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La diplomacia papal en auge | La diplomacia de la Santa Sede
Embajadores al servicio de Dios
Antes de Juan Pablo II, el Vaticano mantenía relaciones diplomáticas con 85 países, cuando falleció eran 174 y hoy son 176. Vietnam, China y Arabia son excepciones.

LA NACIÓN, THE ECONOMIST

El trabajo de representar al Papa en Burundi da derecho a una hermosa casona colonial, pero nadie diría que el arzobispo Paul Gallagher tiene un puesto envidiable.

En 2003 su predecesor, el arzobispo Michael Courtney, murió en medio de una lluvia de balas cuando misteriosos atacantes emboscaron su auto. Quienesquiera que fueran los asesinos sabían cuál era su blanco: el vehículo llevaba placas diplomáticas y una bandera del Vaticano, mientras que el clérigo irlandés, en sotana blanca y solideo púrpura, era conocido de todos, como lo era su rol en la negociación de un acuerdo de paz, sellado un mes antes. El día de su muerte, el 29 de diciembre, es ahora una efeméride del calendario de Burundi.

A miles de kilómetros de allí, en la frontera entre Argentina y Chile, la diplomacia papal es recordada de un modo diferente. Un paso de montaña fue rebautizado con el nombre del cardenal Antonio Samoré quien, antes de su muerte en 1983, ayudó a resolver una disputa territorial que pudo haber llevado a la guerra. De maneras diferentes, el arzobispo irlandés y el cardenal italiano representan lo mejor de una peculiaridad antigua y a menudo contenciosa de la escena internacional: el hecho de que la Católica Apostólica Romana es la única iglesia con estatus de actor diplomático.

A lo largo del último siglo -pese al avance del secularismo- el rol del Vaticano en los asuntos mundiales ha crecido. En 1890, un famoso católico inglés, el cardenal Manning, dijo que las actividades diplomáticas de la Santa Sede eran "una mera puesta en escena", una reliquia medieval. Se sorprendería de ver que en 2007 la diplomacia papal está más activa que nunca.

La verdadera explosión se dio bajo Juan Pablo II. Cuando fue elegido en 1978, la Santa Sede tenía vínculos plenos con 85 estados. Cuando murió, la cifra se elevaba a 174. Entre los estados que dejaron de lado sus recelos se contaron la Gran Bretaña de Margaret Thatcher, los Estados Unidos de Ronald Reagan y la Unión Soviética de Mijhail Gorbachov. El Vaticano ahora tiene relaciones diplomáticas plenas con 176 estados. Vietnam, China y Arabia Saudita están entre los pocos sin lazos formales. En los últimos años también se ha visto una expansión de la diplomacia multilateral del Vaticano. Participa en las deliberaciones de 16 entes intergubernamentales, incluyendo Naciones Unidas, la Unión Africana y la Organización de Estados Americanos.

El Vaticano actúa, por propia decisión, como "observador permanente" en vez de como miembro con voto de la ONU; pero es signatario de algunas convenciones de derechos humanos, como las relacionadas con la igualdad racial y los derechos de los niños. Usa esta ubicación para promover sus ideas: no violencia, mejor trato económico para las naciones pobres, extensión del derecho internacional, apoyo al matrimonio y, algo polémico, la "santidad de la vida" desde el momento de la concepción, lo que significa oposición a la anticoncepción, al aborto y a la eutanasia.

Los debates sobre el carácter diplomático de la Santa Sede llegaron a su punto más alto en 1994, cuando los enviados del Papa -alineándose con los estados musulmanes- utilizaron su peso para diluir el resultado de una reunión de la ONU sobre la población en El Cairo. El Vaticano asumió una postura similar, con un perfil más bajo, en una conferencia sobre el tema en 1999. Esto hizo que gente que hace campaña por los "derechos reproductivos" exigiera que se le quitara al Vaticano su estatus diplomático, sosteniendo que la Santa Sede no debía tener un asiento en la ONU como Estado ni como religión.

El "servicio diplomático" del Papa es un recordatorio de su condición única y ambigua como líder religioso y a la vez temporal. Formalmente, los diplomáticos del Papa representan a la Santa Sede, no el estado Vaticano que, bajo un acuerdo de 1929 con Italia, es la potencia soberana en parte de Roma. Pero en los últimos años, algunos estados (tales como Estados Unidos en el siglo XIX) sólo estuvieron dispuestos a tratar con el Papa como jefe de un Estado soberano. El hecho de que los pontífices lleven dos sombreros, el temporal y el espiritual, les da cierta flexibilidad, al igual que a sus interlocutores. En 2001, cuando el clero ortodoxo griego se quejó por una visita de Juan Pablo II, Atenas respondió que simplemente lo recibía como jefe de Estado.

