Se fue José Luis, con tan solo 47 años, una gran persona, un buen compañero, un marido y padre amoroso, un extraordinario fotógrafo. Se hará difícil acostumbrarse a no verlo, a no escuchar su constante autocrítica. Porque jamás estaba conforme con su trabajo, siempre le encontraba un pero a todo.
Él no era consciente de su excelencia y quizás por esa razón era tan bueno. No hay reemplazo. Los fotógrafos más jóvenes deberían prestar mucha atención a su legado, un prodigio de versatilidad, de visión, de creatividad, de pasión.
Todos aquellos que tuvimos oportunidad de conocerlo en profundidad, siempre supimos que, detrás de esos ojos sagaces y esa singular faceta autoexigente y cascarrabias, había un gran corazón. Fue un gran amigo para muchos y un partner como pocos para otros. El trabajo en equipo era un consigna que tenía tan clara como la imagen que pretendía captar.
Llegó a El País hace 15 años, luego de su incursión por el diario La Mañana. Lo observamos crecer, enamorarse de su vocación y, desde hace ya mucho tiempo, estampar en las páginas de este diario imágenes que mostraban varias de sus características personales pero fundamentalmente una: la intuición. José Luis era un intuitivo nato, talento esencial tanto para reporteros como para fotógrafos. En escena, nada lo detenía. Es más, el peligro o esa nota exclusiva le generaba una adrenalina que lo llevaba a involucrarse hasta el riesgo. De allí, salían esas grandes fotos.
Nunca tuvo postura de artista, ni se la creyó jamás. Si había que cubrir una reunión social, allá iba con el mismo profesionalismo que si se tratara de las elecciones presidenciales.
Ese espíritu inquieto es el que quedará rondando aquí en la redacción, cada vez que suene su nombre y recordemos sus chistes o sus broncas.
Lo único que podemos decir es que para fotógrafos y periodistas de El País, fue un privilegio compartir tantos años, horas, notas, fotos, fotos… con él. Gracias José Luis.
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