FABIÁN MURO
Las mujeres policías podemos hacer lo mismo que los hombres. Y mejor", dice Kaclin Martins, coordinadora docente de la Escuela Nacional de Policía. Natalia Román, oficial recientemente egresada, y Sandra Díaz, teniente y la primera oficial al mando en el cuerpo de Coraceros, asienten con la cabeza. Atrás de ellas, el Jefe de Estudios de la escuela, capitán Jhonny Diego, se abstiene de acotar.
Como jerarca de la carrera para oficiales de la escuela, Diego ha visto cómo las mujeres no sólo son cada vez más numerosas, sino también cómo superan a los hombres en todos los rubros menos las pruebas físicas. Basta ir hasta donde están las fotos de las más recientes generaciones de egresados, dice, para ver cómo las mujeres se apoderan de la bandera, puesto reservado para los primeros de su clase. O constatar que hoy al frente de la escuela hay una directora.
La oficial Román es parte de esa tendencia. Oriunda de Artigas, hizo la carrera para oficiales -que dura cuatro años y forma a Licenciados en Seguridad Púbica- y se quedó en la escuela para poder trabajar junto a Diego, luego de rechazar ofertas para sumarse a la Dirección de Narcóticos, entre otras. "Me siento totalmente respetada como mujer por mi jefe. Pero no todos los hombres que integran la fuerza tienen ese respeto. El machismo sigue existiendo en la Policía", dice.
Diego, con cerca de una década de experiencia en la escuela, reitera que la realidad es irrefutable: hay cada vez más mujeres. Y éstas por lo general superan en el rendimiento académico a los hombres. Actualmente, una cuarta parte de los cerca de 300 alumnos que ingresan a la Escuela Nacional de Policía son mujeres. La carrera de seis meses, que forma al personal subalterno, también registra esa corriente.
Tanto Diego como Martins tienen explicaciones para la superioridad de la mujer como agente de policía. Tanto para uno como el otro, las mujeres llegan a la escuela con una preparación cultural superior a la masculina, afirman. Y explican que, de acuerdo a su experiencia, la alumna exhibe un mayor sentido de la responsabilidad y demuestra más ganas de progresar que el alumno. "Somos más inteligentes", remata Román con una sonrisa irónica.
Pero esos datos, agregan, no han generado resentimiento entre los hombres. Eso se debe en parte a que dentro de la institución, la disciplina es mayor que en la comisaría. "Acá se cumple el reglamento a rajatabla", sostiene Diego y da un ejemplo: "El reglamento se refiere a los alumnos como el `Caballero` y la `Dama` cadete. Sólo eso marca una pequeña pauta, que se traduce en una convivencia respetuosa". Martins también destaca la importancia del uniforme para generar un clima de respeto y decoro: nada de pelo suelto o maquillaje y la misma ropa para todos. De lejos, mientras uno camina por los edificios de la escuela, la afirmación de Martins cobra cuerpo: un montón de siluetas azules a las que resulta difícil discriminar por sexo.
Disciplina sí, pero flexibilidad también. En la escuela se permiten los noviazgos entre los alumnos, siempre y cuando "no se desubiquen". Diego tiene experiencia docente para otras instituciones públicas y compara: "No en todos lados está bien visto. Tengo alumnos de otras ramas de la seguridad pública y militar que han sido sancionados por mantener una relación amorosa". Martins va más allá: "Es que la Policía es una institución progresista. ¿Por qué? Porque estamos todo el tiempo en contacto con la sociedad. Los militares no tienen ese contacto, están más aislados".
El capitán es especialista en el tema de la convivencia de géneros. Es uno de los pocos hombres que integra la comisión de Violencia Doméstica y Género del Ministerio del Interior. Opina que la mujer se ha ganado su espacio, y es un desarrollo que él alienta. Diego recuerda una estadía en Alemania, donde estuvo becado, hace más de una década. En unos ejercicios junto a policías alemanes, vio una mujer en un grupo de choque. Le preguntó a un colega qué hacía una mujer ahí. "Ah, ¿ella? Sí, es parte del grupo. Fíjese bien, hay varias más".
Diego entiende que hay tareas que tal vez no sean las más apropiadas, como reducir a un hombre muy grande y corpulento. Martins coincide. Según ella, la policía no se verá radicalmente alterada por el cada vez mayor componente femenino. "Pero para todo lo demás, ¿cuál sería el problema?", se pregunta y le pasa la posta a Díaz.
Ésta, como primera oficial en la historia de Coraceros, cuenta que al principio tuvo algunas dificultades. Los mayores problemas, sin embargo, los tuvo personal subalterno masculino: algunos tuvieron que pagar con sanciones comentarios desubicados o insubordinaciones. "Cuando me integré, me di cuenta que no me querían dar las tareas más duras. Fui, hablé con mi jefe y dejé claro que yo también quería ir al Estadio Centenario, a La Tablada...hacer lo mismo que todos. Y lo logré. Me gustaría volver a Coraceros, había una disciplina ahí que me gustaba. Pero también estoy bien acá, en la escuela".
Aún hay un bolsón de resistencia a la presencia femenina en el brazo de la ley: la Guardia Metropolitana. Los jerarcas de la Escuela comentan el caso de Joselyn Ferreira, otra cadete que egresó con las mejores calificaciones y se propuso ser la primera oficial femenina de la Guardia Metropolitana, tal como Díaz lo había sido de Coraceros. No lo logró. Renunció y hoy está en Narcóticos. "Es bravo ahí", dice Diego, que fue parte de la Guardia Metropolitana, cuando ese cuerpo se llamaba Granaderos. "De todas formas, es el último bastión. Ya tienen personal subalterno femenino, pero todavía ninguna oficial. Ya vendrá...no pueden resistirse para siempre".
Cuando Qué Pasa se retira de la escuela, la oficial Román escolta hasta la salida. Antes de llegar, un alumno varón, más o menos de la misma edad que la oficial, se para en seco, hace la venia y sigue. Son tiempos nuevos en la fuerza policial.