Fuera del aula es mejor

En tres años el programa Maestros Comunitarios logró bajar a más de la mitad el índice de repetición de las escuelas más críticas del país. La clave estuvo en más horas de enseñanza y en incentivar el vínculo con el niño, yendo directamente a su casa.

Eloísa capurro

La escuela 318 del barrio Casabó ya no tiene muros, al menos para sus maestros. Es que 80 de los niños que allí concurren no aprenden sólo en el aula, sino también en sus casas. Y con ellos van los maestros.

Desde 2005 el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), en conjunto con la Administración de Educación Pública (Anep), instrumenta el programa Maestros Comunitarios con la intención de atacar la repetición escolar. La escuela 318 es una de las 333 del país en las que se desarrolla el programa. Y en ellas se lograron los endémicos niveles de repetición del método de enseñanza más tradicional que se sigue en el resto de Primaria.

"Es otra atención la que tenemos, sabemos de qué se trata el problema del niño, trabajamos con la comunidad. Cosas que como maestros dentro de las aulas no tenemos la posibilidad de hacer", explicó Julia Cardoso, uno de las 553 maestros comunitarios que hay en el país.

El programa funciona en las llamadas "escuelas de requerimiento prioritario". De esta forma Anep denomina a las escuelas más críticas, ya sea por su índice de repetición o por su contexto social. Allí un grupo de niños, previamente seleccionados por la dirección del colegio, recibe cuatro horas extra de clase por día. Algunas son en un salón, otras en sus propias casas. "No es un maestro de apoyo porque no está especializado en los problemas de aprendizaje sino que sigue siendo un maestro. Además no se refuerza lo que se enseñó en el aula, sino que el maestro comunitario tiene su propio programa", explicó la directora de la escuela 318, Rocío Villar. Cada maestro comunitario trabaja a contraturno: en un horario es maestro de aula y en el otro, de este proyecto.

"Logramos que se tire el muro de la escuela y salimos a la comunidad", sintetizó Andrea Assanelli, otra de las maestras comunitarias que trabaja en Casabó, en una de las escuelas más críticas entre las críticas. La Anep utiliza cinco grados -del uno al cinco- para calificar cuán difíciles son los contextos de las "escuelas de requerimiento prioritario". La escuela 318 tiene el grado uno, el peor. "La mitad de la población de los padres de estos niños tienen como nivel máximo de educación, primaria completa", explicó Villar. El desempleo y las familias numerosas son otras constantes de la zona habitada en su mayoría por antiguos trabajadores de frigoríficos del Cerro, hoy desempleados. "Aquí no tenemos problemas de asentamientos. Pero sí hay una gran población flotante, gente que se queda en la casa de un tío hasta que la situación mejora y después retorna", agregó Villar.

Las mudanzas y las familias numerosas son algo rutinario. Y con ellas viene el ausentismo. "Se mudan, vuelven, se mudan. A veces faltan para cuidar de los hermanos. Cuando termina el programa, algunos te dicen que no quieren dejarlo porque se aburren en sus casas o porque son tantos hermanos, que termina siendo su único espacio personal", explicó Assanelli.

Para uno de sus alumnos, la llegada del maestro comunitario era el único momento familiar. Él está en tercero de escuela y vive con sus 11 hermanos. El año pasado las maestras fueron a su casa y le propusieron un proyecto: inventar juegos. "Mi hermana inventó uno de animales, una lotería", contó a Qué Pasa. Ése era el único momento que la familia compartía. Hoy dice que le gustaría que las maestras volvieran este año a su casa, pero le cuesta expresar por qué. "Algunos niños no tienen forma de decirte lo que piensan y además reprimen sus sentimientos", explicó la directora de la institución, quien prefirió que las identidades de los alumnos fueran preservadas.

Para cada familia los maestros comunitarios elaboran un proyecto a seguir. Para algunos pueden ser juegos, para otros cuentos. Todo depende de las necesidades de cada entorno y de lo que la madre o el niño precisen. Assanelli contó que a uno de sus alumnos le gustaba dibujar. En el salón de clases, en vez de trabajar, se pasaba dibujando. Así que cuando la maestra comunitaria llegó a su casa, lo primero que le propuso fue eso. "Se decide el proyecto a partir del interés de la mamá y del niño. De sus fortalezas. En este caso le interesaban los cómics e hicimos una historieta", contó.

