estaba mojado. Los dos Bush se dieron la mano y se saludaron diciéndose mutuamente `Señor presidente`". (Dan Bartlett, director de comunicación de la Casa Blanca citado por la revista Vanity Fair).
Los compañeros de ruta del presidente
Dick Cheney
Ya había trabajado con George Bush padre y es uno de los que mejor maneja el entramado burocrático. Quizás por ser el vicepresidente se lo mencionó como el hombre a cargo. Sus vínculos con Haliburton, una de las favorecidas con los negocios de la reconstrucción de Irak, hizo sospechar un conflicto de intereses.
Condoleezza Rice
Una de las personas más cercanas al presidente Bush, fue la encargada de la política exterior más amigable del segundo mandato. La presencia de la ex pianista devenida representante de un país en guerra, fue tan importante que en una sesión en la ONU se vio al presidente escribiendo una nota pidiéndole para ir al baño.
Donald Rumsfeld
El paladín de los neoconservadores fue secretario de Defensa hasta 2006, cuando su situación dentro del gobierno se volvió insostenible. Desde el comienzo fue uno de los grandes impulsores de la guerra en Irak, empujando evidencia que incriminaba a Saddam Hussein y que resultó difícil de probar.
Karl Rove
Fue uno de los asesores más fieles y eficaces del presidente Bush, con quien venía trabajando desde que era gobernador de Texas. Su participación ha sido mencionada en algunas de las decisiones más controvertidas de la administración Bush. Su salida fue por la puerta trasera tras una serie de irregularidades.
Colin Powell
El secretario de Estado del primer mandato tuvo a su cargo la ingrata tarea de convencer al mundo de algunas razones para invadir Irak. Cuando todo eso resultó incomprobable su imagen agitando un frasco con supuesto uranio iraquí quedó bastante patética. En las últimas elecciones apoyó a Barack Obama.