Diario de China

Pinceladas de la vida cotidiana en Shanghai y Beijing, ciudades del gigante asiático que se se prepara para los Juegos Olímpicos. Historias mínimas de un país al que todos están mirando.

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El País

Marcela Moretti, en China

La ciudad que vive en dos tiempos

El moderno distrito de Pudong, en Shanghai, es el rincón más moderno de China. Desde el otro lado del río Huangpu, en el Bund (la zona antigua de la ciudad), el Pudong parece el hogar de los Supersónicos. Antes de 1990, cuando se anunciaron por primera vez los planes de desarrollo del lugar, era una zona de 350 kilómetros cuadrados de cenagosa tierra de cultivo que abastecía de verdura a los mercados de la ciudad.

Hoy ese tipo de mercados no existe de ninguno de los dos lados del río.

Pero el Bund sigue recordando el pasado de Shanghai, con "un surtido de erráticos inmuebles de estilo neoyorquino de los años 30 y antigüedades monumentales", según resume la guía de viajeros Lonely Planet.

La ciudad que a principios del siglo XX se dedicaba al comercio del opio, la seda y el té y poco después se convirtió en sinónimo de explotación y vicio por sus incontables fumaderos de opio, garitos de juego y burdeles, ahora es un punto de atracción para extranjeros y chinos que llegan de todas partes. De día y de noche la costanera del Bund parece la salida de un megarecital para público chino. Entre los ferrys de paseo y los barcos cargueros que surcan el río, los puestos de comida y los vendedores ambulantes y las construcciones de antes y de hoy, Shanghai muestra el tiempo que vive China.

Un país en obra. Hay grúas por todos lados y los obreros trabajan hasta los domingos de madrugada.

Shanghai, viernes 14 de marzo, cinco de la tarde. Estamos en un metro atestado intentando comunicarnos con alguien. Los chinos nos miran sorprendidos; somos dos occidentales buscando cómo confirmar si tomamos el subte en la dirección correcta. Nadie nos entiende y todos, de a poco, se empiezan a tentar, hasta que estalla una carcajada generalizada. El inglés no funciona, el español menos. Apelamos a los gestos y dos palabras clave: Nanjing station, el nombre de la estación en la que nos tenemos que bajar. Por fin un hombre con la piel cuarteada por el sol y aspecto de campesino encuentra la forma de ayudarnos. Con el pulgar hacia arriba nos tranquiliza -vamos bien-, y en las paradas siguientes hace señas para que nos quedemos quietos. Hasta que llega Nanjing y nos baja a empujones simpáticos.

Un campesino amable en un metro repleto en una de las ciudades con aspecto más moderno del mundo parece resumir el momento que vive China a semanas del comienzo de los Juegos Olímpicos. Los chinos superpueblan las ciudades y el gobierno los prepara para su presentación en sociedad.

Cuando salimos del metro estamos en la Nanjing Road en el Bund, la calle principal en la parte antigua de la ciudad. Nos recibe más gente, los primeros rascacielos, muchos comercios y un Jackie Chan de cera. Los jóvenes se sacan fotos con el muñeco sonriente.

En la caminata de varias cuadras hasta el hostal empiezo a descubrir esas cosas que había leído o me habían dicho sobre las costumbres locales. Un olor dulzón muy intenso está por todos lados, es un condimento para las comidas. Entre las bocinas de autos y bicicletas, el desorden del tránsito y los chinos que hablan a los gritos, el sonido ambiente es molesto. Parece que todos se están por agarrar de los pelos pero la risa que sigue a los gritos aclara enseguida el tono de las charlas.

Los carteles con los nombres de la calles están en chino y en inglés así que no es tan difícil llegar al hostal. En una esquina vemos una enorme publicidad sobre los Juegos Olímpicos, con un jugador de fútbol que vuela y el eslogan "nada es imposible". Media hora después hay 10 hombres retirando la enorme lámina. Enseguida recuerdo aquello de que Shanghai cambia de un día para el otro. Y más en tiempos de la revolución olímpica. Por todos lados hay grúas enormes que nunca paran, así sea domingo o de madrugada.

Hasta las diez de la noche la zona céntrica parece un árbol de Navidad. La cartelería luminosa de Nanjing Road se extiende hasta el agua, cuando la calle desemboca en el río Huangpu, que separa la zona vieja de la ciudad del moderno distrito de Pudong, donde están algunos de los rascacielos más impactantes. Desde la "rambla" del Bund vemos brillar a la torre Jinmao -el edificio más alto de China- y a la Perla del Este, la tercera torre de televisión más alta del mundo, con un diseño supersónico basado en cinco esferas a diferentes alturas. Se suman las luces de los barcos con enormes pantallas publicitarias que navegan por el río y de los trompos y patines luminosos de los niños. También están los flashes de las cámaras de fotos.

