Ian Buruma, nacido en La Haya en 1951, es uno de las firmas más respetadas en las revistas más respetadas, entre ellas The New York Times, Newsweek, Le Monde y Die Ziet. Actualmente es profesor en el Bard College de Nueva York. Su último libro traducido al español es Elementos perniciosos (Ediciones Península, distribuye Océano), de cuya introducción se tomó este fragmento, está subtitulado "Una historia de rebeldes chinos desde Pekín hasta Los Ángeles" y traza un panorama que rastrea históricamente el trato que recibió la disidencia china y la posibilidad de una apertura democráticas en el coloso comunista. La ve difícil.
Suceden cosas raras cuando las dinastías chinas se acercan a su fin. Se rompen las presas, sobreviven terremotos, aparecen nubes con la forma de extraordinarias bestias, llueve agua de colores raros, los insectos infestan la campiña. Son los malos presagios de las vilezas morales y del desmoronamiento político. A la vez que la codicia y el cinismo envenenan a la sociedad desde dentro, los bárbaros se agolpan inquietos a las puertas. Los funcionarios corruptos, cuya autoridad ya no puede tener fundamento en la suposición de una virtud superior ejercen su poder con brutalidad tan ansiosa como arbitraria. Cuando el pueblo, incluso aquellos ciudadanos que viven lejos de los centros de poder comienzan a percibir que el mandato celestial escapa de sus gobernantes corruptos, los espíritus rebeldes se postulan como salvadores de China, con sus promesas, con sus promesas de restauración moral y de unidad nacional. Proliferan los cultos milenaristas y las sociedades secretas y a veces hay explosiones de violencia masiva.
Creo que el Partido Comunista de China terminará, pues tarde o temprano todas las dinastías tocan a su fin. El cuándo, el cómo, no sabría precisarlos. ¿Vendrá a ser sustituida una vez más una dinastía autoritaria por otra semejante, en nombre de la unidad nacional y una virtud superior? Podrán por fin los chinos gobernarse dentro de una sociedad más libre y abierta? El ejemplo de Taiwán, cuyos ciudadanos hoy gozan de libertad de expresión y eligen a su propio gobierno, demuestra que es posible. El ejemplo de Singapur, que combina un liberalismo económico más bien relativo con un férreo autoritarismo político, apunta a una dirección no menos verosímil.
¿Cómo describir el problema de China, con sus perpetuas oscilaciones entre una unidad impuesta a la fuerza, el orden y la ortodoxia moral por una parte y, por otra, los motines religiosos y políticos de notable violencia? Me había tenido en vilo desde aquel verano de 1989, en el que tantos europeos recuperaron sus libertades a la par que los chinos fracasaban en el intento de recobrar las suyas.
Muchos chinos, y no solo los dirigentes, asocian la democracia con la violencia y el desorden. Solo un jefe supremo puede garantizar al pueblo llano su alimento y su descanso. Sólo el equivalente de un emperador puede garantizar al pueblo llano su alimento y su descanso. Sólo el equivalente a un emperador puede mantener unido al reino amurallado. Sin él, el imperio chino se disgregaría en mil pedazos: unas regiones guerrearían con otras, y los señores entablarían luchas fratricidas. Estas suposiciones descansan sobre miles de años de gobiernos autoritarios comenzando por el primer emperador Qin y su maldita Gran Muralla. Y las repiten con total fidelidad muchos occidentales que se las dan de entender China.
Esto es lo que Deng Xiaoping presuntamente se temía en 1989 cuando decidió tomar medidas drásticas para poner fin a las manifestaciones estudiantiles. Tras reunirse en su recinto amurallado con el comité máximo del Politburó, Deng dijo lo siguiente: "pues claro que deseamos construir una democracia socialista, pero no lo podemos hacer deprisa y corriendo, y menos aún queremos que sea una cosa de estilo occidental. Si nuestro mil millones de habitantes saltaran cada cual en dirección a un partido u otro tendríamos un caos inmenso, como `la guerra civil todos contra todos` que presenciamos durante la Revolución Cultural".
"China" es una ortodoxia, un dogma, que disimula la política bajo el disfraz de la cultura y viste la nación con los ropajes de la raza. El orden bajo el cielo se basa en el "pensamiento correcto". Toda heterodoxia "confunde" la mentalidad del pueblo, y debe por lo tanto ser inmediatamente suprimida. El Partido Comunista impuso sus propios dogmas al mismo tiempo que reclamó la encarnación del mito de China. El marxismo-leninismo, el Pensamiento de Mao Zedong y, con posterioridad, el socialismo con características chinas tal vez hayan sustituido al confusionismo como ortodoxia dominante, pero todo el que desafíe la ortodoxia -que es la definición más precisa de la disidencia- es marcado a fuego con el marchamo de "antipatriota", "antichino" e incluso "no chino", así como "contrarrevolucionario", como si todo fuera una misma cosa.
Mucha obra
Otros libros de Buruma disponibles en español son Occidentalismo, Asesinato en Amsterdam y Anglomanía. Una de sus principales preocupaciones es el multiculturalismo. Sus columnas son distribuidas mundialmente.
Una selección de Fernán Cisnero