Salvador Allende fue médico y el primer presidente socialista elegido democráticamente en América Latina, un mérito que sus seguidores suelen destacar. También le elogian sus intentos estatizadores y nacionalizadores que buscaban equiparar históricas desigualdades de Chile a favor de los sectores más empobrecidos que exigían, con notoria impaciencia, ser tenidos en cuenta ante tanta riqueza distribuida caprichosamente. No todos compartieron esos fines: se criticaba su probada financiación desde La Habana y Moscú, su criterio en temas económicos y cierta incapacidad para controlar un flagrante caos social. Estados Unidos, quedaría confirmado, incidió en que algunos de esos reparos se volvieran intolerables para sectores poderosos y con vínculos castrenses. Todo terminó abruptamente con Allende defendiendo, con casco militar y rifle en mano, a su agonizante gobierno y con aviones militares bombardeando su refugio, el Palacio de la Moneda. Ante lo inevitable Allende se suicidó dejando el país en manos de una dictadura sangrienta dirigida por un ex hombre de confianza, Augusto Pinochet.