Mucha gente, mucho turismo interno.

La noche está muy fría y la solución es caminar. Nos cruzamos con alguien que nos pregunta en inglés de dónde somos y reacciona a los gritos: "¡Uruguay! ¡Fútbol!". Hacemos la última parada en el único almacén abierto en la zona del hostal, a pocos metros de una casa de masajes de pies que trabaja las 24 horas. No es difícil comprar un sándwich, pasta de dientes y shampoo. Los números son iguales y el chino gestual que aprendimos en el metro funciona a la perfección.

Shanghai, sábado 15, de mañana. Caminamos hasta el río Huangpu para un recorrido a pie sugerido por la guía Lonely Planet. Pero la realidad nos interrumpe. Están desmantelando una de las visitas propuestas, el Garden Bridge. No puede ser, la guía no es tan vieja. Pero el tiempo vuela en la ciudad más poblada del país más poblado del mundo. En 2007 Shanghai tenía casi 18,5 millones de habitantes y China más de 1.330, según el Fondo de Población de Naciones Unidas.

En medio de la recorrida por el Bund, pruebo una masa frita rellena de verduras que se come con guantes de náilon, una costumbre común, incluso en restaurantes. Eso y una Coca-Cola por 15 yuanes, 45 pesos.

Más tarde un túnel subacuático con un espectáculo de luces exagerado y una ambientación sonora difícil de entender, nos cruza al moderno Pudong, que está como a medio hacer. Es sábado de tarde pero los martillos hidráulicos se mezclan con los picos y las palas. La gente camina como corriendo, compra cosas y carga muchas bolsas. Un paseo entre obreros que no descansan e impresionantes centros comerciales.

En la torre Jinmao subimos al mirador del piso 88 a 340 metros de altura, aunque el punto más alto es a 420,5 metros. Enfrente construyen el Shanghai World Finance Center que lo va a sobrepasar con 492 metros. Desde el mirador los obreros parecen suicidas. Más lejos se ven varias chimeneas humeantes. También hay barcos de todo tipo y tamaño surcando el Huangpu sin parar. Con razón estiman que este año Shanghai podría convertirse en el puerto con mayor movimiento de carga del mundo, con 31 millones de contenedores.

Son las seis y media y se está poniendo el sol. Todavía en el Pudong y tomando un chocolate caliente muy caro para los precios chinos (30 yuanes, unos 85 pesos), observo el Bund al otro lado del río. Los últimos rayos de sol se cuelan entre los edificios que recorrimos de mañana pero ya es de noche y volvemos a cruzar el río que contrasta dos tiempos de Shanghai, una ciudad que se inventa un tiempo propio.

Shanghai, sábado 15, medianoche. La noche no es lo mejor de la ciudad. Salvo algunas tiendas -como una que vende todo tipo de granos por peso- que están abiertas las 24 horas, todo cierra antes de las 11. Caminamos varias cuadras por Nanjing hasta Mo´jo Café, un lugar preparado para turistas que está abierto hasta la una y media de la mañana. Arroz con pollo, arrolladitos primavera y cerveza Tsingtao.

Algo pasa en el edificio de enfrente. Adolescentes borrachos suben, bajan y salen cantando. Los seguimos. Antes de subir al ascensor una señora nos da dos opciones: "massages" o "karaoke". Por las dudas, elegimos karaoke y terminamos en el piso siete. Salvo por las paredes que parecen forradas de posters de grupos de música, el lugar parece un hotel. Hay dos corredores llenos de habitaciones pero lo más llamativo son las vidrieras junto a la puerta de cada una. Llegamos a vichar antes de que nos echen por intentar sacar una foto y la imagen me recuerda a escenas de varias películas. Los cuartos se alquilan por hora, se puede tomar alcohol, hay una pantalla plana que pasa las letras y micrófonos para cantar.

A la una de la mañana Nanjing parece la peatonal de una gran ciudad que acaba de ser evacuada. De pronto, en medio de un silencio bastante intenso y exótico cuando se tiene presente el ruido del día, sentimos un estruendo muy fuerte. Seguro que tiraron un edificio abajo.

