CÉSAR BIANCHI
NATALIA VIGNERI y Eduardo Collins limpiaban dormitorios, atendían huéspedes y eran mozos en el hotel Conrad de Punta del Este a comienzos de 2002. Cada uno ganaba unos 6.000 pesos. El fatídico año de la crisis bancaria que desplomó al Uruguay los dejó pensando. No pasaban hambre y tenían empleo, pero quisieron aprovechar el empuje de la ola migratoria e ir a probar suerte a Europa.
La pareja se casó y en abril de 2002, cuando los noticieros no paraban de hablar de una de las crisis económico-financieras más importantes en la historia del país, ellos volaron a Tenerife, en Islas Canarias, a la casa de unos amigos.
Así, siguieron a otras 29.000 personas que ese año fueron, con o sin papeles, al Aeropuerto Internacional de Carrasco, con la consigna de no volver a verlo hasta que su situación económica mejorase, lejos de casa.
El matrimonio se fue con la ciudadanía italiana de ella y la esperanza de conseguir documentación de residencia para él. Vigneri consiguió empleo en un restorán a la semana siguiente de estar en la isla española, pero su marido recién consiguió trabajo seis meses después, cuando le dieron el permiso de residencia.
Este año regresaron. Se compraron un rancho en Punta del Diablo que piensan tener para alquiler y descansar, mientras estudian ofertas para comprarse una casa de residencia en el barrio Capurro.
"Eso lo pudimos hacer con los ahorros que trajimos de allá. La idea es quedarnos y educar a nuestro hijo Máximo, de dos años. Y si se puede, volver a Europa. Pero a pasear", dijo Vigneri, que es hermana de Nicolás Vigneri, el futbolista uruguayo que juega en el Cruz Azul de México.
Según la Encuesta Nacional de Hogares Ampliada, del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) de 2006, los migrantes de retorno -la categoría que ahora integran Vigneri y Collins- constituyen el 3,7% de la población uruguaya, unas 122.00 personas. En 1996, los emigrantes eran el 14% de la población, recordó el politólogo Martín Koolhaas. "Podemos decir que ha retornado uno de cada cuatro migrantes uruguayos. No es poca cosa", dijo.
Lo malo es que en el período reciente, de 2001 a 2006, ese porcentaje baja considerablemente a 0,8%.
Según Koolhaas, el perfil del "retornante" uruguayo indica que está en su etapa laboral activa, con una edad promedio de 44 años desde 2000 a la fecha. Es un perfil muy similar al del emigrante: predominantemente jóvenes (más de la mitad tenía menos de 30 al emigrar), mayoritariamente hombres, y con un nivel educativo mayor al de la población residente en el país.
"Aquel que acá era un profesional calificado y tenía una buena ocupación, se va para allá y desempeña un puesto similar al que tenía aquí. El porcentaje de profesionales y técnicos de emigrantes es levemente superior al de los que residen en Uruguay", agregó.
La demógrafa Adela Pellegrino, tutora del informe de Koolhaas titulado Magnitud y características de la migración de retorno en Uruguay (1986-2006), dijo que sus trabajos de investigación desvirtuaron algunas creencias arraigadas en el país en los años poscrisis. "El mito ese del médico que se va a España a manejar taxis no lo encontramos", dijo Pellegrino.
Cinco años atrás, se habló mucho de ese "mito". Eran tiempos en los que profesionales, técnicos y estudiantes decidieron hacer las valijas para poder obtener un empleo y se decía que en España ganaban más aunque fuera de lavaplatos. Mientras los bancos cerraban con el dinero de los ahorristas adentro, las empresas enviaban empleados a seguro de paro o los despedían.
Adrián Gretter trabajaba en la empresa de electrodomésticos James y fue uno de los tantos que terminaron en el seguro de desempleo. Sus padres habían cerrado una librería y dejado de administrar un taxi porque se transformaron en negocios inviables. Se fueron a Barcelona y seis meses después viajó Adrián.
A Ernesto Gretter, padre de Adrián, le costó mucho alquilar un "piso" -como se le dice a los apartamentos en España- y conseguir un empleo en la construcción. Pero finalmentelo logró. Cuando llegó Adrián, ya tenía dónde dormir. Poco tiempo después estaba pintando y arreglando casas para un catalán. Ganaba 42 euros por día (unos 1.400 pesos), algo que en Uruguay ganaba por una semana de trabajo.
