C.B
En el Centro Nacional de Rehabilitación (CNR) hay una fábrica de pastas, un aserradero, un invernáculo, un criadero de cerdos y hasta un cibercafé. Y es una cárcel.
Concebido como un modelo de reclusión en agosto de 2002, hospeda a 118 internos en un edificio con capacidad para 300, lejos de lo que son las superpobladas cárceles uruguayas. El CNR les da trabajo y premia con libertades a los presos.
Las habitaciones de noche no se cierran con tranca y los policías apostados en la entrada del establecimiento sólo vigilan el área perimetral. Los internos coinciden en que si quisieran fugarse podrían hacerlo a cualquier hora. Sin embargo, no lo hacen. Allí sienten que los respetan y que respetan a sus familiares cuando los vienen a visitar.
El subdirector general del centro, Augusto Vitale, habla del "modelo CNR" como una idea que fue pensada en una institución a medio camino entre el final de la pena de prisión de los primarios y el comienzo de la vida en libertad y su reinserción en la sociedad.
Después, con la inicial financiación del BID el proyecto fue más ambicioso. Quiso ser un centro de pre-egreso que educara a jóvenes hombres presos y los preparara para buscar alternativas a la delincuencia. Sólo 10% de los egresados reincide, lo que es todo un éxito.
Recibe muchachos de entre 18 y 34 años, que manifiestan su voluntad de estar en el centro mediante una solicitud propia, de un familiar o abogado, y cuyo saldo de pena a cumplir sea de uno a cuatro años. El juez de la causa avala o no el ingreso del recluso.
Técnicos del CNR se encargan de entrevistar a los interesados y confirmar si cumplen las condiciones para ingresar al instituto o no.
Según Vitale, lo que distingue al centro de una cárcel ordinaria es que quienes interactúan con los reclusos son psicólogos y educadores sociales, no policías. Los oficiales están subordinados a las necesidades de los profesionales.
El edificio es una enorme mole en las afueras de Colón, en lo que hasta hace unos años fuera el hospital psiquiátrico Musto. Está reacondicionado: en lo que eran salas hospitalarias hay habitaciones que alojan hasta seis hombres. Las exclusas son rejas que se abren y cierran para delimitar módulos de convivencia; separan los de fase uno a los de fase dos, que ya tienen más experiencia laboral y aprendizaje en el lugar.
Walter Duarte, de 23 años, está en la fase 1 desde hace un año. Antes estuvo cuatro años en el Comcar por dos delitos de rapiña. Está vestido de pies a cabeza con ropa Nike, algunas prendas originales, otras no. Dice que en el CNR todo es más tranquilo: no hay armas, no hay caciques, la convivencia es sana y uno puede dormir tranquilo, sin el corazón en la boca. Antes no sabía hacer nada, ahora aprendió carpintería en el CNR y por lo menos sabe un oficio. En un mes, supone que podrá estar afuera, en su barrio, Bella Italia.
Fabián González, de 27, tiene una historia parecida a la de Walter. Son del mismo barrio (vivían a media cuadra), ambos cumplen una pena de rapiña, conocieron la vida en el Comcar y están aprendiendo carpintería en el CNR. "Mirá que aprendí aprendí, ¿eh? No te hago un cuadrito o una sillita, te hago de todo con madera", dijo. Antes de robar, Fabián hacía cualquier clase de "changas": era albañil, sanitario, estibador y hasta trabajó con su padre en las madrugadas del Mercado Modelo.
Pretende volver a estar libre este año, al cumplirse cinco años en prisión, los dos tercios de la pena. Sabe que se dedicará a la carpintería y a cuidar de sus cinco hijos. Ahora, su pareja se encarga de mantenerlos, sólo con la asignación familiar y el Plan de Emergencia.
UN DIA DE FAJINA. Los reclusos se despiertan a las 7, desayunan en un comedor común (pancitos con mermelada, café con leche o yogur en verano) y a las 8.15 comienzan su jornada laboral. Unos en huerta, otros en el mantenimiento del predio, en jardinería, carpintería, el aserradero, criadero de porcinos o la fábrica de pastas. La intención es capacitarlos y que aprendan a trabajar. Después de seis meses los internos ya pueden cobrar un peculio de 1.400 pesos por mes.
