Atrapados con salida

| Hace un año abrió el Portal Amarillo, el primer centro público para los adictos a la pasta base, donde se les da una mano a quienes están a un paso de perderlo todo.

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¿Cuántos somos por cama? pregunta Jorge. "Vas a tener tu cama y un lugar para tus cosas", le contesta la enfermera. Sus ojos miran fijo por primera vez, por la sorpresa,y porque además está medicado. Está ingresando al Portal Amarillo, el centro de rehabilitación del Estado para adictos a la pasta base.

"Entro a las 11 en punto y no quiero llegar tarde aunque los nervios me comen voy con mamá ella me está apollando en todo y la verdad que me sirve monton. Si no fuera por ella estaría perdido todavía no se ni donde ni con que la verdad que la voy a extraniar mucho no no quiero ir pero es lo mejor para todos creo". Javier tiene 22 años, antes de internarse le escribió esta carta a la madre y se dibujó en un papel contra un muro, aquel contra el que fumaba, a 10 cuadras del Portal. La imagen muestra a un muchacho solo sentado apoyado en la pared. "El del gorrito soy yo. El muro es jodido porque están todos fumando. Es jodido, estar ahí es muy jodido". Alrededor de él dibujó una botella rota, piedras y un pájaro contra el piso.

Desde su fundación, en mayo de 2006, el Portal Amarillo recibió a 761 personas y atendió 3.400 consultas telefónicas. Cada semana lo visitan un promedio de 150 pacientes y 40 familias. Actualmente, los técnicos del Portal están haciendo las primeras evaluaciones. Para ello llamaron por teléfono a 56 usuarios que hicieron el tratamiento, dejaron de asistir y se perdió el contacto con ellos. Según los testimonios de los familiares y los pacientes, la mitad no consumió más; el resto sí. Los datos son alentadores, sin embargo, los técnicos entienden que deben ser prudentes porque la recaída forma parte del proceso de rehabilitación de una adicción, sobre todo, en una droga tan traicionera como la pasta base de cocaína. En Europa las evaluaciones con drogas tan tóxicas como el crack y la heroína, comienzan a realizarse recién al quinto reingreso del paciente, explicó la directora del Portal, Susana Grunbaum. Es por eso que el Portal Amarillo aún no ha podido dar un alta.

Llegar al Portal

Unas rejas y un timbre. Desde adentro la recepcionista abre la puerta del Portal Amarillo, en Carlos María de Pena y Coronilla, Nuevo París. Prolijo, limpio, pintado de amarillo y violeta, el centro abarca casi una manzana. Hace frío, pero Juan sólo tiene puesto un pantalón y unas chancletas. Tiene los brazos lastimados con cortes y fuma todo el tiempo. Hace días que no se baña. Quiere internarse y espera que lo reciban. Una madre y su hija, abrigadas, fuman sentadas en un muro. Están esperando para iniciar su terapia: la madre, en el grupo de familiares, la hija, en el de usuarios.

Cuando Pablo se acercó lo invitaron a participar en un "grupo de transición" a los que asisten los pacientes y sus familiares hasta que tienen una entrevista con especialistas y se decide en qué programa pueden ingresar. Estos grupos se formaron después de que se inauguró el centro, porque no daban abasto y tenían que dar respuesta a quienes se acercaban mientras aguardaban para tener la entrevista con los técnicos. Hoy funcionan ocho grupos de transición por semana, cinco de consumidores y tres de familiares.

Daniel quería dejar de fumar pasta base, había fumado unas horas antes de ingresar y sentía que solo no podía. Durante la entrevista dos especialistas analizaron su situación y resolvieron que la internación era lo mejor. Después entrevistaron a su madre. Siempre es así: primero el usuario, después la familia, cuando hay. No todos se internan, no todos quieren o pueden plantearse la abstinencia inmediata y el aislamiento que exige la internación. Algunos buscan disminuir el consumo, otros se acercan presionados por su familia o porque un juez los intimó y temen ir presos. Según el último informe del Observatorio de Drogas de Uruguay de diciembre de 2006, la mayoría -59%- ingresó al Portal en forma voluntaria, 20% presionado por la familia, 15% por indicación judicial y el resto por indicación médica. Para internarse el Ministerio de Salud exige que la persona tenga 15 años, para el régimen ambulatorio, 12.

En el Portal funcionan tres programas: internación, ambulatorio y centro diurno. Los pacientes suelen recorrer los distintos programas. Algunos comienzan haciendo terapia en el ambulatorio, intensifican el tratamiento en el centro diurno, que incluye más actividades y tiene más carga horaria. Otros se internan para luego hacer un seguimiento en el ambulatorio.

Después de la entrevista el centro llena un formulario donde se registran los datos del paciente, que son enviados en forma anónima al Observatorio. Quienes ingresan al Portal pertenecen exclusivamente al sistema de salud pública, la mayoría son varones que promedian los 23 años y provienen de medios socioeconómicos bajos, 60% son desocupados al momento de ingresar, la mayoría perdió su trabajo por el consumo. Al menos 90% terminó Primaria, 50% comenzó el liceo y no finalizó, y 1% terminó estudios terciarios. Algunos llegan con mucha carga de exclusión social, son segunda o tercera generación de familias muy pobres y "el problema de las drogas es el corolario o uno más de tantos", explica Grunbaum. Cuando se combinan la exclusión, la pobreza, los problemas familiares y las dificultades personales se dan las situaciones más complejas.

Grunbaum explicó que, si bien la pobreza y la marginación pueden propiciar el consumo de pasta base, no son determinantes de un perfil del consumidor. "Si hay un perfil, es haber sufrido situaciones afectivas graves, de maltrato, de abuso, de pérdidas importantes. Es lo que se ve sistemáticamente".

Respecto a las enfermedades psiquiátricas el informe indica que 32 % llegó con un problema de ansiedad, 16% con depresión y 4% con psicosis y esquizofrenia. Para Grunbaum, que es psiquiatra, ese dato sólo describe la situación del paciente cuando ingresa. En muchos casos es difícil detectar qué empezó primero, si la adicción o el problema psiquiátrico; en algunos conviven ambas enfermedades; en otros una es consecuencia de la otra, sobre todo la depresión y ansiedad. Incluso, la depresión puede verse como un buen síntoma: "se ven a sí mismos de otra forma y ven todo lo que perdieron. El problema es el perfil que se forma, que termina discriminando: `pobre, plancha, chorro. Y ahora, loco. Siempre ponemos lo que no queremos lejos y en el otro".

Suelen llegar al Portal desnutridos, con problemas respiratorios, cardíacos, hipertensión, carencia de salud bucal, quemaduras y lesiones en manos y boca, provocadas con las pipas con que fuman. Por compartirlas y por el descuido de sí mismos corren riesgo de contagiarse de enfermedades infecciosas transmisibles como VIH y hepatitis B y C. Fumar pasta base puede traer complicaciones psiquiátricas, paranoia, alucinaciones; trastornos cognitivos, problemas de memoria y atención. Las mujeres pueden perjudicar sus embarazos: abortos espontáneos, desprendimiento de placenta, anticipación de los partos, explica el médico toxicólogo Antonio Pascale.

Recuperarse depende del caso, del tiempo, la intensidad del consumo y el grado de deterioro del organismo. Pascale es alentador: "Suelen ser jóvenes y sus organismos favorecen la recuperación. Más allá de los daños generados, siempre es beneficioso dejar de consumir".

Desintoxicarse es duro: sudor, calor, temblores, nerviosismo, dolor abdominal, diarrea. El proceso suele hacerse en la internación y se estima que entre 20 y 40 días son suficientes para sacar la sustancia del organismo. Pero la rehabilitación recién comienza: recuperarse es un proceso muy largo y difícil, que en algunos puede durar años. Implica cambiar los hábitos, reconstruir un proyecto de vida y volver a la sociedad, para reinsertarse o insertarse, si nunca lo estuvieron.

En la recepción la gente va y viene. Un médico pasa y una mujer se le acerca. El pelo desteñido, vaqueros, campera de nylon y alpargatas con medias de lana: "Me parece que le dieron demasiado medicamento, no pudimos levantarlo para que venga", lo increpa. "La medicación es la correcta, señora, su hijo pasó cinco días consumiendo, sin comer ni dormir". Una pareja está recostada a la pared, están juntos pero ni se hablan ni se miran. Él mira el piso, ella se esconde atrás de la campera y estira las piernas flacas, tanto, que el hueso de las rodillas parece querer atravesar el pantalón deportivo. Están esperando al psiquiatra, vinieron caminado desde la Curva de Maroñas. Otro se acerca a un enfermero y le da un beso. "¡Viste qué gordito que estoy!".

