Jutta Allmendinger, la primera mujer alemana en ser presidenta del Centro de Investigaciones Sociales de Berlín, dice que los referentes de su juventud estaban en Estados Unidos (Allmendinger estudió en Harvard). Allí tomó contacto con mujeres que quedaban embarazadas, seguían dando clase, daban a luz y luego de unos meses se reintegraban a su trabajo. Cuando volvió a Alemania repitió la ecuación. Quedó embarazada y siguió trabajando. Pero algunas de sus colegas no podían concebir que ella hiciera ambas tareas, y pensaban que simplemente se habría pasado de comidas durante el verano.
El razonamiento parece bastante primitivo. Pero la realidad es que en Alemania, es común que la mujer deba elegir entre ser madre y perseguir una carrera profesional. De los países europeos, el de la canciller Angela Merkel es el menos equitativo. Según una nota de The New York Times, en 2006 las mujeres ganaban un 24% menos que los hombres. Para el resto de Europa la brecha en 2007 era de 15,9%.
"La mitad de los trabajadores jóvenes son mujeres, pero ellas desaparecen en su camino a la gerencia", explicó Heiner Thorborg, consultora de recursos humanos alemana.
Una de las razones es la presión social. Las madres trabajadoras son llamadas "madres cuervo", porque desaparecen, dejando sus nidos vacíos.
Pero también hay razones prácticas. Sólo el 9% de los niños de tres años o menos tienen acceso a guarderías. En los países en desarrollo el porcentaje asciende a 23% y en Europa del norte se sitúa entre 40 y 60%. El gobierno intenta aprobar una ley que aumente el acceso a estos servicios. Pero mientras tanto el 60% de los matrimonios siguen el mismo patrón: los hombres trabajan y las mujeres se quedan en el hogar.
Las consecuencias de esta política, las están viendo los demógrafos. Alemania tiene la tasa más baja de fertilidad: 1,37 niños por mujer. Y para eso no ayuda que, durante las entrevistas de trabajo, a las mujeres les sigan preguntando si planean tener hijos. A pesar de que la pregunta es ilegal.