Líbano, un país en caída libre

| Los sueños de libaneses de ser la "Suiza de Oriente" siguen postergándose, un año después de que esa nación fuera campo de batalla entre Israel y la milicia Hezbollah.

Daños. Libaneses ondean su bandera nacional por las calles de un suburbio del sur de Beirut. 400x300
Daños. Libaneses ondean su bandera nacional por las calles de un suburbio del sur de Beirut.
AFP

Quharta estoy de tener que escribir sobre Líbano. Sobre la violencia en Líbano. Sobre sus señores de la guerra reciclados en políticos, ya estén en el poder o en la oposición, o sobre sus magnates convertidos en salvapatrias mimados por Occidente. Qué harta estoy de escribir sobre el tumor de sus refugiados palestinos, sobre sus chiitas, sunitas y cristianos. Qué harta estoy de las componendas de antisirios y de prosirios, de antiiraníes y de proiraníes, de antiestadounidenses y de proestadounidenses. Qué harta estoy de las resoluciones de la ONU tomadas en los dos últimos años a toda prisa en un Consejo de Seguridad enseñoreado por el mismo Estados Unidos que veta toda resolución justa pero perjudicial para Israel. Qué harta estoy del baile de autoridades internacionales que se pasean por Beirut para hacerse la foto y asegurar su influencia, su pie dentro de lo que aquí va a suceder. Mientras, los libaneses van perdiendo su alma, van perdiendo su sombra.

¿Qué pone Líbano sobre la mesa? ¿Cuántos muertos, cuántas cargas explosivas? Sí, es cierto, sus estallidos poseen todavía el viejo glamour de sus antiguas guerras. O el horror añadido del nuevo ingrediente desestabilizador terrorista. Las pataletas sangrientas que, intermitentemente y cada vez con mayor frecuencia, se producen en este país, llevándose por delante a decenas de personas -algunas de mucho lustre: ex primeros ministros, ministros en activo, periodistas, diputados-, todavía nos sorprenden, aún nos excitan. Reporteros de todo el mundo narran lo que pueden desde el lugar de los hechos y, cuando éstos se disuelven o se enquistan hasta perder interés -Líbano es un hervidero de pústulas históricas: como los campos de refugiados palestinos, cuya costra se resquebraja en cualquier momento, liberando mares de pus y sangre-, todavía esperan que ocurra algo más que justifique los gastos del viaje y que les dé un momento de gloria: hechos palpables que se puedan filmar, fotografiar, describir. Entretanto, intentan comprender y analizar. Entrevistan a los mismos de siempre, que repiten los discursos de siempre. Si tienen suerte, boooom. Si no, el rellano ágrafo -reacio a la descripción, cambiante, sinuoso- de la escalera en descenso sin parada definitiva les expulsa. La quietud, también indescriptible: hasta la próxima convulsión.

Si medimos la tragedia de un pueblo por la altura que alcanzaron sus sueños, y deberíamos hacerlo porque nuestros sueños nos definen -cuando deforman la realidad fabrican un mundo paralelo que acaba devorando lo real: entonces se llaman delirios-, Líbano merece presidir el escalafón de las caídas. En descenso libre se encuentra, precisamente, ahora. La guerra de 2006 hizo retroceder 20 años este país -que ya había retrocedido mucho, como resultado de la guerra incivil librada entre 1975 y 1990- y puso al descubierto su fragilidad. Según la comisión de investigación creada por Naciones Unidas en relación con el respeto a los derechos humanos en el conflicto que tuvo lugar en Líbano desde el 12 de julio hasta el 14 de agosto de 2006, el resultado fue el siguiente: 1.147 muertos (mayoría de civiles, mujeres y niños) y 4.409 heridos (lo mismo); 735.000 personas se vieron obligadas a buscar refugio dentro de Líbano, 230.000 tuvieron que hacerlo en el extranjero; Israel realizó 30 ataques directos contra posiciones de la ONU, y el mayor daño se infligió, por parte de las Fuerzas Armadas israelíes, a las estructuras civiles, incluidas aquellas más necesarias.

Un año después de la guerra, la agricultura, de la que vive gran parte de los libaneses, sigue necesitando desesperadamente una ayuda oficial que no llega. Los presupuestos generales del Estado apenas le dedican el 1%, mientras crece de forma colosal el gasto militar y no se somete a vigilancia a las compañías privadas de seguridad, algunas muy poco transparentes, que han brotado como setas, favorecidas -lo mismo que en Irak, si se fijan- por estas desgracias.