La primavera empezó hace poco y todavía hace mucho frío, el abrigo no me alcanza y empiezo a pensar en comprarme algo más para llevar al Tíbet. Llegamos al hostal y las computadoras, con internet gratis, están libres. Las portadas de los diarios coinciden en un titular: revueltas en el Tíbet, 30 muertos. Enseguida le escribimos a Leo, el encargado de un hostal que nos tramita los permisos para entrar a Lhasa.

Amanecemos chequeando el correo. No podemos ir a Lhasa, el gobierno canceló todos los permisos y quiere sacar a los extranjeros del Tíbet. Compramos el Shanghai Daily para saber algo más, pero dice poco y nada, reproduce una versión oficial china que le echa toda la culpa de los enfrentamientos al Dalai Lama. La única alternativa es cancelar los pasajes.

El diario también informa sobre una muestra de comida típica en la plaza Renmin.

Shanghai, domingo 16, mediodía. Nunca habíamos visto tanta gente, ni tantos perros paseando con sus dueños. No puedo evitar pensar en las fotos de perros carneados que vi antes de viajar. Todavía nos llama la atención cada vez que un chino escupe en la calle y no podemos evitar darnos vuelta. Me pregunto si las multas que empezó a cobrar el gobierno para cambiar esa costumbre antes de los Juegos Olímpicos habrán incidido en algo. Quizás por eso algunos escupen en tachos de basura.

Los pasos subterráneos que llevan a la plaza están saturados y las colas en los semáforos son sorprendentes. Nos cruzamos con varios extranjeros caminando de la mano con chinas pero el turismo interno es mayoría. Parece difícil que los chinos sean minoría en algo.

En la plaza hay hombres jugando a las cartas por plata en mesitas de piedra. Con el frío que hace resulta insólito ver las colas desnudas de los bebés. Les ponen un pantalón que tiene un corte en la entrepierna para que puedan hacer sus necesidades sin sacarles nada. Una niña orina en el primer cantero que vemos en la plaza.

Allí una pareja joven que habla inglés bastante bien nos agarra de charla. Nos quieren invitar a una exhibición de artes marciales pero les decimos que tenemos otros planes. En algún lugar leí que en esas situaciones es mejor desconfiar. En el recorrido hacia el Museo de Shanghai nos paran varias parejas con propuestas parecidas. Conocer los cuatro pisos dedicados a la mayor colección de arte antiguo de China fue lo mejor.

Comemos en un local de comida rápida china. Es fácil elegir con las fotos de los platos. Pero no todo es lo que parece y no nos animamos a probar el huevo duro negro. Sí, una carne de cerdo muy grasosa que en algún trozo me hizo acordar al cerdo al damasco que venden en el Cantón Chino. La sopa y el arroz nunca faltan.

Poco después confirmamos que las calles menos céntricas son más tranquilas para caminar con las mochilas. Buscamos la parada del 64, el ómnibus que nos lleva a la estación de tren. Nos vamos a Beijing en un viaje nocturno de 12 horas. Una vez en el ómnibus (dos yuanes por persona, menos de seis pesos) dependemos de una mujer guarda que no habla inglés y está siendo acosada por un pasajero borracho. Nos avisa a tiempo y bajamos en el lugar correcto.

En el tren nos cruzamos con un hombre que se define como "ecuatoriano-shainganés". Es la primera persona que conocemos que habla español. Dice que hacen falta mínimo dos semanas para conocer Shanghai y nosotros que estuvimos tres días y vamos a volver por otros dos al final del viaje.

El tren no arrancó y se escucha la voz de una mujer que habla en chino. Debe estar anunciando la partida. Una voz en inglés lo confirma.

Beijing, lunes 17, siete de la mañana. El taxista que nos lleva al hostal nos baja del auto a los gritos; hubo una interferencia grave en la comunicación. No sabemos donde estamos pero caminamos dos cuadras y llegamos. El hostal está en un hutong típico de Beijing, uno de los callejones que forman el casco antiguo. A cinco cuadras están dos lugares emblemáticos, la Plaza de Tiananmen y la Ciudad Prohibida.

Tiananmen es una de las plazas públicas más grandes del mundo. El mausoleo de Mao Zedong y los otros edificios del lugar están cerrados. Hay sesión en el Gran Salón del Pueblo.

Los vendedores ambulantes, que ofrecen cosas como relojes con Mao moviendo el brazo en el fondo, huyen de la Policía porque se supone que no pueden trabajar en ese lugar. Y hay policías por todos lados.

De pronto escuchamos la voz amplificada de un hombre que grita en chino. La gente camina hacia las salidas y por las dudas los seguimos. Ahora la voz habla en inglés. Dice que hay que evacuar la plaza ya y rápido. Nos acarrean hacia una salida, la que coincide con el Museo de Historia y de la Revolución. Ahora entiendo por qué me dijeron que la plaza no es 100% pública ya que tiene un fuerte control estatal. Todos los chinos que ingresan son revisados. Los extranjeros pasamos sin controles.

La evacuación fue eficiente, en pocos minutos no había nadie.

A pocos metros, en la monumental Puerta de la paz celestial de la Ciudad Prohibida, está el famoso retrato de Mao. Está justo en el centro de la antigua Pekín, en el que fuera el palacio imperial durante las dinastías Ming y Qing y sede del gobierno hasta 1911. Son 800 edificios y más de 9.000 habitaciones que reúnen la mayor colección de estructuras de madera antiguas que se conservan en el mundo y que datan del siglo XV. La Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1987. Un lugar laberíntico con una arquitectura recargada de detalles. Cada rincón tiene un trabajo artesanal y cada forma un significado. Cuatro horas con "autoguía" en español no fueron suficientes.

La calle comercial Wanfujing está a pocas cuadras. Hay una librería enorme (no se ven muchas) con algunos títulos en inglés. Se ven los carteles luminosos de cadenas internacionales como Mc Donald´s, Pizza Hut y Kentucky Fried Chicken. Las tiendas de productos oficiales de los Juegos Olímpicos no pueden faltar.

Es más temprano de lo que parece. El smog hace que todo luzca más oscuro de lo normal, más opaco. Es como que el sol no brillara con toda su fuerza. Ahora entiendo a algunos deportistas olímpicos que se quejaron de la contaminación en la capital china.

Antes de dormir, en el hostal nos dicen que el clima mejorará cuando llueva.

Beijing, martes 18, de mañana. No llovió. Es una mañana helada y demasiado gris. Empiezo a dudar si estoy viendo bien. ¿Hay una tormenta de arena? En el hostal dicen que lo que cae sobre el techo de vidrio proviene de los árboles pero otro extranjero nos habla sobre "la muralla verde". Para proteger a Beijing del avance del desierto de Gobi y de otros desastres naturales, el gobierno está plantando una barrera de árboles más larga que la Gran Muralla.

En los hutongs la gente moja el piso para que la arena no vuele, algunos caminan con bolsas en la cabeza y los autos están cubiertos con un polvillo. Se suma el polvo de los escombros. Están destruyendo zonas enteras y construyendo barrios de cero. Leo, el que nos intentó gestionar el ingreso al Tíbet, dice que hay muchos habitantes de Beijing enojados porque les quitan sus hogares y les dan casas en otro lugar para hacer espacio para las miles de personas que van a llegar en agosto.

Leo también habla sobre lo que está pasando en el Tíbet, mientras muestra un fajo enorme de permisos cancelados. Dice que el gobierno no quiere que haya extranjeros en Lhasa para que no puedan salir perjudicados y así evitar que existan quejas ante las embajadas que puedan empañar la imagen del país.

Con los ojos irritados y un poco mareados, caminamos hasta la estación de metro de la plaza de Tiananmen, que sigue desierta. El Beijing Daily informa que continúa sesionando el Decimoprimer Congreso Nacional del Pueblo.

Llegamos al Parque Olímpico. Es una zona distinta, más moderna, con rascacielos bien diferentes de los hutongs y de los edificios anchos y vetustos de los alrededores de la Ciudad Prohibida. Algo no cambia, también hay obras por todos lados. "Hoy, Pekín se reconstruye para ser la ciudad global de China. Esto se ve muy claramente en el frenesí constructor de 40.000 millones de dólares ocasionado por las Olimpíadas, la fiesta de presentación en sociedad de China", dice una nota del último número de National Geographic, dedicado al gigante asiático.

Faltan cinco meses y el parque no está listo. No se puede acceder a muchas zonas. Los chinos son especialistas en ocultar las obras con paredes transitorias bien decoradas. "¡Hello, hello!", nos grita un grupo de obreros jóvenes, mientras nos sacan fotos con su celular. Lo mismo hicieron varios niños unas cuadras antes.