Pero cada vez más gobiernos en los últimos años parecieran estar dispuestos a tratar con el Vaticano bajo sus propios términos, especialmente después de que Juan Pablo II elevara su perfil global. Para cualquier Estado, una embajada ante la Santa Sede ofrece atractivos. Para los países pobres, es la posibilidad de obtener información de una de las cancillerías mejor informadas del mundo. Para los poderosos, ofrece una manera de influir sobre el Vaticano y buscar la aprobación papal. Napoleón le dijo a su hombre en Roma: "Trata con el Papa como si tuviera 200.000 hombres bajo su mando". Tras algunos años en Roma, el enviado dijo que 500.000 estaba más cerca de la realidad.

Es difícil medir el verdadero alcance del poder del Vaticano. Uno de cada seis seres humanos fue bautizado por la iglesia del Papa. Por supuesto que muchos abandonan la fe, pero sigue siendo un formador de opinión global. Sus puntos de vista pueden decidir cómo votan los católicos, cosa que los presidentes estadounidenses toman muy en cuenta. Rara vez desaprovechan una oportunidad de visitar el Vaticano.

Las divisiones del Papa

La diplomacia papal es casi tan antigua como el papado. Pero recién en 1500 se estableció una nunciatura o servicio diplomático permanente, en Venecia. El primer Estado protestante que envió un embajador fue Prusia, en 1805: su enviado fue el baron Wilhelm von Humboldt, filósofo y lingüista. El primer Estado no cristiano que estableció relaciones fue Japón, en 1942. De los países con vínculos hoy, sólo 78 tienen misiones en Roma, y conforman uno de los cuerpos diplomáticos más extraños del mundo. La embajada con el plantel más numeroso, junto con la de Alemania, es la de la República Dominicana. Irán tiene una gran misión, con tantos diplomáticos como Estados Unidos ("¿Quién sabe qué otras tareas tienen asignadas?", se preguntó un alto funcionario del Vaticano.)

El principal punto de contacto de los diplomáticos con la administración papal es el Secretariado de Estado, que funciona en la residencia del Papa, el Palacio Apostólico. Tiene dos departamentos: la Sección de Asuntos Generales, que se ocupa de las iglesias nacionales, y la Sección para Relaciones con Estados, más pequeña, que hace diplomacia convencional. Su actual titular, de hecho el canciller del Vaticano, es Dominique Mamberti, un francés experto en el Islam.

Los diplomáticos papales, todos sacerdotes, son capacitados en la Academia Eclesiástica Pontificia en Roma. Sus graduados hacen dos tareas: representan a la Santa Sede ante el gobierno local y mantienen a las iglesias nacionales bajo su ojo vigilante. Los enviados del Vaticano por lo general se quedan en su destino más tiempo que los seculares (un nuncio estuvo en Dublín por 26 años). Algunos cubren vastas distancias culturales: el nuncio en Argelia nació en Taiwán. La diplomacia convencional ocupa sólo una pequeña parte de sus quehaceres. "En la mayoría de los lugares, el 95% de su trabajo está relacionado con la vida de la Iglesia", dice un ex nuncio. "La mayor parte de la correspondencia tiene que ver con el nombramiento de obispos".

Comparado con muchos servicios extranjeros, el de la Santa Sede es diminuto, menos de 300 personas. Rara vez hay más de dos personas en cada misión. Según el directorio oficial del Vaticano, la Sección para Relaciones con los Estados tiene sólo 18 diplomáticos y 29 empleados más en Roma. Hasta hace poco un funcionario de escritorio atendía a Gran Bretaña, el sur de Asia y partes de América Latina. Pero los visitantes al ministerio de Relaciones Exteriores del Vaticano se sorprenden del nivel de conocimiento que encuentran. "Somos sacerdotes", dijo un veterano. "No tenemos familia. Trabajamos 24 horas al día si es necesario. Es la clave para entender por qué, siendo tan pocos, somos tan eficientes."

Oded Ben-Hur, el enviado de Israel a la Santa Sede, agrega que su servicio diplomático es "como cualquier servicio de relaciones extranjeras, con distinta gente que tiene capacidades diferentes. Pero tienen una ventaja: su alto nivel cultural. Saben varios idiomas. Conocen la historia. Están muy bien informados". Un ex enviado papal a una nación devastada por la guerra dice con orgullo que la embajada estadounidense enviaba un diplomático cada mañana a preguntarle por la situación en las zonas de guerra, sabiendo que el hombre del Papa era informado por las monjas locales.

