"Matar con fines políticos no tiene nada de irracional"

La cuestión. ¿Es correcto interpretar los actos de los terroristas suicidas como los de seres irracionales?

La respuesta / terror santo

Terry Eagleton es uno de los principales críticos literarios y culturales del mundo anglosajón. Marxista y católico al mismo tiempo, su pluma ha sido tan prolífica como polémica, con más de 20 libros y varios debates públicos a su cuenta. La más reciente polémica de Eagleton es sobre el Islam y con contrincantes como Martin Amis, con el cual comparte una cátedra en la Universidad de Manchester. En Terror Santo (Editorial Debate, distribuye Sudamericana), el inglés se remonta a los clásicos de la literatura y la filosofía para explicar los orígenes del terrorismo y sus devastadoras consecuencias contemporáneas.

En la denominada guerra contra el terror, el "mal" se utiliza para impedir la posibilidad de explicación histórica. En este sentido, su función es similar a la de la palabra "gusto" en el siglo XVIII. Con el menosprecio del análisis racional que evoca, refleja en parte el fundamentalismo al que hace frente. Se considera que explicar significa exculpar. Las razones se convierten en excusas. El ataque terrorista es únicamente una variedad surrealista de locura, como si alguien se presentara en una reunión de un consejo económico disfrazado de tortuga. Al igual que lo sublime, excede toda representación racional. Es verdad que algunos estadounidenses rechazan toda tentativa de atribuir una causa al terrorismo para afirmar a renglón seguido que procede de cierta envidia hacia la sociedad norteamericana. Pero la vida está repleta de contradicciones. Según esta teoría un tanto obtusa, explicar por qué alguien se comporta de determinada manera equivale a demostrar que no podría haber actuado de otro modo y, por tanto, a absolverle de su responsabilidad. Según esta variedad extremista de ética, uno es o bien un auténtico determinista, o bien un libertario vehemente. En este último credo el que ha contribuido a relegar a tanta gente al corredor de la muerte en Estados Unidos.

Lo cierto es que a menos que uno actúe por una razón, su acción es irracional y probablemente esté absuelto de toda culpa por ella. Un ser que fuera absolutamente independiente de todo condicionamiento no sería capaz en absoluto de actuar de forma intencionada, del mismo modo que un ángel no segaría el césped. Actuar por una razón supone interpretar creativamente las fuerzas que nos influyen, en lugar de permitirles golpearnos como a bolas de billar americano; y este tipo de interpretación comporta cierto grado de libertad. Es poco aconsejable caricaturizar al enemigo presentándolo como alguien loco o espoleado por una pasión brutal, puesto que desde el punto de vista moral eso le exime del atolladero. Uno debe decidir si quiere entender que es un malvado o un loco. No podemos hablar en absoluto de conducta específicamente humana a menos que podamos proponer algunas razones por las que las personas actúan de determinada manera, y las preguntas sobre inocencia o culpabilidad se vuelven por consiguiente irrelevantes. La acción moral debe ser una acción deliberada: no diríamos que tropezar con una piedra es una acción moralmente reprensible, ni estallaríamos de indignación moral por escuchar un ruido sordo en el intestino. Las razones pueden ser moralmente repugnantes, pero sin ellas no existen acciones. Creer honestamente que tu enemigo es irracional garantizará casi con seguridad, a menos que se finja hacerlo por razones propagandísticas, que uno no puede derrotarle. Solo se puede derrotar a un antagonista a cuya forma de entender las cosas pueda uno dotar de sentido. Quizá parte del pueblo británico haya creído que el IRA no tenía más objetivo que matar y mutilar, pero el servicio de inteligencia británico adoptada una perspectiva diferente. Matar personas para alcanzar fines políticos no tiene nada de irracional, lo cual no significa que no sea moralmente repulsivo. No se encuentra en el mismo plano que creer que uno es María Antonieta.

Si nuestro enemigo es en verdad metafísicamente malo, entonces las oportunidades de derrotarle parecen bastante reducidas. Ni siquiera el Special Air Service (cuerpo de elite militar británico) puede hacer frente a Satán. Pero no hay razón alguna para suponer que el mal es ciertamente metafísico, en el sentido de que trascienda toda explicación histórica. Un acto puede ser al mismo tiempo malvado y explicable. El liberal bienintencionado se equivoca cuando no reconoce este hecho. Rechaza el término "mal" debido a su aura morbosa y sensacionalista: suena como una especie de descripción de la mala conducta destinada a demonizar al infractor. Este argumento resulta más convincente si pensamos en un ladrón de automóviles adolescente de un barrio de viviendas de protección oficial que si pensamos en Pol Pot. Pol Pot puede haber sido malo o no, pero aplicarle a él este calificativo es claramente algo más que una forma de sensacionalismo. Aún cuando no coincidamos con ello, continúa teniendo sentido, del mismo modo que no tendría sentido aplicar la palabra "mal" a Mary Poppins.

Pasión por la teología

"He atacado libros de algunos neoateistas como Richard Dawkins porque son unos iletrados en teología. Valoro mucho mi pasado católico. Me enseñó, entre otras cosas, a no temer a la rigurosidad en el pensamiento."

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