THE ECONOMIST, NEWSWEEK
Como una estrella de cine, está llegando tarde, pero eso solo alimenta el apetito de sus fans por verlo. Miles esperan parados bajo el vicioso sol del mediodía en un parque de Reno, Nevada. Ningún otro precandidato presidencial puede convocar una multitud tan grande, apasionada y políticamente diversa. Reggie Willis, un estudiante de medicina, votó por George W. Bush en 2004, pero ahora dice que Barack Obama es "el tipo por el que estaba esperando Estados Unidos". Eileen Larsen, de California, piensa que es "uno de los mejores que ha visto", pero se preocupa de que su voto no hará la diferencia porque Bush está planeando un golpe de Estado.
Obama eventualmente alcanza el escenario y comienza a masajear a la multitud con su seductora voz de barítono. La actual filosofía en Washington, dice, es que "si sos un niño que no tuvo la sabiduría para elegir a los padres correctos", hace una pausa, "estás por las tuyas". Todos aplauden. Llama a una nueva política, menos egoísta, menos tímida, que "refleje el corazón de la decencia del pueblo estadounidense". El público está demasiado dedicado a amarlo como para preguntarse qué es lo que eso significa en realidad.
De todos los candidatos a la Presidencia, Obama es por lejos el mejor orador. La gente siente que les habla individualmente a cada uno. Michelle, una fan en Reno que trabaja con discapacitados mentales, dice que envió una sugerencia al sitio web de Obama, urgiendo a hacer más difícil que los psicópatas compren armas. Más tarde, Obama hizo precisamente esa sugerencia. Michelle piensa que fue gracias a su comentario. Otros sospechan que el honor le pertenece al demente que esa semana mató a 32 personas en Virginia.
Hace tres años, nadie había oído hablar de Obama, apenas un político local en el estado de Illinois. Entonces, dio un discurso en la convención del Partido Demócrata en 2004, cuando buscaba una banca en el Senado de Estados Unidos. Su optimismo y su historia de vida funcionaron espléndidamente. Él es, le contó a la convención, el hijo de un keniata que creció como pastor de cabras y fue a la escuela en una choza con techo de lata. Su padre consiguió una beca "para estudiar en un lugar mágico, Estados Unidos", donde se casó con una mujer blanca en Kansas. A pesar de que no eran ricos, su hijo fue a la universidad de Harvard. "En ningún país del mundo, mi historia sería posible", dijo.
Ganó fácilmente su lugar en el Senado. Y mientras las mentes demócratas empezaron a mirar hacia 2008, los 28 años de los Bush y los Clinton, pusieron a muchos a salir a buscar una alternativa. La idea de que un senador en su primer período sin ninguna experiencia ejecutiva -salvo haber dirigido la revista de la escuela de leyes de Harvard (el Harvard Law Review-, pueda quedar al frente del gobierno más poderoso del mundo pareció, al comienzo, descabellada. Pero el evidente carisma de Obama lo ha vuelto posible.
Probablemente ayude que sea negro (o, por lo menos, mestizo). Una generación atrás, esto hubiera sido una desventaja letal. Pero ahora muchos estadounidenses tienen lo que Obama llama "hambre de cualquier señal optimista desde el frente racial". A muchos les encantaría votar a un presidente negro, para demostrarle al mundo y a sí mismos que no son tan intolerantes como pareció proponerse demostrar el gobierno de George W. Bush.
Un reciente estudio del Pew Research Centre ofrece evidencia de que los estadounidenses sí están dispuestos a aceptar la idea de un presidente negro. Primero, 92% dice estar preparado para un candidato afroestadounidense; en 1958 es cifra era el 37%. Más importante, los votantes blancos parecerían no estar mintiendo más sobre eso. Tan cerca como en los comienzos de la década de 1990, las encuestas previas a las elecciones que enfrentaban a un candidato blanco con un negro, hacían prever que al candidato afroestadounidense le iba a ir mejor de lo que le terminaba yendo. Ahora las encuestas están más ajustadas, sugiriendo que la mayor parte de los racistas encubiertos o se murieron o al menos se volvieron honestos.