Como sus contrapartes seculares, estos clérigos en los últimos años tuvieron que compartir la acción diplomática con otras instituciones, oficiales y extraoficiales. El Consejo Pontificio por la Justicia y la Paz, una especie de ministerio de ayuda al extranjero, habla en nombre del Vaticano en algunos foros, mientras que un ente independiente con sede en Roma, la Comunidad de Sant Egidio, ha logrado algunos de los éxitos más espectaculares de la diplomacia católica. Sir Ivor Roberts, ex diplomático británico, que trabajó con la Comunidad Sant Egidio en escuelas de Kosovo, dijo que es un "cuerpo de élite no ortodoxo" que cubre baches "en áreas en las que la diplomacia convencional no funcionó". Mario Giro, un funcionario de esta comunidad, aclaró que ahora realiza tareas de mediación en "Darfur, Costa de Marfil, el norte de Uganda y otros dos lugares fuera de África que no puedo nombrar".

Pero al mismo tiempo que comparten las tareas con los entes hermanos, los enviados del Vaticano deben aceptar el hecho de que su jefe -como cualquier amo político- se reserva el derecho de poner todo patas para arriba con estallidos "nada diplomáticos". Las expresiones duras y directas de Juan Pablo II sobre el comunismo terminaron con años de cuidadoso acomodamiento. Su sucesor ha perturbado a los musulmanes (vinculando aparentemente su fe con la violencia), los sudamericanos (desanimados por su visión del rol de los misioneros), los judíos (porque revivió una liturgia cuya forma original exigía su conversión, aunque el número dos de la jerarquía dijo que esa parte del rito podría cambiarse) y a los protestantes, que se preguntan por qué el Vaticano insistió con que sus iglesias no merecen ese nombre.

Estos reveses ponen de relieve uno de los puntos débiles de la situación ambigua del Vaticano: disfruta de muchos de los privilegios de un Estado mientras habla en nombre de una fe. Los funcionarios vaticanos dicen que esta paradoja es defendible y beneficiosa: a diferencia de los diplomáticos que actúan en representación de un Estado, cuyo primer deber es promover y proteger sus intereses, los enviados papales persiguen el bien de la humanidad. Un ex "canciller" del Vaticano, el cardenal Jean-Louis Tauran, dijo que la Santa Sede "trata no sólo de promover y defender, si es menester, la libertad y los derechos de las comunidades católicas de todo el mundo, sino también promover ciertos principios sin los cuales no hay civilización".

Pero también tiene objetivos políticos específicos. Quiere estatus internacional para Jerusalén. Reconoce a Taiwán como China. Enumerando las bases de la política exterior, el cardenal Tauran destacó el "derecho a la vida en todas las fases del desarrollo biológico".

Declaraciones como esa hacen que se respete al Vaticano en algunos sectores y se desconfíe de él en otros. Algunas actividades, tales como correr riesgos letales por la paz en Burundi, son admiradas casi universalmente. Pero en una era en la que el poder de las organizaciones independientes (incluyendo las católicas) crece día a día, ¿no se vería fortalecida la autoridad del Vaticano clarificando su propio estatus? En vez de decir que practica una forma de diplomacia intergubernamental, podría renunciar a su condición diplomática especial y decir lo que realmente es: la mayor organización no gubernamental del mundo.

Juan Pablo II en Uruguay

El 31 de marzo de 1987 el Papa Juan Pablo II brindó un discurso a los uruguayos en el aeropuerto Carrasco de Montevideo. Esa visita del polaco Karol Wojtila fue parte de una gira apostólica a Uruguay, Argentina y Chile. La mediación, para la llegada del sumo pontífice, fue hecha por la nunciatura apostólica, la diplomacia papal en nuestro país, así como del episcopado.

El Papa llegó para darle su bendición a los países vecinos que recién superaban una crisis política. Ese día en Carrasco, dijo: "Uruguay es una nación del continente latinoamericano que se ha distinguido por su contribución en favor de la paz. Prueba de ello ha sido el apoyo que ha prestado para la superación del diferendo entre Argentina y Chile sobre la zona austral".

Ese día también habló en el Palacio Taranco para los oídos de los cancilleres de los tres países mencionados. Celebró, entonces, "el entendimiento entre hombres y pueblos". También habló en la Catedral de Montevideo y dio un recordado discurso a los fieles en la explanada de Tres Cruces, donde hoy se encuentra una estatua que recuerda aquella visita. El 7 de mayo de 1988 el Papa volvió a Uruguay. En esa oportunidad congregó multitudes en Melo (hoy evocada en una película), Florida y Salto. Mucho tuvo que ver la diplomacia papal en todo eso.

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Papel. Juan Pablo II en Montevideo, firmando un acuerdo entre Chile y Argentina, una de las grandes victorias de la diplomacia vaticana.
Foto: El País. Fotógrafo: Mario Marotta.
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