Armas que no pueden matar

| Los soldados que participan en la campaña en Irak están experimentando un nuevo tipo de ayuda farmacológica para soportar la inclemencias del campo de batalla.

Soldados. Conejillos de indias de una novedosa estrategia militar. 400x400
Soldados. Conejillos de indias de una novedosa estrategia militar.
AP

Un mundo donde las guerras continúan, pero no dejan un solo muerto; donde las operaciones policiales podrán ser violentas, pero jamás dan como resultado víctimas fatales: tal es el escenario que, se asegura, está muy cerca de convertirse en realidad gracias a la producción y el empleo de sofisticadas armas farmacológicas o, como algunos las llaman, "armas no letales".

Pero ¿puede esta panacea realmente convertirse en realidad o algo sórdido se esconde detrás? La Asociación Médica Británica (British Medical Association, BMA) se inclina por la segunda de las opciones. Con un informe titulado Uso de medicinas como armas, la prestigiosa institución urgió tanto a sus miembros como a sus colegas del resto del mundo a "no cooperar ni participar" en lo que califica como una peligrosa "militarización" de la medicina.

Y no están hablando de historias de ciencia ficción. Durante la primera fase de la guerra en Irak, tropas estadounidenses fueron inyectadas con un componente químico para que pudieran operar en estado de alerta permanente, es decir, sin necesidad de tener que dormir durante semanas. El resultado no se ha dado a conocer, pero la carrera científica consistiría ahora en obtener algo similar a lo que fue suministrado al protagonista de la película Bourne: el ultimátum, una sustancia capaz de causar amnesia, manipular las emociones y, especialmente, eliminar el sentimiento de culpa en los soldados, de modo de reducir la incidencia del "desorden postraumático" que sufre la mayoría de los veteranos de guerra. Este hallazgo cortaría drásticamente el presupuesto sanitario de los ministerios de Defensa, por cuanto se estima que la cantidad de soldados que regresan mentalmente traumatizados quintuplica a la de los que vuelven heridos físicamente.

De acuerdo con un estudio realizado por el Centro de Investigación del Desarme de la Universidad de Bradford, varios laboratorios militares están experimentando con el uso de afrodisíacos y otras sustancias que causarían actitudes homosexuales en poblaciones gobernadas por grupos fundamentalistas religiosos que sancionan severamente la promiscuidad sexual. Más inquietantes aún son los trabajos realizados con sustancias capaces de causar infertilidad y cánceres, lo que serviría para desencadenar genocidios en cuestión de décadas.

En un artículo publicado en Military Review (julio-agosto de 2005), dos académicos chinos, Guo Ji-We y Xue-Sen Yan, sacaron a la luz la posibilidad de diseñar drogas como armas de destrucción étnica cuando aseguraron estar trabajando en la creación de "un agente químico que, sobre la base de información genética de grupos étnicos o de individuos, nos permitirá atacar a enemigos clave sin hacerle daño al resto de la gente."

Todo esto horroriza a los expertos de la BMA. "Estos estudios operan en la frontera de lo que es legal y constituyen una amenaza sumamente seria para la humanidad", advirtió la doctora Vivienne Nathanson, jefa del Departamento de Ciencia y Etica. "El empleo de armas farmacológicas destruirá el estatus de neutralidad del que todavía gozan los médicos y otros profesionales de la salud. Y esto causará más, no menos, muertes tanto entre los médicos, que se convertirán en blanco predilecto, como entre los soldados, que se verán así privados de asistencia".

El uso de drogas como armamentos preocupa a los médicos británicos desde hace varias décadas, especialmente a la luz de experiencias llevadas a cabo en el uso en el campo de batalla de drogas alucinógenas como el LSD y el empleo de gas CS (clorobenzilideno malonotrilo) en Vietnam e Irlanda del Norte. Pero la alarma fue agudamente despertada por lo ocurrido durante el sitio del teatro Dubrovka de Moscú, en octubre de 2002, cuando las autoridades rusas desparramaron por el sistema de ventilación un derivado aún no identificado de la droga fentanyl (una sustancia más poderosa que la morfina) con la intención de incapacitar a 50 terroristas chechenos.

El operativo costó la vida de todos los captores, así como de 130 de los 800 rehenes, es decir, uno de cada seis de los secuestrados. Un promedio de fatalidad superior al provocado por armas convencionales cuando ocasionan "daños colaterales", el cual se estima en un muerto cada 16 personas afectadas.

Desde el punto de vista legal, la tragedia de Moscú no quebró ninguna norma. La Convención de Armas Biológicas y Tóxicas (1975) y la Convención de Armas Químicas (1997) prohiben el uso de armas farmacológicas en conflictos bélicos internacionales. No así, sin embargo, en el mantenimiento del orden a nivel doméstico, donde el uso de gases lacrimógenos y otras sustancias irritantes está autorizado en manos de fuerzas policiales. Esta distinción deja espacio a muchas ambigüedades en materia de interpretación. El envenenamiento en Londres del ex espía ruso Alexander Litvinenko con el isótopo radiactivo polonio 210 (una sustancia utilizada en laboratorios médicos) puso esto de relieve porque su asesinato, si bien estaría vinculado a problemas de política interna de Rusia, tuvo por escenario a una capital extranjera donde terceros fueron también contaminados.

No son sólo los gobiernos y las fuerzas armadas los que tienen en la mira el desarrollo de "armas no letales". El Centro de Investigación Aplicada del Colegio de Medicina de la Universidad de Pennsylvania trabaja desde 1997 en estrecha relación con la industria farmacéutica en el diseño de sedantes para uso policial. Los expertos alentaron a sus colegas en laboratorios privados a revisar sus cajones en busca de drogas experimentales que hayan sido abandonadas por demostrar nocivos efectos colaterales porque, dijeron con sutil lenguaje, en "una variedad de situaciones en las cuales técnicas no letales son empleadas puede que la presencia de efectos poco atractivos, como náuseas y dolor de cabeza, se tornen deseables".

La Asociación Médica Británica, junto con otras organizaciones como el Comité Internacional de la Cruz Roja, ha solicitado que la Convención de Armas Químicas, cuyo texto será revisado el año próximo, sancione toda investigación cuyo fin no sea profiláctico y que agregue un artículo que claramente prohíba el uso de armas farmacológicas en misiones de paz. También urgieron a los gobiernos a que abandonen el empleo de estas drogas dentro de sus propias fronteras. No tanto por temor a que contribuyan a crear una sociedad digna del Gran Hermano (donde, por ejemplo, la ira de manifestantes sea fácilmente apaciguada) como por el peligro de que, al ponerlas en uso en las calles, las tornen así más accesibles a bandas de delincuentes organizados y grupos terroristas.

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