Llegados a estas alturas del calendario hay que decir que la ruina alcanza a todo Líbano. Como resultado de la invasión israelí de 2006, que, en el Estado hebreo, el Comité de Símbolos y Ceremonias ha decidido llamar Segunda Guerra del Líbano -la primera fue en 1982-, la fragilidad del Estado quedó al descubierto más que nunca y propició que los viejos dueños del asunto afilaran sus garras.

Las primeras bombas de Israel cayeron el 12 de julio y obligaron a los periódicos libaneses a cambiar de temáticas. Hasta entonces sólo hablaban del Mundial de Fútbol que aquí se seguía con fervor aunque sin equipo, y de la necesidad de que los políticos de uno y otro signo se reunieran para formar un gobierno de "unidad nacional".

Reunirse para unirse, nacionalmente hablando. Es exactamente este tipo de llamadas, en grandes titulares, lo que publican los periódicos mientras escribo esto. Es finales de junio y ocupo una habitación de un hotel de Ashrafiyeh, zona cristiana, porque el sector sunita en donde tengo mi apartamento, en Hamra tocando con Qoreitem, se ha puesto insoportable de controles, de hombres armados. Hay una explicación. Detrás de mi bloque se encuentra el palacio de Saad Hariri, cuyos defensores se han ido apoderando poco a poco de mis queridas calles. Ir a la compra supone que te registren unas ocho veces de ida y otras tantas de vuelta, al menos cinco tipos de defensores de la seguridad del heredero. Soldados, policías de alta seguridad, agentes de las brigadas negras que parecen de Mussolini, seguridad privados con camisa roja y boina a juego, y, lo más temible, chicos jóvenes y musculosos de barba y cabello rasurados al uno, con una pinta de milicianos en ciernes que tumba. Les diré que encargar la compra por teléfono y que te la traigan supone algo peor: que el pequeño sirio que trabaja como recadero llegue a tu piso cogido del cuello por uno de estos esbirros vestidos de paisano.

En el último año viví casi todo el tiempo en Líbano, en Beirut, y he sido testigo de su desmoronamiento. Cuando llegué, a principios de septiembre de 2006, el país estaba destrozado, pero la gente seguía en pie. Hezbollah había logrado que Israel se retirara (lectura optimista). Israel había dispuesto de tiempo para hacer su trabajo mientras Estados Unidos contenía a la comunidad internacional, habituada a sus manejos (lectura realista). En cualquier caso, las fuerzas de la ONU empezaban a llegar al sur, en donde tendrían que mantener la paz, aunque nadie les autorizó a que la mantuvieran también en territorio israelí ( lectura melancólica).

Las carreteras reventaban de coches y los coches reventaban de gente. Camiones cargados de víveres, de ladrillos, de tuberías, de corderos apretujados, de bidones de agua… La vida, tan libanesa ella, en toda su potencia. No nos importaba pasar horas en un atasco en una carretera que había sido bombardeada, ni dar vueltas para encontrar un camino que no pasara por un puente fulminado. Era la vida, magnífica. Y el espejismo, de nuevo. Las televisiones hablaban de libanidad. No de cristianos ni de musulmanes, ni de prosirios ni de antisirios. Los niños que aparecían en las fotos exhibidas en la plaza Nejme -de la Estrella: en el centro de la ciudad, donde está el Parlamento; hoy desierta y controlada por soldados- mostraban a niños del sur, chiitas, víctimas de los bombardeos. Hasta Al Fanar, la televisión de Hezbollah, se refería a su supuesto triunfo, la Divina Victoria, como un logro de todos los libaneses.

Empezó el declive en noviembre: los lanzamientos de granadas a cuarteles, los sobresaltos; a finales del mes asesinaron a Pierre Gemayel, el ministro de Industria. En diciembre, la oposición plantó sus tiendas en el centro de la ciudad. Siguieron huelgas forzadas, cortes del camino al aeropuerto. Luego, la vida regresaba, pero paulatinamente íbamos perdiendo lugares, perdiendo horas. Hasta llegar a esto. Ya nadie habla de libaneses. Cada cual se refugia en su manada.

