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Teoría y práctica de la vida en cursos brindados por la familia Corleone
El Código Padrino
Un seguidor de El Padrino mira la saga cinematográfica desde el lugar menos tradicional y explica por qué hay que leer entrelíneas en la historia de los Corleone. Honor, familia, lealtad. En el cine, claro.

ÁLVARO J. AMORETTI (*)

No sé cuántas he visto El Padrino. Mi señora jura que más de cien. Mi hijo mayor se ríe cuando, de tanto en tanto, me sorprende frente a la pantalla disfrutando de escenas antológicas y de diálogos memorables que, debo admitir, podría repetir incluso dormido.

Para muchos El Padrino es simplemente una película violenta. Un buen retrato de la brutal ferocidad con la que un puñado de mafiosos italianos se ganaban la vida, y también la muerte, mientras se abrían paso a balazos en un Estados Unidos que, admitámoslo, no los había recibido precisamente con los brazos abiertos.

Para otros El Padrino, la original, era y será siempre menos que eso. Son los que aseguran que el retrato de Mario Puzo es más edulcorado que fiel. Son los mismos que acusan al autor de haber escrito su best seller -el mismo que recomiendo efusivamente a quienes sólo han visto la película- casi en connivencia con la mismísima Cosa Nostra, y hasta de haber recibido dinero de las Cinco Familias que manejaban Nueva York para transformar a un puñado de burdos delincuentes en leyendas dignas de ser imitadas.

Para algunos, en cambio, El Padrino ha sido siempre bastante más que una muy buena película de mafiosos. Quizá porque tendemos a pensar que entre traiciones y asesinatos, entre litros de sangre derramada e inolvidables vendettas, quien sabe buscar y está dispuesto a no dejarse llevar por las primeras impresiones puede encontrar, en los diálogos y hasta en los silencios de esa verdadera obra maestra que Francis Ford Coppola llevó al cine, lecciones de vida que, lamentablemente, ya no se reciben en la escuela de la calle ni en la universidad de la vida.

En El Padrino los personajes tienen códigos. Pueden gustarnos o no, pero los tienen y actúan en consecuencia, incluso cuando ello puede costarles la vida. Y eso es mucho más de lo que muchos pueden decir en el retorcido mundo que nos rodea.

Hay lealtad, que no obsecuencia. Y se respira. Y la lealtad, creemos algunos, es un valor que por cierto no abunda en los tiempos en que nos ha tocado vivir.

Hay líderes que asumen sus responsabilidades. Que corren sus riesgos y que pagan las consecuencias de sus actos. Que lideran, incluso cuando hacerlo no es agradable, y que toman determinaciones en lugar de andar preguntando a sus entornos o a los encuestadores de turno qué es lo que se debe hacer para resultar más beneficiados con el afecto popular. Miremos un minuto a nuestro costado. ¿Podemos decir lo mismo de la escenografía que nos rodea?

En El Padrino hay jefes violentos, que no tienen piedad, y que matan sin pensarlo dos veces. Y eso es reprobable. Pero también jefes que insisten en conocer la verdad, por desagradable que sea, para actuar en consecuencia, en lugar de escudarse en sus entornos y deslindar responsabilidades en quienes les rodean. "Mi jefe insiste en conocer cuanto antes las malas noticias", dice el abogado Tom Hagen (un irlandés adoptado por la familia Corleone) al ensoberbecido productor de Hollywood que, a la mañana siguiente, amanecerá con una húmeda y desagradable sorpresa a los pies de su cama. ¿Cómo olvidar esa escena, que nos hizo saltar a todos de las butacas la primera vez que la vimos en un cine?

En El Padrino la Familia es lo primero. Las diferencias se dirimen dentro de la Familia y nunca -bajo ningún concepto- deben salir a luz. "Santino, nunca dejes que los que no pertenecen a la Familia sepan lo que realmente piensas", alecciona Vito Corleone a su díscolo hijo Sonny, luego que éste se fuera de boca frente al temible Sollozo.

Cuando esa regla de oro se rompe, quienes la violentan ponen en riesgo a toda su familia y a lo que ella representa. El Don es baleado en plena calle y su hijo cosido a balazos, poco después, en un peaje. La lección se aprende, pero ya es tarde. ¿Acaso lo mismo no pasa en la vida misma? ¿Acaso en estos tiempos de tanta internet y canales para niños 24 horas, hay algún personaje que sea capaz de transmitir este valor que tan tristemente ha caído en desuso?

Respeto y honor

En El Padrino el honor, el mismo que hoy ya no vale nada, está primero. El respeto, que hoy no se encuentra ni en las casas de antigüedades, existe. Y quien no respeta, paga caro su osadía.

En El Padrino se puede matar sin miramientos, pero hay límites. La droga es mala palabra. "El juego -señala el Don mientras le ofrecen millonarias ganancias por vender droga en la puerta de las escuelas- es algo así como el licor. Es un vicio sin importancia. En cambio, las drogas son algo muy perjudicial para la gente".

La prudencia paga. Y la actitud ante la vida, incluso en las peores circunstancias ("Compórtate como un hombre", ordena Don Vito al lloroso artista Johnny Fontaine, mientras éste le suplica desesperadamente su ayuda, casi de rodillas) termina por hacer la diferencia.

Por eso desconfío de los que ven en El Padrino una simple película de mafiosos sicilianos. Y también de quienes creen que quienes no lo vemos de esa forma somos un puñado de aprendices de Tony Soprano que, por un quítame esas pajas, gustosos mataríamos y desmembraríamos a nuestro vecino porque no nos gusta la forma en que nos miró esta mañana.

No. No se trata de eso. Se trata de vivir con códigos. De asumir las responsabilidades que la vida nos pone delante nuestro, y de hacerlo hasta el final. De entender que el líder no sólo tiene privilegios, sino que debe ser el primero a la hora de las responsabilidades y los sacrificios.

Se trata de honor, familia y lealtad. Un legado de El Padrino que la sociedad contemporánea se dejó olvidado, junto al pop, en alguna butaca.

(*) Es periodista. Trabajó en Búsqueda, fue secretario de redacción de El Observador, editor del suplemento Fin de Semana del mismo diario y Coordinador de redacción de El País. Hoy es director del Estudio de Comunicación Quatromanos y dirigente de Peñarol.

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