Ahí están los famosos edificios. El Estadio Nacional de ramas de acero, apodado nido de pájaro, con 91.000 asientos, y el Centro Acuático Nacional, o Cubo de Agua, con paredes de bolsas traslúcidas de plástico llenas de aire que se ponen azules y brillan de noche.

Para llegar tomamos la línea de metro más nueva, la cinco, que es bilingüe. La cartelería y la voz que indica cada estación informan en chino y en inglés. No hay cómo perderse, ni aburrirse. En la pantalla plana de cada vagón pasan imágenes de todas las disciplinas olímpicas.

Pese al caos de una ciudad en obra habitada por 16 millones de personas y que cada día recibe a más turistas, se nota la mano del Estado omnipresente organizando todo. El smog y la superpoblación del metro parecen señales de saturación. Pero la revolución olímpica no se detiene y la higiene se convirtió en una obsesión. En la calle se ven limpiadores levantando colillas de cigarro con palitos chinos.

Beijing, jueves 20, mediodía. Una moza nos enseña a usar los palitos para comer mientras en la mesa de al lado se ríen a todo volumen. Probamos varios frutos del mar y serpiente al lado del Templo de los Lamas.

Es uno de los templos budistas tibetanos más prestigiosos fuera del Tíbet. Decenas de fieles caminan entre la humareda y el aroma de los inciensos que son la ofrenda. Cada vez que se arrodillan ante una de las representaciones de Buda deben homenajearlo con tres. Me siento intrusa. Es raro ver a los monjes leyendo textos sagrados en esa especie de refugio de paz, mientras otros sufren en Lhasa víctimas de un "genocidio cultural", según definió el Dalai Lama.

En estos días los tibetanos volvieron a manifestar en favor de su autonomía -están bajo dominio chino desde 1959- y denunciaron una violenta represión del gobierno de Beijing.

Dejamos la paz del templo, damos un paseo en rickshaw (una especie de "bicitaxi" para dos personas) por los hutongs y volvemos a bajarnos del metro en Tiananmen. La plaza iluminada con sus faroles antiguos es majestuosa.

A la mañana siguiente estamos en la cola para entrar al mausoleo del líder que creó el sistema de Estado socialista que gobierna China. Un guardia que controla el ingreso nos grita y se saca los lentes para mostrar sus ojos desorbitados de bronca: no podemos entrar con cámara de fotos. La visita es gratis y hay enormes filas pero todo es muy rápido. Nadie se puede parar a observar a Mao, la visita dura los segundos que la persona camine por su lado sin detenerse.

Dicen que hay dos Mao, el cuerpo verdadero embalsamado y otro de cera, por lo que los visitantes nunca sabemos qué vemos. Sea lo que sea, reposa boca arriba con un foco de luz naranja que ilumina su rostro dándole un tono muy similar al de la foto de la Ciudad Prohibida. Está cubierto hasta los hombros con una tela que tiene dibujados a la hoz y el martillo. Es uno de los lugares más protocolares y silenciosos de todo China. Ahí los escandalosos pobladores obedecen sin chistar a carteles de "be quiet".

Mao sigue logrando cosas increíbles.

Beijing, sábado 22, de mañana. "Quien no ha subido a la Gran Muralla no es un hombre de verdad", dijo Mao una vez, así que fuimos. Es una verdadera maravilla. Subimos en Mutianyu, a 90 kilómetros de Beijing. Entre la nieve, los bosques, la neblina y la lluvia que ahuyentó a las multitudes que suelen llegar todos los días, el paseo resultó mágico.

Al principio me falta el aire por la altura. Arriba, cuando la niebla cubre todo, parece que se abre una puerta a otro mundo. Siento que floto, creo que por la sensación de las piernas, que están más livianas después de subir miles de escalones, por momentos muy empinados. Es una construcción de 6.400 kilómetros que no fue pensada como una unidad cuando se empezó a construir hace más de 2.000 años. Se calcula que se utilizaron 180 millones de metros cúbicos de tierra comprimida y la leyenda dice que otro material fueron los huesos de los obreros que murieron trabajando allí.

Camino a Beijing el tránsito nos hace perder varias horas de la tarde. Parece que siempre es hora pico, salvo de noche.

Al taxista se le hace más fácil circular cuando nos lleva al teatro de acrobacias de la Compañía de Beijing. Hay pop y refrescos. Un niño de cinco o seis años nos deja mudos mientras da vueltas mortales arriba de una pequeña tabla apoyada sobre cilindros que giran. Mientras lo observo pienso en la Gran Muralla y me convenzo de que, con disciplina, los chinos son capaces de hacer cualquier cosa.

