En el corso de 18 de julio o en las Llamadas, los niños solían acercarse a Rosa Luna a pedirle, simplemente, un beso. Ajenos a la voluptuosidad de su cuerpo expansivo, aquellos niños encontraban en su sonrisa franca la complicidad de una inocencia disimulada con plumas de vedette y un andar avasallador. Aunque nacida en el conventillo Medio Mundo, algo que la enorgullecía, y endurecida por la misma vida, Rosa Luna representó en su baile y en su presencia esa alegría que también sabe transmitir el candombe. El miércoles hubiera cumplido 70 años y una semana antes hizo 14 años de su fallecimiento. Las fechas pasaron un tanto desapercibidas.