El centro tiene dos pisos. Arriba, a la izquierda de la recepción están los salones donde se hacen las terapias. En uno una psicóloga dirige un grupo de familiares de pacientes que asisten al centro, también aquellos que se acercaron al Portal buscando que los orienten y estrategias para convencer a sus hijos de que realicen un tratamiento. A la derecha de la recepción está instalado el centro residencial: una sala blanca espaciada conduce a dos corredores. Uno, con los dormitorios de los pacientes: siete cuartos, 20 camas y la enfermería. En el otro está la dirección, la farmacia y el comedor.

En la sala un muchacho duerme en un sillón frente a una televisión encendida. Al lado, otro mira el piso. Uno se acerca a una biblioteca que tiene pocas cosas: revistas de ciencia, deporte, historia, y alguna novela. Saca una revista y va para su dormitorio.

Dormir de noche, levantarse de mañana, tender la cama, bañarse, lavarse los dientes, comer con horarios, cooperar en la limpieza y cocina, cuidar las pertenencias, hacer deportes y jugar son hábitos que muchos perdieron durante el consumo o que nunca tuvieron. Incorporarlos forma parte de la terapia en el centro. También generar valores: "se busca crear un grupo donde haya solidaridad, libertad para expresarse y aprender a escuchar al otro", dice el psicólogo Daniel Lapunov.

Juan observa hace rato. Veintidós años, campera negra de cuero, vaquero y championes negros. Se le traba un poco la lengua cuando habla, tal vez por la medicación, pero insiste. "Tengo el título de tu nota. `¿Cuánto te falta?`, cuánto te falta para la pasta, cuánto te falta para estar dónde estás, para terminar en la calle, cuanto me falta para irme de acá, cuanto te falta para volver a fumar, ¿cuánto te falta para morirte". Hace 22 días que está internado. Se acercó al Portal cuando le dijo a la madre que se "había fumado una herramienta": vendió una podadora para comprar pasta base. "Le pregunté si me quería. Hice muchas cagadas. No aguantaba más". Mide 1.80; cuando llegó pesaba 55 kilos, ya está en 60.

En la dirección los técnicos entran y salen. Una carta llega a los médicos, un padre decidió que no va a hacer nada más por su hijo, dice que, literalmente, se los entrega. Una doctora está tratando de ubicar en el INAU a un muchacho que dejó de asistir al ambulatorio, hizo una rapiña y sabe que están por llevarlo a la colonia Berro. "Tendría que volver, es muy pichón para la Berro, sería una macana." Hay un ingreso, por lo que hay que reservar un almuerzo y una cena extras. "Por ahora no más manzanas", comenta una enfermera. Con las cáscaras y un poco de levadura que encontraron en la basura varios internos hicieron "escabio", la bebida alcohólica carcelaria. Hay que acompañar al cuarto al que se durmió frente a la televisión. Además, está engripado.

El residencial empezó a funcionar el 21 de julio. Desde entonces pasaron 200 pacientes. Hoy son 17 varones y dos mujeres, que duermen en un cuarto frente a la enfermería. A través de un convenio con el INAU, se instalarán 15 camas más. Para esta semana están previstos dos ingresos, pero la situación cambia todo el tiempo. Los internos son pocos, pero Grunbaum insiste en que el problema no es el número de camas ni la internación: "Mientras están acá están en una situación artificial, la vida está afuera". Entiende que la inserción social es lo más importante: trabajo, vivienda, familia, amigos. "Retomar lo perdido o lo nunca obtenido, tener una vida con proyectos. Eso es lo primordial".

Salir del Portal, volver al mismo lugar y a la misma gente con que consumían y no enfermar de nuevo es uno de los desafíos más duros para un adicto, sobre todo, si no consigue trabajo o no vuelve a estudiar. "Tienen que alejarse sí o sí, es uno de los duelos que tienen que hacer. Ellos crearon una suerte de personaje social en su entorno que les da identidad, si logran tener un nuevo entorno y un estilo de vida distinto posiblemente la abstinencia la puedan hacer toda la vida. Si trastabillan en salir o en lograr hacer cosas nuevas es probable que recaigan", dice el psicólogo Lapunov.