De 14 a 16 horas continúa la jornada laboral. Y de 17 a 20.30 se dedican a tareas educativas: tienen materias de carpintería, electricidad, sanitaria, albañilería y jardinería como cursos técnicos. Algunos reciben profesores para materias liceales como matemáticas, literatura y biología y otros reciben maestras para terminar la escuela.
Los fines de semana son para la recreación y atender a las visitas. Tienen talleres de yoga, artes plásticas y a la brevedad tendrán, además, un profesor de educación física para entrenar.
Las horas de ocio en esta cárcel son muchas menos que las de una prisión convencional, conviene Vitale. No se cuidan de otros internos, no duermen de a ratos esperando las requisas. Los sábados y domingos tienen libre hasta las 13 para jugar al ping-pong o ver fútbol en la pieza común donde está la televisión.
La estadía en el CNR es ciertamente más disfrutable que en cualquier otra reclusión carcelaria. Pero no la tienen asegurada. Hay cuatro normas básicas para seguir allí hasta el fin de la pena: no al consumo de drogas, no al tráfico de drogas, no a la rotura de bienes institucionales y sí al respeto de los internos y los técnicos.
El CNR tiene un abordaje en cuatro áreas: laboral, psicológica, familiar y educativa; siempre atendiendo al interno y a su familia ("que haya un sostén familiar es fundamental", dijo Vitale).
La quinta área o materia estrella se llama PPS, Programa Pro Social. Es una iniciativa que instrumentó el propio Vitale, tomando ejemplos exitosos de Canadá y España para trabajar con infractores y drogodependientes. "Es un programa para fortalecer las actividades sociales, las realidades cognitivas, la resolución de problemas comunes de la vida cotidiana. Cuando no se paran a buscar alternativas o no miden consecuencias de sus acciones", explica el vicedirector del CNR.
Los internos están encantados con el PPS. Fabián González lo explica así: "Se habla de pensar antes de hacer las cosas, de ver lo que querés… yo no sabía lo que quería de mi vida. Y acá me dieron las herramientas para encontrar un propósito. Hoy tengo un propósito". Es recuperar a su familia y dedicarse a la carpintería, para intentar ser un hombre de bien.
Sergio Do Nascimento, un interno de 20 años proveniente hace un mes del Comcar, es más escueto: "El PPS está bueno. La idea es ayudarte a pensar, a buscarle solución a los problemas".
VIVIR ACÁ, TRABAJAR ALLÁ. Fabio Magallanes tiene 22 años y se lo entrevistó cuando estaba con las manos en la masa. En pleno horario laboral de la fábrica de pastas que funciona en el predio del CNR, un comercio con oficina dirigida por el propio empresario de la marca. Es una suerte de laboratorio social: trabajan internos, egresados y personas que nunca pisaron una cárcel.
Magallanes, en segunda fase, está hace dos años y cuatro meses. Anteriormente había gozado, por su buena conducta, de una oportunidad única: una pasantía en Ancap. Trabajó bien pero sólo por tres días, dado que cometió una falta disciplinaria interna y lo sancionaron quitándole la posibilidad de seguir la pasantía externa.
Encontró un llavero que no le correspondía. Con esas llaves tendría acceso a todo el edificio. Discutió fuertemente con un policía y el centro optó por quitarle la pasantía. Hoy espera una nueva chance empaquetando spaghettis dentro del centro de reclusión.
"Tenés más privilegios que en una cárcel común: en la seguridad, en el trabajo, en el poder encontrarte a vos mismo, en tener menos ocio: podés trabajar, hacer gimnasia, ¡ir al ciber!"
Magallanes dice que este año le toca. Ya está haciendo los trámites para una libertad anticipada y sabe que tendrá empleo en la calle. Su cuñado es "piola" y le prometió trabajo como carpintero o colocador de lambriz.
Se muere de ganas de ver a su hijo Facundo, de nueve meses, fruto de una visita conyugal de su mujer, en una pieza limpia y prolija.
Otros sí supieron aprovechar las oportunidades de pasantías laborales externas. El centro firmó su primer convenio laboral en 2003, con la empresa Acodike, mediante la ley de empleos juveniles. Actualmente tiene convenios con OSE, Ancap, la ANP y el Correo.
"Desde 2003 hasta acá hemos colocado a 40 personas (reclusos y egresados) en el mercado laboral, plazas generadas desde acá. Hoy, gracias a la colaboración de la sede judicial, tenemos a tres internos con pasantías", se jactó Gustavo Belarra, encargado del área laboral y PPS del centro.