Verónica Rodríguez, la novia de Adrián, quedó desempleada cuando cerró la sucursal de Mc Donald´s de Paso Molino. Entonces decidió acompañar a su pareja, tres meses después. Consiguió trabajo en un locutorio.
En marzo de 2004 Rodríguez volvió al país, pero sólo para terminar magisterio. Ni bien se recibió, la pareja meditó seriamente dónde establecerse. Gretter no tenía opciones laborales en su país que lo sedujeran tanto como las de España, y se quedó.
"Él volvió en 2005 a Uruguay, de paseo, y de casualidad pudo volver a entrar a Europa, porque no tenía papeles. En enero de 2006 le dieron la residencia, y ahora espera la nacionalidad (española)", cuenta Rodríguez, desde Sant Feliú, un pueblito cercano a Barcelona, donde iniciaron su nueva vida.
Hoy ella gana 800 euros (alrededor de 24.000 pesos) por mes atendiendo una panadería y cafetería. Aunque recuerda que "se gana en euros, pero se gasta en euros", también admite que se puede dar algunos lujos que acá no podía, como salir a comer a restoranes o ir más de una vez al mes al cine sin mirar los precios.
La pareja se casará en junio y todavía no tienen planes de regreso. Están bien allá. Hasta consiguen yerba mate uruguaya en herboristerías de la zona.
La sangría continúa
El stock de uruguayos en el exterior, hasta 1996, era de 480.000 personas, según estimó Pellegrino. "En ese número están implicados los que no volvieron y no se murieron", estima la profesional.
Para el economista, y también demógrafo, Juan José Calvo, representante auxiliar del Fondo de Población de Naciones Unidas, el caso uruguayo está marcado por las redes migratorias de las que hablaba Koolhaas. "Uruguay tiene un stock importante de emigrantes para su volumen poblacional. La población residente en el exterior es cerca del 15% de la población del país, hay más de 500.000 uruguayos viviendo en el exterior", estimó a El País en julio pasado.
Un estudio de la propia demógrafa y el sociólogo Daniel Macadar detectó las residencias "incompletas" por la partida de algún integrante. "Nos dio una cifra menor a la real, porque están aquellos que emigraron y no dejaron familiares viviendo acá y entonces no están contemplados. En base a los datos del Aeropuerto de Carrasco podemos decir que 130.000 emigraron en los últimos 10 años", dijo Pellegrino.
Y se siguen yendo. Según datos de la Dirección Nacional de Migración (DNM), en 2004, con el comienzo de la recuperación económica del país, se fueron entre 7.000 y 7.500 uruguayos y en 2005 fueron alrededor de 9.000.
Pero a partir de 2006 el pico de emigrantes volvió a parecerse mucho al de los años de la crisis, paradójicamente cuando Uruguay comenzaba a vivir cierta bonanza económica. Se fueron 17.497 personas del Aeropuerto de Carrasco, que no volvieron, y el año pasado emigraron 16.603.
Como explicó Pellegrino, el cálculo entre los que se fueron y los que ingresaron al país da el "saldo" o "movimiento migratorio". Por ejemplo, hasta el 31 de octubre de 2007 según fuentes de la Dirección Nacional de Migraciones le dijeron a Búsqueda habían ingresado 202.667 personas y egresado 224.957. Ahí hay, entonces, un saldo negativo de 22.290 ciudadanos.
La demógrafa Wanda Cabella explicó que "es esperable que el nivel de emigración se mantenga relativamente alto durante un tiempo después de una crisis emigratoria fuerte".
Sin embargo, admitió que la sorprendió que los niveles de emigración en épocas de vacas gordas se aproximen a los del 2000, un año antes de la crisis. "Una vez que hay recuperación, que hay cierta mejora tanto en el crecimiento como en el empleo e incluso en los salarios, uno podía esperar que en 2005 y 2006 no hubiera un repique de la emigración", agregó, en una entrevista con el programa En Perspectiva de radio El Espectador.
