La transformación de beijing para los Juegos Olímpicos de 2008 se está volviendo, quizás, en la mayor reedificación en la historia de la humanidad de una gran capital, apenas por debajo de las reconstrucciones de la posguerra. Las siluetas de los espectaculares estadios y centros de natación ya son familiares para el mundo entero, pero están ubicadas en un reconstruido centro urbano que asusta a los que vuelven a la ciudad. Espacios verdes exuberantes, remolinos de autopistas, centros comerciales con pantallas de plasma en sus techos, un nuevo centro financiero, más un expandido sistema público de transporte, aparecieron a un ritmo vertiginoso.
Para algunos, la metamorfosis provocada por los Juegos evoca el trabajo del Barón Haussmann entre 1865 y 1887: un completo rediseño del centro de París que incluyó los grandes bulevares que hoy hacen famosa a la capital francesa.
Para otros, la reconstrucción de Beijing, tiene un retrogusto a arquitectura totalitaria, cercana a la grandiosidad de Albert Speer, el arquitecto favorito de Hitler. Pero Albert Speer Jr. no está de acuerdo. El más joven de los Speer -también un prominente arquitecto alemán- recientemente rediseñó un sendero de ocho kilómetros que une el centro de la Ciudad Prohibida con el centro olímpico. Mandatado por maestros imperiales del feng shui, este ha sido el centro de Beijing durante siglos. Speer dice que su trabajo es una elegía a la tradición, no un alarde de poder, a pesar de ser "más grande, mucho más grande" que el "megalómano" diseño de su padre para Berlín.
Como uno quiera llamarlo, lo cierto es que las autoridades chinas están proyectando un diseño ultramoderno del tipo que los maoístas despreciaron por burgués u occidental. Muchas de esas construcciones son estructuras asombrosas que desafían la gravedad, diseñadas por los principales arquitectos del mundo, y por una nueva generación china. Algunos encendieron un inédito debate público sobre si los beijineses deberían sacrificar su viejo encanto por la conveniencia y la ostentación modernosa, y a qué costo.
Los Juegos Olímpicos van a ser una fiesta de iniciación de una nueva era para la más nueva de las potencias económicas mundiales, tal cual ha sido planeado. Pero el gobierno de Hu Jintao no está sólo construyendo una villa olímpica; está supervisando la creación de una nueva y dinámica capital con "las pirámides del siglo XXI", dice el profesor Zhou Rong de la escuela de arquitectura de la Universidad Tsnghua. El problema es que, a medida que se agota el tiempo, incluso Beijing no puede controlar el desordenado proceso de demolición y construcción. La preocupación básica es cómo balancear costosos proyectos ambientales con la cruda necesidad de crecimiento económico. El gobernante Partido Comunista ha basado su legitimidad en la prosperidad. Pero desde hace años lucha tanto para moderar el gasto en construcción en una economía peligrosamente caliente como para redistribuir el ingreso con más justicia.
Beijing necesitaba hace tiempo un lavado de cara. Cuando el Ejército Rojo entró por primera vez en la capital, Mao Zedong soñó con convertirla en una ciudad industrial con un "bosque de chimeneas", una visión que pronto ayudaría a concretar. Cuando comenzó el boom capitalista chino muchos años después, las fábricas humeantes de Mao quedaron rodeadas de espantosas torres de vidrio y cromo, muchas con azoteas terminadas con forma de pagoda. El resultado fue un lío: polucionado, caótico, duro de ver y decididamente lejos de una metrópolis seria. "No se puede decir que era todo una basura", dice el profesor Zhou. "Pero le andaba cerca".
La limpieza ya está bien encaminada, y mucho estará pronto para la ceremonia inaugural del 9 de agosto de 2008. Seis nuevas líneas de subte, un sistema de rieles livianos de 43 kilómetros, una tercera terminal aérea y una nueva pista, y 25 millones de metros cuadrados de desarrollo inmobiliario. Todo para recibir a 500 mil visitantes extranjeros y un millón de chinos. Las autoridades han dispuesto 12 mil millones de dólares para proyectos "verdes", desde un cinturón de árboles de 125 kilómetros alrededor de la ciudad, a la adopción de las normas europeas de emisión de gases de los vehículos. La amadas chimeneas de Mao están desapareciendo.
Muchos expertos están preocupados porque se piensa muy poco en preservar la continuidad histórica y de la comunidad. Los viejos vecindarios se están extinguiendo. Los preservacionistas de Beijing lamentan la desaparición de aquellas callejuelas laberínticas conocidas como hutongs, muchas de los cuales fueron aplastados por grandes bulevares.
El tipo de ciudad que emergerá de todo esto podría ser crítica para el legado del presidente Hu Jintao. En contraste con las políticas hipercapitalistas de su predecesor, Jiang Zemin, Hu quiere acabar con la alarmante brecha entre pobres y ricos. Y lo intenta hacer cuando hay un éxodo de inmigrantes rurales para trabajar en la construcción o en el área de servicios. Para acomodar ese flujo de 300 millones de campesinos en los próximos 15 años, China no sólo tendrá que "edificar casi la misma cantidad de infraestructura urbana que la que tiene ahora", dice Karl Traeger, arquitecto de la australiana Woodhead, que ya trabaja en China. También necesitará planearlo con cuidado. Edificios lujosos de última generación no sirven para alojar a ese ejército de obreros.
Es incierto saber cómo China va a manejar todo esto. La nación ahora espera superar a Alemania como la tercera economía del mundo. Pero, ¿crecerá Beijing como una metrópolis de belleza y alma (como París) o como una musculosa demostración de poder (como la visión de Berlín de Speer)? Es muy probable que sea la última opción, a menos que los principales líderes chinos -nueve hombres que estudiaron ingeniería- se pongan serios en su promesa de promover valores "humanos".