Uno de esos internos es Juan Castro, quien sí aprovechó la chance de desempeñarse en Ancap. Por dos delitos de rapiña fue a parar al Comcar con una pena de siete años, y hace dos años y medio que recibió la bendición de pasar al CNR. Desde el 17 de octubre de 2007 es operario de la planta de lubricantes de Ancap. Hace unos meses hizo el curso de elaboración y ahora está en envasado. Trabaja ocho horas de lunes a viernes y se lamenta porque el juez todavía no lo autorizó a hacer horas extras.
Cuando llega a la noche y vuelve al CNR (su hogar), nunca se va a acostar, se pone a trabajar en la herrería de la cárcel modelo. Al momento de la entrevista contó que estaba terminando un par de puertas y marcos de ventanas.
"Después que me diagnosticaron y vieron que tenía algo de trabajo y estudios, me fueron dando espacios. Me hice cargo de la herrería cuando salía 48 horas semanales y tenía que tener plata para parar la olla", comenta Castro, padre de Agustín de 7 años y Yan de uno y medio.
"En las primeras noches armaba una mesa ratona o forraba una lámpara, estaba chocho. Cuando te hacen pensar y estás trabajando, volvés a la realidad. Y está del portón para afuera, no hacia adentro".
Presos del Tacoma fueron al Cnr
Con el cierre de la cárcel Tacoma -el Centro de Reclusión Tacoma construido en 1920 para presos con buena conducta- 22 reclusos del lugar fueron enviados al CNR y 15 policías que se desempeñaban allí fueron a custodiar el Penal de Libertad. El comisionado parlamentario de cárceles, Álvaro Garcé, había dicho repetidas veces que las plazas disponibles en el CNR debían ser aprovechadas. Un informe de Garcé sobre el Tacoma, recordó El País el miércoles 28, decía que "respresenta un excepcional ejemplo de régimen abierto en un entorno urbano. (...) Es imprescindible contar en nuestro sistema penitenciario con centros urbanos abiertos y que funcionen en forma eficaz. Por tal razón deben potenciarse las posibilidades del establecimiento", concluyó. Por lo visto, no le hicieron caso.
Privilegios. "Podés encontrarte a vos mismo, tenés menos ocio, podés trabajar y hasta ¡ir al ciber!"
Internos molestos violaron normas
El martes 3 de abril de 2007 La Diaria publicó un informe sobre el CNR con testimonios de internos que elogiaban las bondades del nuevo modelo de reclusión carcelaria y de otros críticos con algunos aspectos de la gestión. Esos reclusos, que pidieron anonimato, señalaron "abusos de poder" de parte de las educadores y denunciaron la "constante amenaza `si no te gusta, te mandamos al Comcar de vuelta`". Consultado Augusto Vitale al respecto, sostuvo que se trató de denuncias de internos que vivían un momento de "inadaptación" en el sistema y que, precisamente, algunos de los denunciantes habían violado normas básicas del CNR como "no al consumo y no al tráfico de drogas". Seis de ellos fueron devueltos a su cárcel de origen. "Si hubiera abuso de poder esto hubiera llegado al comisionado parlamentario y a las autoridades del ministerio. Como autoridad del CNR desmiento abuso de poder: hay sostenimiento de reglas y normas", dijo.
Esos mismos internos dijeron a la periodista de La Diaria que almorzaban una "comida asquerosa" a las 13.30 y no comían hasta la cena, a las 22.30. Vitale enumeró algunos de los platos que se le ofrecen a los internos al mediodía: sopa, tortilla de papa, ravioles o tallarines con tuco, polenta con tuco y guiso de lentejas. Tienen más variedad que el "rancho" carcelero que se come en el Comcar. La educadora Mabel Barreiro dijo que no es cierto que se demore tanto la comida: a las 20.15 se ofrece la cena.
Faltan técnicos para atender a los internos
La educadora social y supervisora del turno vespertino, Karina Guayta, dijo que posteriormente a la crisis, desde 2003, el CNR ha perdido personal técnico y con ello ya no se pudo sostener una atención personalizada de cada interno. Augusto Vitale, subdirector del centro, dijo que se necesitaría un educador más en cada turno y un policía más para la guardia de seguridad. Al momento el centro cuenta con 26 trabajadores sociales, director, subdirector y 13 policías de seguridad que cuidan el perímetro del predio. En total trabajan 55 funcionarios.