Poncho, te me hiciste fidelista", le dijo el presidente Eduardo Víctor Haedo a su perro cuando fue derecho a apoyar sus patas delanteras en la falda de, nada menos, Ernesto Che Guevara. La anécdota es del contador Eduardo Azzini, que como ministro de Economía, fue testigo presencial del encuentro de agosto de 1961, en la quinta de Haedo. Hasta que entró en escena Poncho, Guevara se había mostrado algo frío, rememora Azzini, aunque se había aflojado con un mate presidencial.
"Guevara era muy correcto para hablar y para vestirse y con la barba recortada, lejos de ese personaje que está en la camiseta de los muchachos", cuenta Azzini, quien intimó con Guevara cuando el argentino vino a una cumbre regional en Punta del Este.
Una de las frases que más repitió Guevara, de acuerdo a Azzini, fue que "en Uruguay no hay necesidad de una revolución".
El que la necesitaba era él: al tiempo dejó su cargo de burócrata para morir, hace 40 años, en la selva boliviana intentando una revolución imposible. Y generando, de paso, un mito, cuyas contradicciones están ocultas para ese fervor adolescente que aún genera su figura.