Lo principal en todos los proyectos es que se priorice la alfabetización. Problemas de lectura, escritura y de comportamiento, en algunos casos con agresividad, es el bagaje con el que estos niños se enfrentan a los maestros comunitarios. Y con ellos vienen un bajo rendimiento y altos indices de repetición. Según datos del Mides, al momento de comenzar el programa un 63% de los niños de estas escuelas había repetido al menos una vez. Un 31% lo había hecho dos veces y al menos un 14% tenía tres repeticiones de grado. "Eso genera el fenómeno de la extra edad. Un niño que estando en tercero tendría que tener 8 años y tiene 10. Se va retrasando y eso le genera problemas que repercutirán en el liceo, si es que ingresa. Además se sienten disminuidos frente a sus compañeros y eso opera como un círculo vicioso que hace que le cueste cada vez más aprender. El maestro comunitario logra quebrar ese círculo", explicó Julio Bango, director del programa Infamilia del Mides, donde se desarrolla el programa de Maestros Comunitarios. "Considerando el nivel de educación de sus padres, son niños y niñas que tienen capitales educativos que ya no son muy buenos y eso es lo que hace que muchas veces se retrasen y no puedan obtener los mismos aprendizajes", dijo.

En la casa de Fernando, de 8 años, no hay biblioteca ni libros. Las maestras que lo visitaron este año le llevan cuentos para que pueda practicar su lectura. Está en tercero de escuela, pero todavía le cuesta leer lo que dice cada una de las tarjetas de un juego que las maestras le intentan enseñar. Además recién la semana pasada tuvo los lentes que necesitaba.

Letra por letra, Fernando va uniendo las sonidos hasta que llega al final: "escenario". Al lado está su madre, Isabel, quien por un accidente nunca terminó la escuela. También ella está aprendiendo con las maestras. "Me sirvió mucho que vinieran porque yo también aprendí a leer, que es lo que me cuesta. Y además aprendí a apoyar a mis hijos, porque lo hago por ellos", dijo a Qué Pasa. Cuando su hijo se tranca frente a la imagen de una de las tarjetas, las maestras incentivan a la madre a que lo apoye. Finalmente entre los dos deducen la imagen: una fábrica. Después de un largo ejercicio, Fernando concluye: "la fábrica contamina y se mueren pescaditos". "Lo importante es que el adulto responsable sea el que se encargue de apoyar al niño cuando el maestro no esté", explicó Cardoso.

A medida que las notas suben, la autoestima de los 18.000 niños que hoy participan a nivel nacional del programa, remonta. Según datos del Mides, en 2007 casi el 80% pasó de año y la tasa de repetición cayó a 22%. "La recomposición de la autoestima de los niños es fundamental, el saber que pueden aprender. Esto se logró gracias a una mayor dedicación pedagógica y la construcción de esa relación con el maestro que se vincula con el niño pero también con su familia. Porque se convierte en un proceso de aprendizaje que va más allá e involucra a toda la familia, agregó Bango.

Para el jerarca lo que posibilitó el éxito de este programa, que por ahora se limitará a las escuelas críticas, ha sido la disposición de los maestros. "Algunos maestros tuvieron clases sentados en un cajón de verduras. También crearon juegos didácticos que se hicieron para esas situaciones, utilizaron situaciones de su entorno para aplicar a la enseñanza. Hubo una gran capacidad del maestro para adaptarse y responder en una situación exigente y sin formación previa. Eso ha sido clave", opinó.

Pero para las maestras, el crédito mayor se lo llevan las familias. "Antes la escuela y la familia estaban separados. Había una brecha entre ambos. Hoy la familia no siente que esa frialdad y entienden que la institución se preocupa por el niño", dijo Asanelli. "Hubo padres que no sabían leer y empiezan a hacerlo. Niños en segundo y tercero de escuela que no sabían leer o escribir y aprenden. Esos son los casos que te impactan".u

De a dos

Para el director de Infamilia, Julio Bango, la participación del Mides en el programa fue importante. "Nos interesa generar puentes para que las personas excluidas vuelvan al sistema educativo y para aguantar a los que están por caer", dijo. Hoy el programa es financiado por la Anep.

El desafío de trabajar en equipo

"Me costaba leer y eso me molestaba", "me daba rabia que se burlaran de mí y les decía de todo un poco, ahora aprendí a ser respetuoso", "me guardaba todos los tildes, ahora ya se los puse", "me ponía mal porque pensaba que iba a llevar el carné con malas notas". Esas fueron las frases con las que los alumnos del programa Maestros Comunitarios de la escuela 318 describieron sus problemas. Para ellos el principal desafío fue aprender a trabajar en equipo. "Aprenden a resolver situaciones concretas con tácticas que no vayan al golpe. Aprenden a trabajar en equipo", dijo la maestra Andrea Assanelli. Para ello una de las principales herramientas fue la creación de una huerta en la que cosechan puerro, acelga y lechuga. Y cuando el programa termina, en diciembre junto al año lectivo, uno de ellos se hace responsable de cuidarla en el verano. "No me molestó, es lindo venir", resumió el alumno que tuvo la tarea.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar