MAITE RICO, EL PAÍS DE MADRID
HAsta ahora las FARC no me han mentido!", proclamó Hugo Chávez el 31 de diciembre. La guerrilla colombiana acababa de suspender la liberación de tres rehenes que habían prometido entregarle. Entre ellos estaba la abogada Clara Rojas y su hijo de tres años, Emmanuel, fruto de la relación con uno de sus captores. Furioso, Chávez acusó a su homólogo colombiano, Álvaro Uribe, de frustrar la operación.
El venezolano tuvo que tragarse sus palabras: las FARC reconocieron que el niño estaba, en realidad, en un orfanato de Bogotá, tal y como había adelantado Uribe y confirmó después una prueba de ADN. En su obsesión por acorralar a Uribe, a quien llama "lacayo de Washington y peón del Imperio", Chávez ha acabado siendo víctima de las mentiras de las FARC. Como si de una venganza involuntaria y conmovedora se tratara, un niño de tres años ha desenmascarado a la vieja guerrilla marxista.
La trama arranca el 16 de junio de 2005 en el hospital de San José del Guaviare, una región del sureste de Colombia surcada por ríos y selvas. Un hombre se presentó en urgencias con un bebé en brazos. En sus años de enfermera en el municipio, María había visto muchos niños "en situación precaria". Pero el cuadro que presentaba aquella criatura "de mirada triste" era crítico. Estaba desnutrido. Padecía paludismo y leishmaniasis, una peligrosa parasitosis de la selva. Tenía el brazo izquierdo inmóvil, por una fractura mal curada, y gateaba arrastrando la cadera. Lo milagroso es que aquel niño de apenas 11 meses, hubiera sobrevivido a tanto sufrimiento.
El hombre que lo llevó al hospital, José Crisanto Gómez, explicó vagamente que su sobrino Juan David había estado hasta hacía poco al cuidado de una familia indígena. Las alarmas del férreo sistema de protección infantil colombiano se activaron ante un caso tan evidente de "maltrato crónico". El Instituto de Bienestar Familiar asumió la custodia del niño, que fue enviado a Bogotá.
En diciembre, dos años después de aquel episodio, José Crisanto se presentó en las oficinas de Bienestar Familiar, en la capital colombiana. Estaba angustiado. Dijo que era el padre de Juan David, y que quería recuperarlo. El 31, acabando el año, acudió al defensor de la familia de San José del Guaviare. El hombre se derrumba. "Ese niño es de las FARC. Si no lo entrego hoy, me matarán".
La atención mundial estaba concentrada en Villavicencio, una ciudad de 350.000 habitantes, puerta de la Amazonia colombiana. Esa era la base logística elegida por Chávez para rescatar a Clara Rojas, a su hijo Emmanuel y a la congresista Consuelo González. Allí, acalorados, esperaban desde delegados de ocho gobiernos escogidos por Chávez (entre ellos Argentina), 200 periodistas, el Comité Internacional de la Cruz Roja y Oliver Stone, invitado por Chávez a filmar la gesta.
Dos meses antes, Uribe había suspendido la mediación del presidente venezolano en la negociación de un acuerdo con las FARC, que pretenden canjear a 45 de sus más de 600 rehenes por 500 guerrilleros presos. A juicio del gobierno colombiano, Chávez servía a los intereses de la guerrilla. Pero ahora, de nuevo, Uribe se veía obligado a ceder la batuta al venezolano y a aceptar la llegada de sus helicópteros, mientras las familias de los rehenes esperaban en Caracas un reencuentro escasamente íntimo.
Pero algo falla. Los días pasan y la guerrilla no entrega a Caracas las coordenadas del lugar donde liberaría a los rehenes. El 28, el gobierno colombiano recibe una información de sus servicios de espionaje: las FARC no tienen a Emmanuel y están intentando sacarlo de un centro de acogida. La fiscalía se lanza a investigar contrarreloj a los niños entregados al servicio social desde 2004 en el Guaviare, el departamento donde la guerrilla tiene a los secuestrados. Criban un centenar de expedientes.
Los únicos datos que se tienen de Emmanuel los había facilitado John Pinchao, un policía que había compartido cautiverio con Clara Rojas y que logró fugarse el año pasado. El crío habría nacido en julio de 2004 en condiciones deplorables. Su brazo se había fracturado en el parto. Su llanto molestaba a los guerrilleros. A los pocos meses se lo habían arrebatado a su madre, que imploraba a gritos que se lo devolvieran. Su padre, de nombre Juan David y apodado Rigo, había sido castigado por la dirigencia de la guerrilla. La descripción de Pinchao encajaba exactamente con el pequeño Juan David. "En ese momento comuniqué a la Cruz Roja nuestras sospechas, pero decidimos no hacer nada, puesto que Chávez insiste en que la liberación de los tres rehenes es inminente", cuenta el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos.
El 31, algunos medios publican que el gobierno colombiano está boicoteando la operación. Uribe se enfurece y acude a Villavicencio. En el trayecto, una llamada de la fiscalía le alerta de que un hombre quiere sacar del orfanato al niño Juan David Gómez. "Eso terminó de cerrarnos el círculo", dice Juan Manuel Santos. Uribe se reúne con los delegados internacionales, encabezados por el ex presidente argentino Néstor Kirchner. Durante el encuentro, el ministro de Defensa recibe una nota. "Chávez está en televisión, anunciando que las FARC suspenden la entrega por culpa de las maniobras militares".
Es entonces cuando Uribe decide hacer pública la información. "Fue un contrapunteo mediático terrible, pero no podíamos callarnos", dice Luis Carlos Restrepo, comisionado de Paz. Con los insultos de Chávez como telón de fondo, un equipo forense toma muestras genéticas a la madre y el hermano de Clara Rojas, que esperan angustiados en un hotel de Caracas. La secuencia de su ADN mitocondrial es la misma que la de Juan David.
"Es muy posible que los altos mandos de las FARC creyeran que el niño estaba con ellos", comenta Luis Carlos Restrepo. "Crisanto lo llevó al hospital porque se le moría, pero no pensó que le retirarían la custodia. Quizás no dijo nada, por miedo. Luego intentan sacar al niño del sistema de protección social. Y sostienen la mentira hasta donde pueden. Creo que las FARC engañaron a Chávez. Él está ahora en una posición muy difícil".
Inasequible al desaliento, la guerrilla acusó al gobierno "de haber secuestrado a Emmanuel en Bogotá con el infeliz propósito de sabotear su entrega", informa Pilar Lozano. El gobierno de Uribe se declara abierto a nuevas negociaciones, pero se muestra cauto. El gobierno esgrime un nutrido historial de fracasos para justificar su escepticismo. Desde hace 13 años, tres presidentes (Ernesto Samper, Andrés Pastrana y Uribe) intentan infructuosamente llegar a un acuerdo para el intercambio de rehenes. "Cuando quieren soltar secuestrados a cambio de rescates, lo hacen sin problemas. Pero con los 45 canjeables quieren territorio", recuerda el ministro Santos.
Emmanuel fue operado del brazo, y en estos dos años se ha recuperado. Su abuela Clara y su tío Iván no pueden esperar el momento de abrazarlo y cuidarlo hasta que regrese su madre.