Fernán R. Cisnero
Estaba marcado para el sacrificio y la gloria, una secuencia de vida que sólo se da en unos pocos. Es que Nelson Mandela era un hombre con un sueño. Estaba llamado liberar a su país de uno de los regímenes más atroces de la historia contemporánea: el apartheid, el sistema de gobierno en Sudáfrica durante 45 años, de los cuales 22, Mandela los pasó en la cárcel. Desde allí se convirtió en una figura mundial de la lucha contra la intolerancia racial de un gobierno que trataba a la mayoría negra con un miserable desprecio. Su nombre y el de otros como Desmond Tutu y hasta lugares geográficos (Soweto) se convirtieron el estandarte contra una injusticia mayor. La llegada al poder de Mandela tuvo para esos millones de ciudadanos de tercera categoría, el sabor de una victoria contra la intolerancia. Cuando llegó al poder no apostó a la venganza, sino que, con la humildad de los grandes, aceptó su pasado y se dedicó a mirar el futuro de su país. De ahí también su grandeza.