Otro taxista muy simpático y servicial nos devuelve al hostal. Se ríe todo el tiempo, pienso que no es de nosotros. Quizás tiene que ver con la actitud que el gobierno les exige para los Juegos Olímpicos; aquello de que aprendan inglés todavía no se nota.

La ciudad está más tranquila. Llueve por primera vez desde que llegamos y es verdad, el smog cede. Luna llena en Beijing.

Beijing, domingo 23, 11 de la mañana. El sol brilla hasta que bajamos al metro. En la ciudad subterránea hay más gente que nunca. Minutos después conocemos el mundo del regateo en el tradicional Mercado de la Seda que ahora está en un moderno edificio de siete pisos. Nada vale lo que los vendedores dicen por primera vez y con ese principio se negocia. "Amiga, 450 yuanes, sólo para vos", dice una vendedora que me muestra una valija Samsonite y hago mi contraoferta: 50 yuanes. Después de mucho show, palmadas en mi espalda de la vendedora ofendida y supuestas despedidas, la rebaja a 80 yuanes, unos 240 pesos.

Dicen que regatear es tan obligatorio como comer el famoso pato laqueado de Beijing, así que de noche visitamos una calle de restaurantes típicos. Para pedir pato apelamos a la obvia: "cuac cuac". Los chinos comen todo tipo de bichos, fuman con la boca llena, gritan y escupen en el piso. El consumo de alcohol es alto y dos borrachos dan vuelta una mesa, se tiran de todo y terminan expulsados del restaurante iluminado con tubos lux y decorado con ajíes.

Pensé que sería una excepción pero un mes después, de vuelta en Shanghai, vemos otra pelea de borrachos en un restaurante. Llega la Policía, pega unos gritos y se va. En la vereda quedan las cajas llenas de agua con animales flotando y las vidrieras de platos exóticos. Un extranjero que vive allí nos da pistas: estrellas de mar en aceite de tiburón, puercoespín de mar, serpiente, hígados de perro, gusanos de seda. No sé que probar y reviso la guía, algo desconfiada.

Esa tarde la Lonely Planet había quedado vieja otra vez. Recomienda visitar el mercado de Xiangyang pero es imposible. Caminamos una hora por Huaihai Lu, la avenida de compras más moderna de Shanghai, hasta que llegamos a una enorme manzana vacía. No quedan ni los escombros. Entonces decidimos seguir los consejos de una joven que nos sigue hace rato y nos advierte, en su precario inglés, que el mercado "kaput". Parece que ella tiene otro mercado.

Entra en un pequeño callejón oscuro y sucio, sube unas escaleras angostas, atraviesa una cocina y golpea una puerta. Adentro hay dos italianos comprando carteras Louis Vuitton y relojes Tag Heuer a precios increíbles. El imperio del regateo y las copias ahora está oculto en las casas viejas que ocupan el corazón de las manzanas que tienen como fachada las tiendas originales.

Le comento la experiencia al extranjero que intenta convencerme de que coma culebra de río. No sólo las grandes marcas occidentales están llegando a Shanghai. La presencia de extranjeros también se nota.

El inglés con el que conversamos nos cuenta que trabaja para una multinacional. Minutos después se despide y continúa la caminata con su novia china, que no entendió una palabra de lo que hablamos pero sonreía.

Enseguida un hombre mayor pasa caminando despacito. Debe ser uno de los millones de campesinos chinos que todos los días se mudan a la ciudad. La piel de su rostro está demasiado quemada por el sol y avanza como sin saber adonde va. Sin embargo me recuerda al hombre del metro que nos mostró el camino el primer día. Le sonrío, me sonríe. Otra vez no es necesario hablar. u

Elegir la comida en Beijing

"Ok, ok", dice la moza y va hacia la cocina. Parece que entendió cuáles son los dos platos que debe traer. Señalar la comida con mejor aspecto de la mesa de al lado parece una buena opción -por no decir la única- cuando la carta está en chino y no hay una persona que hable otro idioma. Minutos después llegan cinco, no dos platos. Los mismos cinco platos que comen en la mesa de al lado.

Español en el mercado de la seda

Los vendedores son políglotas básicos en el Mercado de la Seda. Gritan "guapa, guapísima", "amigo, amiga" "balato", "tacaño". Puede resultar divertido o agobiante, todo depende. Hay ropa, electrodomésticos, valijas, zapatos, relojes… Copias casi perfectas de las marcas más famosas del mundo.

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