"El populismo económico no es más que un grito de dolor"

Una selección de Fernán Cisnero

Como presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos durante dos décadas, Alan Greenspan (Nueva York, 1926) fue un protagonista esencial de la política financiera estadounidense. En el recién editado La era de las turbulencias (Ediciones B, 2008) son las memorias de una vida dedicada a las decisiones difíciles. Sirven además para trazar su propio diagnóstico de la situación actual y aventurar un par de ideas para el futuro. El fragmento que acá se reproduce es parte de el capítulo "Latinoamérica y sus populismos", en el que critica las opciones económicas tomadas por un continente al que, seguro, le podría haber ido mucho mejor.

La respuesta sencilla es que, con contadas excepciones, Latinoamérica no ha sido capaz de desengancharse del populismo económico que ha desarmado en términos figurados a todo un continente en su competencia con el resto del mundo. Me consternaba en especial la evidencia de que, a pesar de los resultados económicos innegablemente malos de las políticas populistas adoptadas por casi todos los gobiernos latinoamericanos en un momento u otro desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los datos no habían parecido atenuar la voluntad de recurrir a ese populismo económico.

Está claro que el siglo XX no fue propicio para los vecinos meridionales de Estados Unidos. Según el eminente historiador económico Angus Maddison, Argentina arrancó el siglo con un PIB per cápita real mayor que el de Alemania y equivalente a casi tres cuartas partes del estadounidense. Para finales de siglo, sin embargo, el PIB per cápita de Argentina había bajado hasta la mitad o menos del alemán y el de Estados Unidos. El mexicano, a lo largo del siglo, cayó desde un tercio a un cuarto del PIB per cápita estadounidense. El tirón económico de su vecino del norte no bastó para impedir la bajada. Durante el siglo XX, los niveles de vida de Estados Unidos, Europa occidental y Asia subieron casi un tercio más rápido que los de Latinoamérica. Sólo África y Europa del Este cosecharon unos resultados igual de pobres.

El diccionario define "populismo" como una filosofía política que respalda los derechos y el poder del pueblo, por lo general en oposición a una elite privilegiada. Yo veo el populismo económico como la respuesta de una población empobrecida a una sociedad en declive, caracterizada por una elite económica a la que se percibe como opresora. Bajo el populismo económico, el gobierno accede a las exigencias del pueblo, sin parar n los derechos individuales o las realidades económicas.

Las raíces de la desigualdad latinoamericana se encuentran en lo más profundo de la colonización europea que, desde el siglo XVI al XIX, explotó a los esclavos y las poblaciones indígenas. Sus vestigios actuales pueden apreciarse, según el Banco Mundial, en las grandes disparidades raciales de renta.

Aún hoy se percibe erróneamente a Estados Unidos como causa primordial de la miseria económica al sur de su frontera. Durante décadas, los políticos latinoamericanos han arremetido contra el capitalismo corporativo norteamericano y el "imperialismo yanqui".

A diferencia del capitalismo o el socialismo, el populismo económico no trae consigo un análisis formalizado de las condiciones necesarias para la creación de riqueza y el aumento del nivel de vida. Tiene poco de cerebral. Se trata más bien de un grito de dolor.

Sus principios son simples. Si existe desocupación, el gobierno debería contratar a los desempleados. Si el dinero escasea y en consecuencia los tipos de interés son altos, el gobierno debería asignar un tope a los tipos o imprimir más dinero. Si los bienes importados amenazan el empleo, se acaba con las importaciones. ¿Por qué son esas respuestas menos razonables que suponer que, si quieres que el coche arranque, le das el contacto?

La respuesta es que, en unas economías en las que millones de personas trabajan y comercian a diario, los mercados individuales están tan entrelazados que, si se pone tope a un desequilibrio, se desencadena inadvertidamente una serie de otros desequilibrios. Si se asigna un techo a los precios de la gasolina, surgen carestías con las consiguientes largas colas en las gasolineras. Lo bonito de un sistema de mercado es que, cuando funciona bien, como sucede casi todo el tiempo, tiende a crear su propio equilibrio.

En todas sus diversas variedades, por supuesto, el populismo económico lleva la contra al capitalismo de libre mercado. Sin embargo, esta postura es fundamentalmente errónea, y se basa en una concepción equivocada del capitalismo. Yo y muchos otros, tanto dentro como fuera de la región, sostendríamos que los populistas económicos tienen más posibilidades de conseguir sus metas por medio de más capitalismo, y no menos. Donde ha habido éxitos -donde los niveles de vida de la mayoría han subido-, unos mercados más abiertos y un aumento de la propiedad privada han desempeñado un papel crucial.

Ha trabajado para cinco presidentes estadounidenses. Primero como asesor de Richard Nixon, luego como presidente de la Reserva Federal para Ronald Reagan, George H. W. Bush, Bill Clinton y George W. Bush. Tras 19 años en el puesto, ahora es consultor privado.

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