Fumar pasta base los conecta con sus zonas cerebrales más primitivas y el impulso de fumar es tan intenso que sienten que si no fuman, se mueren, explicó Lapunov. Por eso, agregó, se irritan, se enojan, se violentan y por eso es importante que aprendan que pueden controlar la compulsión de fumar, que dura 15 minutos. Hay que aprender a sortear ese momento.

Jorge está muy flaco, tiene los labios quemados y los dientes, pocos, picados. Hace dos días que ingresó por segunda vez. La primera vez estuvo en el ambulatorio, pasó al internado y durante dos meses no consumió. Cuando salió del Portal lo primero que hizo fue visitar al hermano a la cárcel y no paró de fumar pasta base por tres meses. Volvió al Portal con un asistente social que se le acercó cuando estaba durmiendo en la calle.

"A mí me cuesta mucho, muchos recuerdos, muchas cosas, voy para el barrio y está todo ahí, para el lado que vaya yo sé dónde están, ya no tengo amigos, mi amigo era la pasta. Y es horrible, porque ya no tengo nada, sinceramente no tengo amigos, no tengo novia no tengo nada. Tengo que hacer vida nueva, salir arrancar para un liceo y hacer todo nuevo, liceo, novia, laburo nada nada nada. No quiero hablar más", dice Martín, 22 años, que hace 18 días que está internado en el Portal.

Si no tienen dónde volver porque nunca tuvieron un hogar o no recuperaron el vínculo familiar, cuando salen del internado duermen en los refugios y pasan el día en el Portal hasta que hallan otras actividades. Otros vuelven a sus casas pero se procura que estén todo el día fuera del barrio. Los que pueden se mudan.

La enfermera Cristina Sanabia atiende los teléfonos. La mayoría son madres, también las que se acercan al Portal. "Es la última que deja el barco, la que le cuesta más desprotegerlo". Suelen llamar en situación de crisis: algunas enojadas porque sus hijos les dijeron que dejarían de drogarse y volvieron a hacerlo, otras desesperadas porque su hijo se fue y no vino, o porque vació la casa, porque vendió toda la ropa, porque está cada vez más flaco, porque pidió ayuda una noche y a los dos días volvió a consumir. El rol de Sanabia es informar, contener, si hay alguien en crisis procurar acompañar al usuario hasta que pase el tiempo más crítico, derivar a una policlínica y aconsejar la asistencia. En un mes llamaron 180 personas, la mayoría desde Casavalle, Punta Rieles y Casabó.

En el centro hacen terapia con psicólogos y psiquiatras, toman medicación, sobre todo antidepresivos y ansiolíticos. Hacen gimnasia, teatro, juegan al playstation, a la pelota, miran videos -La suerte está echada nunca falla si están tristes- y, ahora, hacen fogones, uno por mes.

Noche de fogón

De noche hace frío y llovizna, pero en el patio hay una fiesta. En una mesa sirvieron las pizzas que cocinaron en la clase de cocina de tarde. Al lado, improvisaron una parrilla para hacer hamburguesas. Escuchan cumbias y rock, según el que se acerque a la radio. Esa noche despiden a dos compañeros.

Una es Marisa, que está bailando con paso de murga En la vida no queremos sufrir de Los Fabulosos Cadillacs. "¿Cómo está mi hijo?", bromean varios, por su barriga, "Ya la voy a adelgazar", contesta despreocupada. Todos muestran las panzas para alardear que están más gordos y van contando los kilos día a día. "Hace una semana que entré y ya engordé dos kilos", dice Gonzalo, de 17 años y cuerpo de 12. Hablan de bailes, de que se van a ver afuera, de qué será de aquel que no vieron más, del día que alguien metió pasta base y fumaron y del lío que se armó. Desde entonces tuvieron que reforzar algunas medidas, como revisar a las visitas.