Este es un gran cambio y Obama está bien posicionado para sacarle ventaja a eso. A diferencia de Jesse Jackson o Al Sharpton, no suena como un profesional de la queja. Ha luchado con temas raciales, de eso no hay duda. En su autobiografía, recuerda el horror infantil de ver a un hombre desfigurado por químicos blanqueadores de piel. Dice que le dio un puñetazo a la primera persona que lo llamó "mapache". Pero de adulto ha optado por la conciliación más que por el conflicto. Incluso ronda la idea de una acción afirmativa basada en clase en lugar de raza.
Algunos afroestadounidenses se preocupan de que no es realmente uno de ellos porque sus ascendientes no llegaron a Estados Unidos como esclavos y no tuvo ningún papel en los movimientos de derechos civiles. Se refirió a esas preocupaciones brillantemente en Selma, Alabama, en el aniversario de la marcha por el derecho de los negros a votar.
Su abuelo, dijo, fue un cocinero para los británicos en Kenia, que lo llamaban "muchacho", incluso cuando tenía 60 años. "¿Les suena familiar?", preguntó Obama. Sin el movimiento por los derechos civiles, su madre blanca y su padre negro no se podrían haber casado. "Mi propia existencia no hubiera sido posible si no fuera por algunas de las personas aquí presentes", dijo en un gesto de reconocimiento indispensable hacia los leones de los derechos civiles presentes entre la audiencia. "Así que no me digan que no puedo hablar de Selma, Alabama. No me digan que no estoy volviendo a casa en Selma, Alabama."
Los números aún no dan
¿Puede todo ese carisma conseguirle la nominación como candidato demócrata a la Presidencia? Las encuestas dicen que probablemente no. No puede competir con la organización de Hillary Clinton. Está unos 10 puntos detrás de la ex primera dama en sondeos nacionales entre posibles votantes demócratas en las primarias, y no lidera ninguna de las primarias estaduales: como están las cosas quizás no gane ni una de las primarias el año próximo.
Pero eso tampoco es tan concluyente. En un estado clave y de los primeros en tener sus primarias como Carolina del Sur, Obama y Clinton pelean voto a voto el favoritismo demócrata, principalmente entre los votantes negros, que son la base del partido en ese estado. Allí el nombre al frente de las encuestas cambia todos los meses.
Por otro lado, más de 150.00 donantes le dieron 31 millones de dólares para su campaña de las primarias, 10 millones más que a Hillary Clinton, y muy por encima de lo que consiguió cualquier candidato de demócrata o republicano.
Los afroestadounidenses conformaron el 11% del electorado en los comicios de 2004 y cerca del 90% de ellos votaron a los demócratas. Los latinos serán una comunidad más potente en el futuro pero en 2008, el voto afroestadounidense será vital. Obama es, además, el favorito de la llamada generación Myspace (referido al sitio de internet), un conglomerado aún menor, pero con una importante influencia en la formación del imaginario.
Así que a Obama hay que tomarlo con seriedad. Pero, ¿cuáles son sus propuestas, más allá de su capacidad para sortear divisiones partidarias y hablar con audacia sobre la esperanza?
Sobre Irak, su posición es clara. A diferencia de sus principales rivales, se opuso a la guerra desde el comienzo. Eso le dio buenos dividendos con la base demócrata, pero no garantiza que tenga la habilidad suficiente para salirse del embrollo iraquí, o que impresione a los indecisos sobre si va a tener mano dura en temas de seguridad.
De hecho, es mucho menos conciliador de lo que algunos de sus fans más entusiastas creen. Pretende incrementar el Ejército y los Marines en más de 90.000 hombres y darles mejor equipamiento. Asegura que "ningún presidente puede dudar en el uso de la fuerza", unilateralmente de ser necesario, cuando Estados Unidos o sus intereses vitales son atacados o incluso amenazados.
