Empezó hablando de Madrid y con el tiempo terminó contando sus cuitas de un lado y otro del Atlántico con la soltura de quien tanto se luce de locatario como visitante. Sus canciones, pequeños relatos urbanos sobre eso de enamorarse, volver a equivocarse y volverse a enamorar y sobre los placeres que esconden los excesos, lo volvieron una figura entrañable. Era el parroquiano que toda una generación quiso encontrarse al menos una vez en un bar para que le cuente sobre mujeres fáciles y borracheras interminables. Esa clase de compinche con los que la juerga se termina en un amistoso abrazo con olor a noche y a tabaco. Eso lo ha hecho envejecer en público y un poco más rápido de lo aconsejable, como denota una voz cascada y un par de paseos en aquellas ambulancias blancas en las que se paseaba la muerte en Madrid. Sigue seduciendo mujeres, o al menos eso es lo que quiere mostrar, porque sabe que ser el peor de la clase siempre es mucho más divertido.