Cerca del cielo

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Sólo un creador de gran capacidad autocrítica, dispuesto a decirlo todo, podría ser tan cruel consigo mismo, y hay un toque de Dostoyevsky, de lucidez y de demonio, en este Bergman que se vuelca en sus obras para castigarse. "Estoy a veces en un mundo, a veces en el otro, y no lo puedo evitar", hace decir a la muchacha, y cabe entender que está hablando de sí mismo con sinceridad total. En un mundo Bergman espera a un Dios que no llega, pero no renuncia a esperarlo; en el otro ve las pasiones, los temores y los odios de sus semejantes y de sí mismo, utiliza ese inmenso material como tema y siente que en definitiva terminará haciendo poemas, cuadros, películas, pero le quedará pendiente todavía una esencial vocación de la vida. Hasta hoy no lo ha podido evitar.

Es una particular fortuna que Bergman no haya podido evitar esa dualidad, porque de ella ha surgido una carrera cinematográfica rica, intensa, inquietante, que ha tocado muy de cerca a la vida interior de miles de espectadores. El Bergman metafísico, agitado espiritualmente en algún lugar de Suecia, no habría producido por sí solo ningún efecto exterior y hoy sería un lejano sacerdote, quizás un ignorado suicida. El Bergman dramaturgo y comediógrafo, si se hubiera limitado a saber la expresión de todo y el valor de nada, sería hoy un autor intrascendente y no habría progresado quizás más allá de sus primeros films. En la dualidad está la creación.

(*) Fragmento de la reseña de Homero Alsina Thevenet de "Detrás de un vidrio oscuro" de Ingmar Bergman publicada bajo el título "Profundo y conmovedor" en El País en octubre de 1962. Incluida en "Crónicas de cine", Editorial de la Flor, Buenos Aires, 1973.

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