En temas más amplios de política exterior, es ambicioso e idealista. Dice que el puesto de líder del mundo libre está vacante y que lo quiere ocupar él. Quiere trabajar con Rusia para asegurar el material nuclear que anda suelto por ahí, pero simultáneamente buscaría presionar a Moscú por más democracia y transparencia. Pretendería reforzar a la OTAN, construir nuevas alianzas en Asia, detener el genocidio en Darfur, presionar hacia la paz en Medio Oriente y ayudar a los países más pobres a que construyan economías de mercados que funcionen. Todas son metas admirables, pero sólo ha dado un idea muy bosquejada de cómo las alcanzaría. América Latina jamás es mencionada, pero esa carencia la comparte con todos los demás candidatos
Su política de energía también ha sido apenas sobrevolada. En un reciente discurso en Detroit, el mes pasado, se refirió al tema en términos épicos. Después de Pearl Harbour, dijo, el presidente Franklin Delano Roosevelt les pidió a los fabricantes de autos que comenzaran a fabricar tanques y aviones de guerra. Exigió cantidades imposibles de armas, pero Detroit milagrosamente las entregó en tiempo y forma. Ahora, dijo Obama, la adicción estadounidense al petróleo financia a los terroristas y arriesga el planeta, así que es tiempo de volverles a pedir un sacrificio por la nación a los fabricantes de autos, exigiéndoles que acepten subsidios para hacer automóviles más amistosos con el medio ambiente.
Específicamente, ofreció aliviar los gastos de cobertura de salud, que le agregan 1.500 dólares al costo de fabricación de cada automóvil de General Motors. Eso es efectista: lo llama "salud por híbridos". Consultado de por qué rechaza un impuesto al carbón, la herramienta más simple para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, y una opción a favor de la cual coinciden casi todos los economistas, dijo que podría entender por qué a algunos les gusta la idea, pero un sistema de normas ecológicas podría funcionar mejor. "Impuesto" es una mala palabra, podría haber agregado, y los estados del carbón también votan.
No habla mucho sobre economía. Quiere gastar más dinero en un montón de cosas: escuelas, subsidio de salud, beneficios a veteranos, y mucho más. Cree que la globalización es inevitable, pero no parece muy feliz con eso. Su apoyo al libre comercio es tibio. Favorece acuerdos comerciales sólo si la contraparte acepta los estándares ambientales y si los trabajadores estadounidenses que pierden sus empleos son compensados. Votó a favor de un acuerdo comercial con Omán, pero en contra de uno con América Central. Está a favor de una cobertura de salud universal, pero su plan es menos audaz y con menos rigor en sus costos que el de su rival demócrata, John Edwards, que obliga a los residentes más ricos a comprar seguros de salud.
Una Presidencia de Obama traería una gran carga simbólica. Que el hijo de un pastor de cabras de Kenia llegue a la Casa Blanca, le diría a muchos, dentro y fuera de Estados Unidos, que el sueño americano aún está funcionando. Su oposición a las dos políticas que más han dañado la imagen de Estados Unidos (invadir Irak y el uso de la tortura) convencerá a muchos que representa un nuevo comienzo. Pero su inexperiencia preocupa a otros tantos, y es el motivo de la gran ventaja que le lleva Hillary Clinton. Como lo puso George Will, un columnista conservador, Obama le está pidiendo a los estadounidenses que "traten a la Presidencia como la puerta de ingreso a la vida política". Obama alguna vez cruelmente señaló que experiencia es lo que le sobra a Dick Cheney y Donald Rumsfeld.
La carrera racial
Obama encara muchos desafíos en su "improbable candidatura", como él la ha llamado, pero pocos son tan complejos o emocionales como los que tienen que ver con la política racial. Obama quiere ser el primer presidente negro de Estados Unidos, y para ganar ese puesto necesita una mayoría clara de los votos afroestadounidenses para conseguir la nominación de su partido. Pero no está en competencia como un simple representante de la comunidad negra, ni puede pertmitirse algo así. También necesita conquistar una amplia franja de los estadounidenses blancos. La pregunta: ¿puede seducir tanto a blancos y negros, y mantenerse fiel a sí mismo?
Para Obama y su esposa, Michelle, navegar en las turbulentas aguas raciales puede ser incómodamente personal. A Michelle le gusta decirle a sus seguidores que su hija de seis años llama a la nueva seguridad que rodea a la familia, "la gente secreta". Oficialmente, Obama es el precandidato presidencial al que le asignaron más temprano una custodia del servicio secreto debido a la excesiva atención que está recibiendo. Sin embargo, un factor clave de esa decisión podría ser una cadena de amenazantes correos electrónicos racistas que llegó a su despacho en el Senado. Esa información no ha sido confirmada por su entorno.