Marisa está contenta y asustada: frente a su casa hay una boca donde venden pasta base. De noche dejaba a sus dos hijos, se escapaba y cruzaba. "Tengo 30 años, mi padre me sacaba a upa, qué vergüenza, delante de mis hijos". "Afuera va a ser difícil, si pudiera mudarme, me mudaba, pero no puedo. Pero a la casa de masajes no vuelvo más". Es enfermera y tiene pronto el currículum.

Argimón, el educador social que organizó el fogón, reparte dos cigarrillos para cada uno. Toman refrescos, comen pizza y el más grande, de 26 años, va haciendo las hamburguesas y dando lecciones de asador. Adentro, lavan los platos y los cubiertos. El educador preparó una actividad para terminar el día. Les pide que caminen, que recorran el salón, que elijan un recuerdo de la infancia y se acuesten. Les entrega velas y va pasando un encendedor para que las enciendan. Gonzalo se echa sebo en las manos. Martín no cierra los ojos, se recuesta contra la pared y mira, y llora. Es el otro que se va al otro día. Juan se duerme, otro se ríe. El resto enciende las velas. El educador les entrega unas hojas y una lapicera para que contesten unas preguntas. La mayoría escribe, tirados en el piso y en silencio. Juan sigue durmiendo.

Martín tira un cigarrillo que estaba fumando para formar un círculo. Otro lo levanta y le da varias caladas para encenderlo. Juan sigue durmiendo. El educador zafa una mano y empieza a girar, todos se van enroscando sin desprenderse y empiezan a formar un caracol. Martín se suelta y abraza al educador. Uno de los psiquiatras lo despide con dos palmadas en el hombro. "Tenés un familión, aprovechá la bolada". Una enfermera viene a despertar a Juan.

En la enfermería Marisa habla por teléfono con el padre: "Traeme las piolas para atar el bolso, a las dos de la tarde, ¿venís no? Te amo". El resto hace cola. Es hora de las "canicas", como le dicen a la medicación que les corresponde a la noche. Daniel se asoma porque quiere cigarrillos. Pueden fumar ocho por día. Tiene un libro bajo el brazo, El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano, que le prestó un docente para que lea antes de dormir. Quiere cambiarlo por cigarrillos. Gonzalo espera para hacer una llamada telefónica. En un cuadernito tiene anotada las horas de las terapias y los números de teléfono de la madre, de la maestra de la escuela a la que dejó de ir y el de la educadora del refugio donde se quedó un tiempo. Decide a quién llamar.

Daniel, el que quiere cambiar a Galeano por cigarrillos, llegó al Portal hace cinco días. Tiene 15 años, pero parece de 12. Estuvo dos semanas en el ambulatorio y después pasó al internado. "No sé si estoy contento, pero la voy llevando bien, pido alguna pastilla, me fumo algún cigarro, trato de no pensar, hoy estaba haciendo pizza y me parecía que estaba con la pipa en la boca. De tanto tiempo de consumir todos los días, ahora pienso que estoy consumiendo y no estoy consumiendo, es como si ¡ah! ya me fumé un medio y no me fumé nada". Él empezó a fumar a los 11 años, estuvo en la calle, vendiendo estampitas en los ómnibus, robando celulares y carteras. Después se había armado un galpón con latas en el fondo de la casa para fumar con el hermano. Si tenían hambre, entraban a la casa. "Mi hermano me djio que soy un gil, que para qué me voy a internar, que él no para hasta la tumba. Mi madre no existe".

Susana la madre de Luis empezó asistir a las terapias de familiares hace tres semanas. "Me acosté a las cinco porque mi hijo estaba ansioso. Me pasé toda la noche fumando cigarros con él, jugando a las cartas, tomando mate, se empieza a comer las uñas y a transpirar horrible. Mira la puerta, mira de un lado, me dice `quiero salir pero no voy a salir mamá`. Camina de un lado para otro. Como se le cae el pelo, piensa que se le está deformando la cabeza. `Vení mamá, conversá conmigo`". Susana dice que no se identifica con las historias que cuentan los familiares, que la historia de su hijo no es para tanto.

Ansioso, Juan, el de campera negra de cuero, se sube a un banquito para asomarse a la ventana. La madre viene a visitarlo, la ve por la ventana. El vidrio está empañado, lo limpia con la campera y empieza a agitar los brazos y a gritar mami mami.