Al director saliente del Departamento 20 de Cancillería, Álvaro Portillo, en cambio, el dato no lo asombró. "El crecimiento de los procesos migratorios es así, una dinámica que se construye con el tiempo y no tiene variaciones fuertes. Cuando las hay es cuando ocurren crisis económicas y políticas grandes, y ahí se multiplican exponencialmente".
Portillo opinó que es un tema "estructural" que no se solucionará por una coyuntura favorable. "Para que el país deje de expulsar gente hay que solucionar los problemas de desempleo, de exclusión social, darle más oportunidades, especialmente a los jóvenes. Esto no va a pasar de un día para el otro", advirtió.
Uno de los que se fue en pleno crecimiento del país y tras haber visto el ascenso de la izquierda en el gobierno, que tanto ansiaba, fue Fernando Galusso. Él y su esposa Elizabeth se fueron en mayo de 2005 para España, en su segundo exilio. El primero duró desde 1978 hasta 1985 y fue por motivos políticos. La pareja se fue a Suecia y allá Galusso se formó como técnico en maquinaria hidráulica y agrícola de obra pública.
A la vuelta al país, con la democracia, compraron una casa en La Teja y abrieron un taller mecánico. Veinte años después decidieron volver a Europa. Una de sus hijas se había ido primero; ella sí, acuciada por la crisis en 2003.
Lorena Galusso tenía 23 años cuando decidió partir, la misma edad que su padre cuando se exilió en Suecia. El esposo de Lorena trabajaba en una metalúrgica y engrosó el índice de despidos en Uruguay. Hoy la pareja trabaja en un restorán de Barcelona y ambos son ciudadanos comunitarios.
El ejemplo de los Galusso ilustra un diagnóstico que hicieron Pellegrino y la economista Andrea Vigorito: el factor más importante para emigrar es que anteriormente algún familiar o amigo haya emigrado.
Así se forman lo que Koolhaas define como "redes familiares". Natalia Vigneri y su esposo se fueron a lo de unos amigos que habían partido antes. Verónica Rodríguez y Adrián Gretter siguieron el rastro de los padres de él. Y Galusso y señora viajaron dos años después de su hija.
Galusso, con pasaporte europeo pero con 50 años, consiguió empleo "de inmediato" en Europa, algo impensado en Uruguay a su edad. Primero se fue a Mascherata, una localidad italiana en la costa del mar Adriático, mientras tramitaba su nacionalidad italiana. De ahí se fueron a España.
"Acá trabajo ocho horas como empleado en el mantenimiento de grúas motoniveladoras y motores y vivo cómodo", dijo. Gana 1.200 euros y forma parte del 70% de la población española, que es "mileurista", como le dicen a los que ganan en promedio mil euros por mes. Y según Galusso, es uno de los promedios salariales más bajos de Europa.
En principio, cuando Galusso decidió emigrar, la idea era aggiornarse en lo suyo, estar "un tiempo" y volver. Por eso les dejó su propio taller de La Teja a empleados de confianza para que le cuiden las herramientas y la clientela. Hoy ya no tiene tan claro si quiere volver o no a corto plazo. "Y mirá… la idea es estar un par de años más, recorrer Europa en un motor-home alquilado y después sí volver".
Más tarde o más temprano todos desean volver. O eso dicen. Las razones que los mueven son, según Pellegrino y Koolhaas, "motivos familiares". Es lo que se desprende de los estudios. "No aparecen motivos económicos en el retorno", agregó la demógrafa.
Muchos analistas coincidieron, a fines de 2007, en la falta de políticas estatales para instrumentar el regreso de los uruguayos en el exterior al país. El tirón de orejas dio resultado: el 6 de enero Tabaré Vázquez firmó la ley 18.250. Contiene normas para garantizarle derechos a extranjeros que lleguen a vivir a Uruguay y concede beneficios a los orientales que vuelvan luego de haber vivido dos años en el exterior.
Entre algunas prebendas destinadas a los retornantes, están las de poder ingresar herramientas que utilicen en su profesión y un vehículo libre de impuestos.
"Habrá que ver si empiezan a volver", especuló Portillo, quien desde el lunes 10 ya no dirige el Departamento 20.