Esa clase de odio encubierto no es visible en la campaña. Muchos de los seguidores de Obama están cautivados por el alcance de su personaje, por su deseo de sanar las divisiones políticas estadounidenses y restaurar las relaciones de Estados Unidos con el resto del mundo. A otros les encanta su color de piel y la oportunidad de dar vuelta la página a más de dos siglos de dolorosa historia racial. Pero incluso esa frase -"dar vuelta la página"- es peligrosa. Los votantes negros temen que los blancos piensen que Obama es una suerte de liberación, la prueba de que los negros se están portando bien y que el juego se ha nivelado.
El propio Obama desprecia esa idea. "Rechazo ese concepto porque implica que de alguna manera mi campaña representa un atajo fácil hacia la reconciliación racial. Quiero ser bien claro en esto para que no haya confusiones. Vamos a tener que trabajar mucho para superar el legado de la esclavitud. Eso no se compra de oferta", asegura el candidato.
Desde sus primeros años como político, Obama ha hecho una carrera basada en la reconciliación de bandos enfrentados. Ha sido capaz de apaciguar a algunos blancos conservadores, quienes se han visto sorprendidos por su falta de una agenda basada en la queja, y alentados por su pragmatismo. Y lo logró, en gran parte, sin alejar a sus seguidores afroestadounidenses. La historia de cómo transitó por esa cuerda floja, revela mucho de la clase de político que es Obama, y de cómo podría comportarse en la Casa Blanca.
Pero su búsqueda de consenso ha levantado suspicacias en algunos colegas negros.
Obama se siente más cómodo en el trabajo de base, yendo a los lugares y hablando con la gente. Eso es parte de su carisma pero también una contra: aspira a ser presidente de Estados Unidos, no edil, y sus asesores son conscientes que ese tipo de acercamiento a la política no siempre puede traducirse en una campaña presidencial moderna. Sus discursos son seguidos con un respetuoso silencio, no con estridentes ovaciones; sus mitines políticos tienden a convertirse en talleres sobre política. Se lo nota incómodo cuando tiene un tiempo límite ya que arma sus discursos con grandes párrafos, que requieren atención.
Nada que no se pueda remediar, pero el tratamiento habitual (eso es mayor control de sus modales en escena), podría terminar matando al candidato. Los dos últimos aspirantes demócratas, John Kerry y Al Gore, pasaron a ser otras personas cuando sus consultores intentaron "corregir" sus personalidades. Por ahora, Obama no ha sufrido ese sacudón pero la presión irá en aumento de acá en adelante.
Obama no ignora eso. "Primero es la estrella de rock que necesita probar que es serio en temas políticos, lo que es irónico porque él ama la política", dice alguien de su entorno. "Además es muy serio y necesita ser más simplista en televisión. Es duro para él, especialmente porque es muy autocrítico".
Una de los caminos que tendría Obama para evitar que los consejos de asesores profesionales dañen su carisma es ir y pedir directamente consejo a la gente común; son sus historias las que le dan energía. Su acercamiento al tema del sistema de salud es un buen ejemplo de eso. El candidato hace tiempo bocetó sus prioridades en ese tema en su libro The Audacity of Hope (La audacia de la esperanza): más atención preventiva, historiales médicos de alta tecnología y un plan de seguro basado en el de los empleados federales. Su equipo de 11 miembros que traza sus políticas consultó a ocho académicos (incluyendo cerebros de Harvard y Yale) y un grupo más amplio de 100 expertos. Pero ninguna de sus conclusiones le aportaban a Obama la dimensión real del problema. Así que decidió invitar a que los seguidores enviaran sus historias con el sistema de salud estadounidense al sitio web del candidato. En su siguiente discurso mencionó algunos de los casos que ahí se contaron.
Pero las anécdotas de la vida real son un viejo recurso de campaña que no lo van a salvar en la televisión. Ahí enfrenta otro problema: Obama habla de esperanza y cambio, pero sus políticas son menos radicales que sus palabras.