Pero en septiembre y octubre, los bares y restaurantes de todas las zonas, todas, estaban llenos a rebosar. Tanto, que también daba miedo. Recuerdo que le comenté a un colega, ante el jolgorio que exhibía la clientela del café Gemmayzeh, en la calle Gouraud, que la escena me recordaba una película: Cabaret. "Parece Berlín entre dos guerras", dije. Ayer estuve en ese café. Su dueña, Angel -una mujer de 46 años, cristiana ortodoxa, fuerte, estupenda-, me contó que se va a arruinar. Sólo puede abrir de las 13.00 a las 21.00. Todos los sectores de ocio, turismo y comercio han sido golpeados por una bomba nocturna u otra, por un atentado diurno u otro, a lo largo de este último año y muy especialmente en las últimas semanas. A Gemmayzeh no han llegado aún, mientras escribo esto. Pero en este café, al igual que en los otros escasos establecimientos que aún abren sus puertas, aunque sea durante pocas horas, ha habido despidos, y el personal que queda tiene que hacer turnos: sólo trabajan diez días, sólo cobran si hay clientes. En realidad, se quedan para guardar su puesto de trabajo, en vistas a que mejore una situación que ven deteriorarse por momentos.

Se vive en el miedo, con el miedo. Quienes manejan la desestabilización de Líbano saben muy bien cómo administrar el pánico. Va a ser un triste aniversario. Mientras escribo se teme lo peor. Angel y Abed -el maître chiita a quien conozco desde hace veinte años- me han prometido acogerme en sus respectivas familias si ocurre algo muy grave. Angel me ofrece la montaña, tiene a su madre en un pueblecito cercano a Jezzine. Abed, su suburbio cercano al aeropuerto.

Nuestros horarios se han acortado. Sólo los irreductibles nos quedamos en el Sporting Club hasta ver la puesta de sol. Aquí nadaba a diario el diputado Walid Eido, a quien volaron por los aires en el camino que da a la Corniche. Tengo cerca de mí a Pascale Feghali, antropóloga visual y la persona más plácida que conozco, la más dotada para captar el momento y disfrutarlo. Durante siete años ha filmado un documental en el barrio de Sanayah -donde está el parque que se llenó de refugiados durante los bombardeos-, Estudio fílmico del barrio de Artes y Oficios. Eso quiere decir Sanayah en árabe: artes y oficios, todavía lo señalan los antiguos mapas. Yo me entero por Pascale, quien también me ha enseñado a no pensar en lo que haremos mañana. A las dos nos tranquiliza el mar. La encontré el viernes pasado en mi barrio. Detuvo su coche ante la Universidad Hawaii (especializada en informática, no en hula-hula, como su nombre parece indicar). "Vengo de Sanayah, en donde todo el mundo me conoce; iba a hacer fotos, pero me han rechazado. Están muy nerviosos, las he tenido que robar", me informó, alterada. "Pues aquí ni te cuento", respondí. "Lo noto por los coches, que chirrían más que nunca. Y por las peleas entre vecinos". Decidimos dejar lo que estábamos haciendo, abandonar los proyectos del día, cambiar la mañana. Ir al mar.

Llorad por este Líbano como yo lo hago. No importa cuán hartos estéis.

Días de destrucción

El 12 de julio de 2006, la organización chiita Hezbollah anunció que había secuestrado dos soldados israelíes en una operación sorpresa. El ejército israelí respondió atacando el sur de Líbano, donde el poder de la milicia está ampliamente extendido, pese a la resolución 1559 de Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que pedía el desarme de las milicias armadas y la toma del control de la frontera sur por parte del gobierno libanés.

Israel bombardeó el aeropuerto de Beirut, carreteras y puentes, y localidades del sur de Líbano, pero la capacidad de ataque de Hezbollah no pareció afectada, pues sus cohetes alcanzaron zonas de Israel a las que nunca habían llegado.

Durante los 34 días que duró la guerra, ambos bandos realizaron acciones que pueden considerarse crímenes de guerra, según sostuvo, entre otras organizaciones, Aministía Internacional. Entre ellos la organización mencionó los ataques a la población civil de parte de Hezbollah con sus cohetes Katiusha, y la desmesurada destrucción de la infraestructura de Líbano y la muerte de unos mil civiles, de parte del ejército israelí.

El conflicto finalizó con la intervención de la comunidad internacional por medio de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad, que fue aprobada por unanimidad el 11 de agosto de 2006. El alto al fuego comenzó el lunes 14 de agosto de 2006, tras unos días de incremento de los ataques. El cese acordado fue violado puntualmente por ambos bandos.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar