Un paraíso en peligro

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En la amazonia la vida no vale nada, te pueden matar por mil pesos uruguayos, han matado a mucha gente y va a morir mucha gente más. Es un régimen casi feudal", dice Marcelo Segalerba, un uruguayo que trabaja en la protección ambiental del lugar hace cuatro años. Segalerba es licenciado en gestión agropecuaria, fue a especializarse a Brasil y terminó viviendo en la Amazonia, trabajando con comunidades indígenas y con la ONG ambientalista ACT Brasil.

Segalerba describe con temor la violencia y la corrupción que ha visto. Cuenta que las comunidades indígenas ven aviones llenos de armas bajando en sus aldeas y que los propios pilotos reconocen que trafican sobrevolando los ríos, porque los controles aéreos en la zona son mínimos. Habla de negocios millonarios, forestación ilegal, extracción clandestina de minerales y tráfico de armas y drogas que llegan desde Bolivia, Colombia y Brasil y van hacia Europa. Todo se potencia en un lugar colmado de riquezas y con pocos controles.

Desde hace 10 años denuncia "los garimpos", como le dicen a la extracción ilegal de minerales en la frontera con Surinam, donde hoy trabaja. Ha presentado fotos e investigaciones pero dice que el Estado brasileño no responde. "¿Qué puede ser un animal, un hombre, una tribu entera ante un emprendimiento de 700 mil millones de dólares en oro y hierro? Nada".

En Uruguay, Segalerba trabajó 10 años en la Dirección de Áreas Protegidas de la Dirección Nacional de Medio Ambiente, pero no encontró planes ni recursos para los guardaparques. La burocracia instalada, "la de los técnicos que no salen del escritorio", y la ausencia de oportunidades profesionales, hizo que buscara una alternativa en Brasil. Desde entonces recorre la Amazonia brasileña y se especializa en el manejo de áreas protegidas.

En Macapá, una ciudad ubicada al norte de la naciente del río Amazonas, comenzó a trabajar en la vigilancia de tierras indígenas. Hoy está en los parques indígenas Parú del Este y Tucumaque, patrimonios entregadas a los indígenas. Allí viven 2.200 indígenas de etnias como la tiriyo, waina, apalai, qaxuyana y txikiyna, que se organizan en 39 aldeas. Viven de la caza de chanchos salvajes y monos, la pesca y los cultivos, sobre todo de mandioca.

ACT Brasil asesora a las comunidades indígenas para preservar el agua, los animales, los árboles, el patrimonio cultural. Para eso, realiza expediciones y patrullajes de control de la caza furtiva y enseña a utilizar tecnología satelital (sistema GPS) para detectar con precisión los incendios, las pistas de aterrizaje clandestinas, comunes en la zona, o pedir ayuda a la Policía y los hospitales si hay accidentes con heridos o conflictos con los traficantes.

La situación es grave. Según cifras oficiales brasileñas, desde 2003 se perdieron más de 70 mil kilómetros cuadrados de selva amazónica, la región que alberga 15% de todas las especies vegetales que se conocen. Se estima que hay 46 etnias indígenas en peligro de extinción.

"Sobrevolando el río se siente el olor a quemado", comenta Segalerba, marcando el impacto de los incendios. La deforestación general y selectiva de árboles nobles, la expansión de la ganadería y los cultivos de caña de azúcar y soja están terminando con uno de los ecosistemas más ricos del planeta. "Si no se frena, si no cambia la mentalidad en 50, máximo 100 años, no va a quedar nada".

El uruguayo explica que el suelo arenoso no resiste las abundantes lluvias de la zona y se deteriora sin el follaje vegetal. A su vez, las aguas se tapan con esas tierras, y la quema de los árboles y los agroquímicos contaminan los ríos y transforman la flora y la fauna. Dice que cada vez ve menos papagayos, jaguares y osos perezosos, que se alejan y se extinguen.

El valor de la Amazonia es inmensurable. "¿Cómo ponerle precio a un animal o una planta que la ciencia no conoce, a la posible cura de alguna enfermedad que está ahí pero que no conocés? ¿Cómo le voy a poner precio a un jaguar con sus crías amamantando?".

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