Además del taller de prevención de recaídas, hay otro que se llama habilidades para la vida, sobre todo para manejar la agresividad; un grupo especial para adolescentes, porque las edades de los usuarios varían y entienden que es necesario un espacio específico para ellos y un grupo nuevo, de mujeres, que suelen ser muy pocas, y surgió a partir de que varias plantearon que se querían ir porque las incomodaba que hubiese varones en los grupos de terapia. Allí pueden hablar de temas de experiencias como haber tenido que llegar a la prostitución, un mundo que muchas de ellas conocen.

Carlos trabajaba en un supermercado, tenía Disse y estuvo internado en centros privados derivados de la mutualista. Por eso ni quiso internarse. Dice que estaba cansado de tanta pastilla y encierro. Hace cuatro meses que asiste al centro diurno, tres veces por semana. Para calmarse fuma marihuana. "Arreglé con mis padres, ellos me dan dos porros por día. Mi hermano chico los consigue. Tomo unos mates y quedo tranquilo, con la marihuana la voy llevando, no me pega para hacer loqueras. Y me dan una pastilla de noche para dormir, quedé medio asqueado de tanta pastilla", dice Carlos.

En los casos que el paciente no está dispuesto a la abstinencia total y lo que quiere es disminuir el consumo de pasta base, la marihuana es una alternativa como parte del tratamiento afuera del Portal. Adentro no se fuman porros: "No puedo prescribirlos, no se pueden ir a comprar a la farmacia", dice la directora. "Bajar las dosis, alternarlas con marihuana forma parte de la reducción del daño. Que un paciente me diga que fuma un porro y se calma y no consume pasta base, es muy positivo, forma parte de la reducción del daño y puede ser un camino a la abstinencia", dice la directora.

"Estoy contento de andar bien, estoy contento de estar bien vestido, gordo, en vez de andar gileando caminando toda la noche para arriba y para abajo", dice con una sonrisa Luis, quien fumó pasta base durante cuatro años. Ese tipo de frases alienta las esperanzas de los que trabajan, a diario, con aquellos que encuentran en la droga el placebo ante tanto descalabro.

Receta mortal

La pasta base de cocaína es un derivado de la hoja de coca. Es un producto intermediario en la elaboración del clorhidrato de cocaína (lo que se conoce habitualmente como cocaína). Se prepara a partir de la maceración y secado de las hojas de coca, más el agregado de diferentes solventes como queroseno, gasoil, amoníaco y ácido sulfúrico (entre otras). Es un polvo blanco amarillento, que contiene un porcentaje variable del alcaloide cocaína (en las investigaciones internacionales oscila entre 40 a 80 %). Además, tiene otros alcaloides de la hoja, impurezas o contaminantes derivados de su producción y adulterantes que se agregan para aumentar el volumen y para imitar o potenciar los efectos de la cocaína, explicó el médico toxicólogo Antonio Pascale.

Las cocaínas fumables (pasta base, crack) son sustancias liposolubles que atraviesan las membranas celulares y desde el pulmón alcanzan de inmediato la circulación sanguínea y el sistema nervioso central, ocasionando euforia en pocos segundos. Su efecto aparece y desaparece más rápido que si se inhala cocaína y genera ansiedad, depresión y una fuerte compulsión por volver a consumir. Esto explica el gran poder adictivo de las cocaínas fumables y que el usuario consuma en forma ininterrumpida.

Los primeros registros de pasta base en Uruguay fueron a fines de 2002. Ese año y el siguiente las incautaciones de pasta base se registraron junto a las de cocaína: 43 kilos en 2002, 50 en 2003. Desde 2004 comenzaron a separarse y fueron creciendo año a año: 29 kilos de pasta base en 2004, 49 en 2005, 98 en 2006 y hasta junio de 2007: 36 kilos, según la Junta Nacional de Drogas.

En 2006 procesaron a 466 personas por la Ley de drogas, que incluye suministro y tráfico, 111 fueron por pasta base. Hasta junio de 2007 se procesaron a 234 personas por esa ley, 79 por pasta base. El director Nacional de Cárceles, Julián Rodríguez, dijo que la mitad de la población carcelaria es adicta a la pasta base.

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